Diario de una cuarentena con niños: Día 21

Día XXI: El niño que una vez quiso ser astronauta para encontrar el camino entre La Tierra y las estrellas (o el lugar al que van los que ya no están)

Sucedió dos semanas antes de que las escuelas cerraran por el coronavirus. Marc, el hijo de 5 años, salió del colegio dando saltos porque le había tocado ser el protagonista de la clase. Llevaba todo el año esperando ese momento. Durante una semana le toca hacer de mano derecha de la profesora, llevar sus juguetes a clase para que el resto de niños “flipen” con su colección de coches -los padres parecemos mulos trajinando juegos arriba y abajo- y preparar unas cartulinas con fotografías para explicar cosas sobre él, como por ejemplo, qué quiere ser de mayor. Aunque su padre y yo insistimos en que sería un buen médico, no hay manera de convencerlo: quiere ser futbolista. Desde que empezó la cuarentena, cada día se calza las botas de fútbol y se pone la camiseta del barça.

La historia es que la mañana después de saber que iba a ser el protagonista de su clase, la profesora me paró para preguntarme: “¿Te ha explicado Marc qué pasó ayer?”. “Pues claro”, dije presumiendo de buena comunicación materno-filial, “va a ser el protagonista, no veas lo contento que está” “¿Y no te ha dicho nada más?”, insistió. Marc se puso el puño entero dentro de la boca y se escondió bajo mi abrigo. La profesora me contó que estaba muy preocupada porque un compañero de clase dijo que había fallecido un familiar suyo y Marc se puso a reír y a aplaudir. Se ve que el niño le dijo que no hacía gracia, que estaba muy triste, pero Marc siguió con su particular fiesta.

Escondido, detrás de mi abrigo, Marc sabía que su reacción no había estado bien. Me agaché, le cogí de la mano y le dije que la muerte de una persona que quieres es lo peor que le puede pasar a una persona, porque significa que no la volverás a ver. Como decía mi abuela, “todo tiene solución menos la muerte”. Incluso, esta actuación de Marc.

Después, le conté a la profesora de Marc que yo no tengo padres y que en casa hablamos de la muerte de los abuelos con naturalidad. Pero una cosa es hablar de personas que no están y la otra aprender a querer a una persona y no volverla a ver. Hubo una época, cuando Marc tenía cuatro años, que me pidió que le quitara la colcha de estrellas porque tanto exprimimos la metáfora de que los abuelos que no están son estrellas que llegó a pensar que todas las estrellas eran muertos. Las estrellas son un estampado muy de moda en ropa de cama y no fue fácil encontrar una colcha sin estrellas que nos gustara.

Cuando pierdes a alguien cercano, encuentras coincidencias que parecen mágicas, raras, imposibles e inquietantes. Las describe bien Joan Didion en “El año del pensamiento mágico” (Random House). Lo de relacionar estrellas con fantasmas pasó y un día. Marc me preguntó: “¿En qué estrella está el abuelo Pep?”. No me preguntó por los otros abuelos, sólo por él. “¿Sabes?”, le dije, “hoy es su cumpleaños”. Entonces, tuvo una propuesta brillante. “Deberíamos decirle que bajara o irle a buscar para que sople las velas del pastel de cumpleaños”, soltó. “Lástima que no sepamos cuál es el camino”, se me ocurrió decirle. Entonces, Marc me dijo que descubriría ese camino, aunque para ello tuviera que ser astronauta y no futbolista. Ya no se acuerda de la promesa y ahora quiere voler a ser futbolista. Entrena cada día, pasillo arriba, pasillo abajo con su pelota de fútbol.

Los mayores no tenemos esta capacidad de olvidar, aunque el tiempo hace el dolor más leve. Cuando escucho una ambulancia, mi cuerpo aún se pone en alerta. Tiene memoria. Recuerdo a mi madre respirando con mucha dificultad, llamar al 061 y mirar por la ventana a ver si aparecían las luces de las sirenas, mientras suplicaba que el equipo médico llegara antes de que se ahogara. Vivíamos en Vallvidrera y teníamos un balcón con una vista privilegiada a Barcelona desde el que podías ver el recorrido de la carretera que sube del centro de la ciudad a este barrio de montaña, cerca del Tibidabo.

Mi madre tenía una enfermedad rara, que le causaba un asma muy virulento cuando se resfriaba y su sistema inmune respondía de manera exagerada inflamando los pulmones. Es una reacción muy similar a la que tienen algunos enfermos de Covid-19, según describen los médicos. Como muchos de estos enfermos graves, también entraba en la UCI donde la intubaban y le daban soporte con un ventilador para ayudarla a respirar.

Entró un puñado de veces. Vivimos años difíciles, pero también de mucho cariño, mucho humor y alegría. Y ahora, con mi hermana damos gracias de no haber vivido uno de estos ingresos en tiempos de coronavirus. Porque nosotras siempre pudimos entrar a darle la mano, a decirle cosas al oído. “Hablen con ella”, decían las enfermeras, siempre con afecto. Algunas ya la conocían. Y cuando despertaba, era una fiesta.

Estos días leo historias de gente que pierde a los padres en poco tiempo de diferencia. Nosotras vivimos algo parecido, pero pudimos despedirnos.

Al salir de clase, esa mañana, tras el incidente con Marc, llamé a una profesora del colegio que es mamá de un niño de la clase. Le daba vueltas a si el hijo de cinco años podía tener algún tipo de psicopatía, en el sentido literal de la palabra, de no sentir empatía. Me extrañaba porque lo he visto correr y abrazar a su hermana si alguna vez ha caído. La profesora-mamá tenía más información. Siempre la tiene. Resulta que el niño que había perdido un familiar era su hijo. El difunto era un tío de su padre. Y los hechos sucedieron de la siguiente manera: mientras Marc estaba celebrando que le había tocado ser el protagonista, el otro niño se acercó y le dijo si se lo cedía, pues estaba triste porque su tío había fallecido. Pero Marc siguió riendo y saltando, celebrando que iba a ser el protagonista. Ni caso. Me pregunto si llegó a escucharlo y si lo escuchó, qué procesó.

Aunque esta anécdota nos sirvió para hablar de que la muerte, además de abuelos que no ha conocido y estrellas, también es perder a alguien, Marc y Bruna siguen sin entender muy bien qué es.

Estos días, cuando ven a alguien con una mascarilla, lo primero que preguntan es si tiene coronavirus y lo segundo si va a morir. “Nooooo, no queremos que nadie muera”, repito. Y desearía que pasen muuuuuuchos años, con muuuuuuuchas “us”, antes de que entiendan qué es la muerte: perder a alguien que quieres.