Opinión

El lenguaje inclusivo

Glòria Sánchez Europa Press

Francia, que en cuestiones de educación y pedagogía va siempre por delante, ha prohibido el lenguaje inclusivo en las aulas. Aduce como razón principal que la complejidad e inestabilidad de esta práctica lingüística, vetada asimismo con anterioridad en el ámbito administrativo, suponen un serio obstáculo para la adquisición del lenguaje y la lectura.

Todo un ejemplo de cordura y sentido común que ojalá sea tenido en cuenta por nuestras autoridades educativas cuando llegue el caso. Porque si ya ahora el alumnado español adolece -y así se ve reflejado año tras año en los informes PISA- de preocupantes dificultades en la comprensión lectora, qué pasaría cuando se generalizara el uso, superfluo a todas luces, además de ridículo, de «los judíos y las judías», «los cristianos y las cristianas», «los musulmanes y las musulmanas», expresiones estas que han aparecido ya en algunos libros de texto.

Y otro tanto ocurriría si, a la hora de expresarse por escrito -competencia en la que las carencias son, si cabe, aún más preocupantes y notorias-, tuvieran que recurrir a fórmulas del estilo de «Los alumnos y las alumnas estaba»n contentos/tas porque sus profesores/ras los/las habían felicitado públicamente.

Eso sin entrar en consideraciones de índole filológica, como la idea de que ese lenguaje pretendidamente inclusivo viniera a sustituir al actual por ser este excluyente y discriminatorio. Lo cual no es cierto, porque el masculino, en las lenguas romances (castellano, francés, italiano, catalán…), es el género no marcado. Y el idioma, por su parte, se ha ido además flexibilizando y feminizando a medida que la sociedad hacía lo propio, y así lo seguirá haciendo: los casos de presidenta, jueza y médica, impensables hace unas décadas y que primero fueron la presidente, la juez y la médico, son una buena muestra de ello; y quién sabe si también miembra, por recordar la célebre ocurrencia de cierta ministra del pasado, lo será también en un futuro.