Diario de una cuarentena con niños: Día 20

La niña sustituye a las personas reales que ya no ve nunca con dibujos que pega en la ventana

Lo mejor de tener los pies grandes es que cuando te pisa un niño de cinco años no te haces mucho daño. Aún así... molesta. Pablo tiene los pies rechonchos, redonditos, como si caminase balanceándose sobre ruedas. Parece un milagro que no se caiga todo el rato. Y no se cae, no se cae nunca. Corre todo el día, se choca con todos los muebles, ha roto la mesa de madera del comedor por cuatro partes, pero no se cae. Aún así, por algún extraño fenómeno de la gravedad, sólo deja de correr cuando te pisa. Parece que la meta de todas sus carreras sea pisarte en el pie. “Ahhh”, grito y le miro y tiene esa cara de cansancio y satisfacción de quien acaba de atravesar la meta primero los 100 metros lisos. ¿Irá alguna vez a las Olimpiadas? Si va, haya cuarentena o no, yo lo miraré por la tele.

Estamos en el día 20 de encierro y el juego de hoy ha sido encontrar 20 objetos en casa de una misma cosa. Camila ha recopilado 20 libros y los ha amontonado en una fila que... sí, se ha caído en mi pie. Pablo ha contado 20 dominós de madera y ha hecho una torre enorme que... sí, también se me ha caído en el pie. Yo he contado 20 juguetes que he pisado hoy y casi me matan, así que he decidido que he ganado yo, porque estoy harto y a pesar de tener los pies grandes, me duelen.

El orden empieza a ser muy duro. Al principio, nos levantábamos a las ocho y a las nueve todos estábamos listos para empezar la escuela. Ahora, eran las diez, los veías dormir y pensabas, por favor, para qué. Aún así, tratas de tener una mente abierta y positiva. “¿Qué haremos hoy, papi?”, pregunta Camila. “¡Qué haremos hoy! ¡¡Qué no haremos!! Hoy va a ser el mejor día de nuestras vidas”, grito. Mi hija sabe que eso es ridículo, pero como le gustan las cosas ridículas, me hace caso y empezamos a intentarlo.

Su profesora de dibujo le ha encargado un proyecto divertido. Se trata de hacer dibujos de personas paseando, recortarlas y pegarlas en la ventana que da a la calle como si estuviesen paseando de verdad. Es una idea genial. La niña se lo ha tomado muy en serio y al cabo de una hora tenía quince personajes increíbles. “Recórtalos tú”, dice y con unas tijeras rosas en las manos no se me ocurre cómo éste va a ser el mejor día de nuestras vidas, pero lo hago igualmente.

Hemos tardado lo suyo, pero al final teníamos a todos los personajes listos. Teníamos a una señora embarazada con una abanico; a un viejecito gordo y simpático con un perro enorme; a un tío sonriente con camiseta a rayas que parecía dispuesto a comerse al mundo; hasta a una pareja feliz y enamorada con un niño pequeño corriendo a su lado. Este último dibujo me ha hecho gracia porque me ha parecido una fantasía que sólo se le podría ocurrir a una niña de ocho años.

Su madre ha cogido tres y ha empezado a pegarlos en la ventana. Quedaban francamente bien, parecían personas de verdad. Camila ha insistido en pegarlos todos, en colgar quince, en convertir la calle en una fiesta multitudinaria, en la cosa más prohibida del mundo en la actualidad, pero su madre, sensata, le ha dicho que no. Estas cosas dejan marca y luego los niños no son los que lo tienen que limpiar. Camila se ha puesto como un demonio al que le haya picado la abeja más grande y cabrita del mundo. “¡No, por qué los hemos hecho sino, quiero a todos en la ventana!”, ha exclamado encarnada y hasta con un poquito de odio visceral.

Al final, ha cogido todos los dibujios que su madre no ha colgado en la ventana, se ha ido a su cuarto, y los ha triturado uno a uno hasta que sólo han quedado microscópicos trocitos. “Ahhhh”, gritaba cuando no estaba llorando. El drama del encierro empieza a manifestarse de las formas más curiosas y desagradables, la verdad.

La niña sólo quería simular lo que no tiene, esas calles infestadas de gente que en conjunto hacen una fotografía de alegría, vitalidad y fiesta. Quería ver representado esas Ramblas en Sant Jordi, esos conciertos multitudinarios durante la Mercè, esas carreras familiares de los domingos, cosas todas ellas que vete tú a saber cúando las podrá volver a vivir. Y se lo hemos negado. Se ha enfadado. La entiendo, por supuesto, pero no la aplaudo. Su reacción ha sido matar a esa pobre gente, prohibirles cualquier existencia si no era la que ella quería, les ha negado la posibilidad de resarcirse y colgarse en otro lugar, de otro modo, vivir su propio encierro para esperar el día en que sí podrían salir a la calle y ser felices.

Le ha costado Dios y ayuda, pero poco a poco se le ha pasado el mal humor. “Pon que una carrera de coches me ha alegrado”, me ha pedido que escriba y es cierto, eso es lo que ha pasado, su hermano ha preparado una carrera de coches por toda la casa y a la niña se le ha pasado la rabia. Yo he salido a ver qué era ese ruido y, descalzo, he pisado uno de esos pequeños coches de metal. Me he hecho un daño horrible. “¡Auuuchh!” he exclamado como si mi vida fuese una tira cómica. Ellos se han reído. “Hoy es el mejor día de mi vida”, ha gritado Pablo, y por eso me alegro. ¿Sólo por eso? Mmmmm, creo que sí.