Diario de una cuarentena con niños: Día 17

Día XVII: Jumanji o el regreso de la fauna y flora a la ciudad

La vida es eso que pasa mientras estamos confinados. Los desayunos largos como si despertáramos siempre en domingo, nuestro pequeño lujo; darnos cuenta al mediodía, cuando las fieras rugen, de que la mañana ha pasado volando y no nos da tiempo de elaborar una receta de la abuela, de esas que requieren algo más que 20 minutos; sentirse culpable a media tarde de haber perdido horas con el teletrabajo y no haber podido dedicar ese tiempo a jugar a peste alta con tus hijos y poner el salón patas arriba, y por la noche, volver a sentarte ante el ordenador -a las 21.00 horas, hace unos días, últimamente, más bien a las 23.00 horas-, para actualizar los datos de la curva epidémica en Cataluña, un trabajo que toca a los peones que en las redacciones hacemos salud.

Cada día, el departamento de Salud envía los resultados más tarde. Y a las redactoras, porque como las enfermeras somos más mujeres que hombres, se nos dispara la tensión arterial con tanta espera. “¿Por qué tardan tanto, hoy?” “Pinta fatal” “No deben atreverse”. Los dos últimos días los datos llegaron tarde, pero las noticias eran ligeramente mejores. Bajan los contagios. Parece que hemos superado el pico. Y también bajan los fallecidos, que es al fin y al cabo lo que nos interesa: vivir.

Queremos vivir, como hacen esas florecillas amarillas que brotan entre los adoquines grises de cualquier ciudad. Siempre me ha fascinado cómo se lo hacen algunas plantas para asomar la cabeza en busca de algo de sol donde se unen el asfalto de la calzada y los bordillos. Me pregunto si cuando volvamos a abrazarnos, las plantas habrán hecho trizas el asfalto. En la película de los hermanos Àlex y David Pastor, “Los últimos días”, que ahora se antoja como un anticipo de lo que vivimos, la Via Laietana de Barcelona aparece comida por la vegetación, llena de árboles, de lianas y de los niños que nacieron del confinamiento, que han desarrollado unos anticuerpos que los hace inmunes al virus que devastó el planeta Tierra.

Como vivimos cerca de un parque, nos gusta sacar la cabeza por la ventana para escuchar a los pájaros cantar. Sin el ruido de los coches, todos los días son como una mañana de domingo, se oyen a las cotorras y los gorriones. Digo yo que son gorriones, porque cuando era pequeña, mi abuelo me decía: “¡Escucha, un gorrión!”. Así que he convertido a todos los pájaros en gorriones, aunque quizás sea un jilguero o una golondrina, que ya está aquí la primavera.

Hace unos días, muy cerca de casa, en la Travessera de Gràcia, llegaron unos jabalíes. En las calles de Madrid, se han visto pasear pavos reales y algún oso despistado en en zonas habitadas de Asturias. Sin coches ni gente, los animales vuelven a los lugares de donde los humanos los echamos. Según el Ayuntamiento de Barcelona, hay centenares de especies que nunca se fueron, ardillas, erizos, liebres, pájaros o mariposas que conviven con nosotros, aunque o no les prestamos atención o se dejan ver poco. Probablemente, nos tienen miedo. Ya lo dice el historiador israelí Yuval Noah Harari en su libro «Sapiens», el hombre es el animal más peligroso del planeta, ha acabado con numerosas especies animales, desde la megafauna australiana hasta los homos neandertales. Pero ahora, algo tan minúsculo como un virus nos ha sentado en el diván del psicoanalista. Cuando nos levantemos, seremos diferentes y la ciudad también.

Hay quien dice que esta epidemia es una venganza de la naturaleza, que la deforestación es clave en la propagación del coronavirus, porque los animales huyen a otros lares. Otros, como mi amigo Mario, que vivió en Pekín, culpa a la falta de controles sanitarios de los mercados chinos, donde se come sopa de murciélago y se trafica con pangolines.

Para imaginar cómo serían nuestras vidas con los animales de vuelta a la gran ciudad, jugamos con esta herramienta nueva que consiste en escribir el nombre de un animal en Google, buscar la entrada en la Wikipedia y clickar sobre el cuadrado donde dice ver el animal en 3D. Se abre la cámara del móvil y si lo mueves, puedes crear un animal en 3D que se mueve por tu salón. Hemos creado tiburones, osos, tigres, leones y osos panda. Por suerte son virtuales y no nos han devorado. Y a las 20.00 horas hemos podido salir a aplaudir a los tíos, a la abuela y a otros tantos como ellos que son médicos, enfermeras, auxiliares o limpiadoras en un hospital. Y como hemos cambiado la hora para adaptarnos al horario de verano ha pasado algo diferente que nos ha hecho aullar como hacen los lobos cuando están contentos, al menos en las películas, nos hemos visto la caras con los vecinos con los que llevamos días aplaudiendo. Más emocionante todavía.