El testimonio de los médicos: “Que la gente se quede en casa hasta que haya una vacuna”

El personal sanitario advierte de una relajación ante la desescalada: “Nunca el sistema había estado tan al límite, con tantos enfermos y tan graves”.

Las dos grandes variables a las que tuvieron que dar repuesta de un inicio los diferentes centros sanitarios fueron, primero, la reorganización de sus instalaciones para ampliar el área de urgencias, la de críticos y la de hospitalización para poder atender una demanda que iba creciendo conforme avanzaba la prevalencia de la enfermedad y la fase de la epidemia y, paralelamente, dotar a estas áreas de los profesionales sanitarios necesarios para hacer frente a la creciente oleada de pacientes.

Después de conocer cómo estaba evolucionando la pandemia en otros países, como Italia, “a finales de febrero ya pusimos en marcha la operativa para organizarnos por si llegaba aquí”, comenta Mireia Puig, jefa de Urgencias del Hospital de Sant Pau. Así, a finales de febrero se detectó el primer positivo por coronavirus en España y ya el primer fin de semana de marzo se registró un importante incremento de visitas a urgencias por posible contagio. Por entonces, el protocolo establecía que para que una persona fuera considerada sospechosa de tener el virus, al margen de los síntomas, tenía que venir de un área endémica o haber tenido contacto con una persona positiva, pero ese protocolo también fue cambiando a medida que avanzaba la fase de la epidemia.

En menos de una semana, “el COVID ya había sustituido y comido terreno a las patologías no COVID y entraban muchos enfermos y algunos muy graves”, recuerda Puig, quien señala que “si habitualmente en urgencias se realiza un 10% de ingresos, por entonces el porcentaje de pacientes que venían a urgencias y acababa ingresado era del 60%”. En esos momentos, “el Hospital de Sant Pau, que cuenta con 42 especialidades diferentes, ya estaba organizado en torno a tres pools principales: urgencias, críticos y hospitalización”. Pero el gran flujo de pacientes que llegaban a urgencias y el alto porcentaje de éstos que debía ser ingresado no era el único reto a afrontar para los centros y el personal sanitario. Y es que una de las particularidades del virus es que “en los primeros días, la situación del enfermo que ya ha desarrollado neumonía se puede complicar mucho. Entre el tercer día y el 11º , se puede producir un empeoramiento respiratorio importante que requiera el ingreso en la UCI”, por lo que los pacientes con este cuadro se han de quedar hospitalizados al menos un par de semanas por si ese empeoramiento se produjera y, por lo tanto, no es hasta entonces que se puede intentar buscar alternativas como el aislamiento domiciliario”. A ello, hay que añadir además que cuando un paciente es trasladado a la UCI siempre es por una temporada relativamente larga, ya que el problema no se solventa en pocos días, de manera que “la ocupación del sistema sanitario vino condicionada por un aumento del número de pacientes y la larga estancia de éstos en el centro médico”.

Futilidad terapéutica

Lo que sí está claro es que en nuestro país, a diferencia de lo que sí ha podido suceder en otros, “no ha habido falta de respiradores”. “En Cataluña no ha habido colapso, pero hemos estado a horas, siempre sufriendo por el día siguiente”, pero en cualquier caso, “no se ha seleccionado nunca a los pacientes a tratar”. Sobre los rumores que han corrido estos días acerca de esa posibilidad, Puig aclara que “en medicina estamos acostumbrados a valorar la situación clínica del paciente, como su comorbilidad, su situación respiratoria, su calidad de vida o incluso las preferencias del propio paciente, antes de tomar una decisión de este tipo, porque si no ofrece un beneficio para el enfermo, no se ha de hacer”, afirma la doctora.

En la misma línea, Alvar, enfermero de la UCI en el Hospital Clínic de Barcelona, admite que su centro también ha estado al borde del colapso, pero en ningún momento se llegó a este punto, ni hubo verdadera falta de recursos o medios para atender a los pacientes en condiciones. “Hubo que habilitar camas de UCI por todos lados, incluso en despachos; en alguna ocasión hemos sentido que se nos acababa el material de los Equipos de Protección Individual, hemos estado muy al límite y si bien en un inicio podíamos, por ejemplo, tirar la mascarilla después de un primer uso, más adelante tuvimos que esterilizarlas, pero nunca he sentido que iba desprotegido”, comenta Alvar, quien incluso recuerda que “un día empezaron a pitar los respiradores porque había bajado la presión de oxígeno de todo el hospital, aunque finalmente no pasó nada”.

