Diario de una cuarentena con niños: Día 22

Tengo la sensación de que esto es el cuaderno de bitácora del Titánic y la última página del último día pondrá “ahhhhh”

Esta mañana he recibido la llamada de mi médico endocrino. Soy diabético desde los 15 años y cada seis meses, como mínimo, tengo una visita programada de control, así que en tiempos de coronavirus eso significa hacerlo por teléfono. Sí, por teléfono, parece algo normal y sencillo, pero con dos niños al lado que no entienden que la vida no gira alrededor suyo las 24 horas del día, eso nunca es así. “Qué tal, cómo estás, algo que me tengas que contar”, ha preguntado el médico, siempre muy agradable. “Papá, con quién hablas, es la tía Silvia”, ha preguntado Pablo, al que he ignorado, claro que sí, sólo le he puesto esta cara, “&d%4··#@&fds" para que se callase, pero creo que no lo ha entendido. “¿No es la tía SIlvia? ¿Y la Carlota? ¿Y la mamá de la Carlota? ¿Y el papá de la Carlota? ¿Y el yayo? ¿Y la Vivi? ¿Podemos ver la perro de la Vivi? ¡No! ¿Y es el rey de los magos? Buah, sería genial si fuera el rey de los mago” ¡¡Quién es el rey de los mago!! ¡¡¡Y por qué tengo que saberlo cuándo me está llamando un médico!!!

He empezado a hacer gestos con la mano para echarle, pero ni aún así. Al final, he respirado hondo y he mirado a Pablo como quien mira a un animal salvaje, sí, y le intenta hacer ver de una vez que aquí, quien manda, eres tú. “La verdad, doctor, es que no me ha pasado nada, por suerte, pero con el coronavirus y que nos dicen que los diabéticos somos un colectivo de riesgo, pues no acabas de estar tranquilo”, he dicho finalmente, a lo que el doctor, un hombre al que conozco desde los 15 años, me ha contestado algo muy profundo y consolador, pero por supuesto no he podido oír. “¿Sigues teniendo esos dolores de cabeza cuando estás bajo de azúcar?”, he oído al final, antes de que Pablo haya empezado otra vez a gritar. “Me dejas el móvil, por favor, por favor, por favor, te daré lo que quieras, por fa por fa, mmmmmm” y aquí ha empezado a poner cara de ángel y de que haría siempre lo que fuese por mi. ¡Pues cállate!

“Claro que no, estás loco", le he dicho, un poco desquiciado y fuera de mis casillas. El médico, pobre, se ha asustado un poco. “Bueno, mejor que no te den dolor de cabeza", me ha dicho con un ligero tartamudeo. "¿Puede ser que las bajadas de azúcar te den irritabilidad?”, ha añadido, creyendo, claro, que mis gritos se referían a él y aquí yo ya estaba rojo de ira, vergüenza y asombro al mismo tiempo, asombro de hasta qué punto de locura estamos llegando. en estos días. Quería decirle que yo no llamo locos a los médicos, que yo agradezco siempre su trabajo, que salgo todas las noches al balcón a aplaudir. “No, no, estaba hablando con mi hijo, lo siento”, he empezado a decir, pero el niño, como he gritado un poco, se ha puesto a llorar, y he tenido que ir a consolarle, porque no quiero pensar que me he convertido en un monstruo por el confinamiento.

Le he abrazado y sonreído, al mismo tiempo, claro, que escuchaba al doctor e intentaba explicarle que sí, que últimamente había notado que cuando estaba bajo de azúcar me enfadaba más fácilmente. “Sí, doctor, últimamente pierdo la paciencia más rápido. ¿Eso es por el azúcar, entonces?”. “Sï, sí, las bajadas de azúcar pueden provocar mayor irritabilidad, no te preocupes”. “Oh, cariño, ven aquí, tontorrón, lo siento”, he dicho en ese momento y no sé si el médico ha pensado que le lo decía a él o no, porque a estas alturas ya me daba igual, sólo quería que el niño se sintiese mejor.

Ojalá pudiese hacer sentir mejor a los médicos con algo tan simple como un abrazo y un poco de ternura, pero ahora no puedo. Con Pablo, en cambio, sí. Me he despedido de mi doctor y me ha dicho que recibiré un correo donde me dirá el día en que podremos quedar de verdad. Le he dado las gracias, pero ya no le oía, no podía, sólo pensaba que últimamente estoy irritable todo el día, debo estar bajo de azúcar todo el tiempo.

Me da la sensación que este diario de la cuarentena es como el cuaderno de bitácora del Titánic y que cuando lo encuentren, en la última página, en la última línea, sólo leerán “¡Ahhhhhh!”. No, no, no, seguro que no. Me he hecho un test para ver si es que simplemente estaba bajo de azúcar y lo he confirmado, sí, la máquina ponía, “¡¡pero qué demonios te pasa, tranquilízate!!” Le he hecho caso, claro.