En cuanto a los respiradores, Alvar comenta que “fue necesario recurrir a material de nuestra Universidad de Medicina, así como recuperar algunos viejos ya en desuso”, pero en ningún momento se produjo una situación de carencia. Según este enfermero, siempre hubo respiradores suficientes para atender a los pacientes que requerían de esta atención e incluso tenían “preparados, por si acaso, unos respiradores experimentales preparados por SEAT, que finalmente no fue necesario usar”. Por ello, Alvar también insiste en la idea de que nunca hubo que seleccionar a qué enfermos se entubaba por la falta de disponibilidad de respiradores, sino que cuando no se optó por esta opción de tratamiento fue porque, en ese caso concreto, no era terapéuticamente aconsejable, eficiente o recomendable.

Miedo a la desescalada

En cualquier caso, las semanas de máxima prevalencia de la enfermedad han sido una prueba muy dura para el personal sanitario. “Durante estos dos últimos meses, ha tenido lugar una medicina de incidente de múltiples víctimas y los profesionales han puesto su profesión por delante de todo: han tenido que vivir una situación de estrés prolongado en el tiempo, viendo a muchos enfermos sufriendo, teniendo que tomar decisiones deprisa, con pocas horas de descanso, teniendo que llevar equipos de protección por miedo al contagio y estando muchos días sin ver a la familia... ”, constata Puig para a continuación asegurar que “eso es muy duro”.

Por su parte, Alvar recuerda que “pese a que estamos acostumbrados a trabajar con pacientes muy graves e incluso con la muerte, aquellos días el volumen de trabajo aumentó enormemente. Llegaron de golpe un montón de pacientes y nunca antes habíamos visto algo igual, tantos pacientes en la UCI y tan graves”. “Normalmente puede haber un día malo, pero al día siguiente vuelves a la normalidad, tienes un día de descanso, pero durante el pico de la pandemia eso no fue así, el volumen de desgracia y de trabajo fue grande un día tras otro”, asegura para a continuación destacar que las circunstancias en las que se desarrollaban estos episodios contribuían además a incrementar la sensación de estrés. “Había que seguir unas medidas de aislamiento muy estrictas con todos los pacientes, se habilitaron UCIS en espacios que en un principio no estaban destinados para ello y se incorporaron a trabajar por primera vez en esta área enfermeros a los que había que enseñar”, cita a modo de ejemplo Alvar. Y no hay que olvidar que “había pacientes que sabíamos que iban a morir, y en ocasiones ellos también lo sabían, y no podían estar con sus familias”, destaca este enfermero, quien asegura que “eso nos ha afectado mucho”.

Desde esta perspectiva, aquellos que han luchado en primera línea contra el coronavirus siguen con preocupación la aplicación sobre el terreno de las diferentes medidas de desconfinamiento. “Tiene sentido una desescalda gradual, pero nos preocupa porque es un riesgo”, se sincera Puig para a continuación constatar que “quizá no volvamos al funcionamiento previo; costará mucho a volver a cómo estábamos antes de la pandemia”. De hecho, señala la doctora del Hospital de Sant Pau, “se mantienen las UCIs disponibles y las plantas de hospitalización”. “Es importante que la gente no se confíe”, sentencia. “Los economistas probablemente no piensen igual, pero yo, como sanitario, diría a la gente que se quede en casa hasta que haya una vacuna”, se sincera para a continuación recordar que “yo era de los que al principio veía el coronavirus como una simple gripe, pero después hemos visto que es mucho más grave y que no solo afecta a gente mayor con patologías previas, sino que hemos tenido muchos pacientes de entre 40 y 50 años a priori sanos”, una valoración que también comparte Puig. En cualquier caso, Alvar constata que, si se produjera un repunte de infectados, “aunque tenemos miedo a que se reproduzca la situación que acabamos de superar, lo cierto es que ahora el hospital estaría más preparado".