La Constitución

Un ejemplar de la Constitución Española
Un ejemplar de la Constitución Española FOTO: Isabel Infantes Europa Press

Este año el puente por excelencia, es decir, el constitucionalmente puro o el purísimo constitucional ha caído raro, martes y jueves, lo que ha fraccionado aun más la sociedad en este caso dividida en tres clases: los que han podido hacer el puente entero (clase privilegiada), los que han podido hacer medio puente (clase media), o los que no han tenido día alguno de puente (clase desfavorecida).

También ha resultado francamente curioso leer en algunos medios de todas las tendencias, las referencias a los que nos llaman y a veces nos auto denominamos aquí en Cataluña, constitucionalistas.

España debe ser el único país del mundo donde a alguien se le califica de constitucionalista, más que nada porque en el resto, por lo menos en los países más similares a nosotros, es tan absurdo ser calificado de constitucionalista como de codigocivilista. La Constitución es la ley que ocupa la cúspide del ordenamiento jurídico, se respeta, si hace falta se cambia y ya está.

Pero aquí somos originales, y ser llamado o tildado de constitucionalista constituye un acto de rebeldía contra el poder político de un organismo que es Estado y dimana de la propia Constitución como es la Generalitat de Cataluña (curioso, ¿no?), porque la mayor parte de las veces, cuando se emplea este término, es para tratar de insultar.

La Constitución ni son los Evangelios para un católico, ni la Torá para un judío, ni el Corán para un musulmán, pero si es el marco básico para convivir en un orden razonable y en paz. Es una declaración de principios que tiene semejanzas entre las promulgadas en el mundo libre especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, para evitar que ante una situación puntual pueda ocupar el poder un sujeto al que le dé por invadir Polonia.

La Constitución limita poderes, marca limites, fija el terreno de juego y declararse partidario de la misma resulta en sí mismo un absurdo, salvo como ocurre aquí, en Cataluña.

En fin, seguiremos inventando cosas raras y calificativos singulares. Por lo menos el placer del puente no lo discute casi nadie y, de hecho, son muchos los enemigos del texto constitucional que lo han aprovechado y se han ido a esquiar.

¿Saben que les digo? Quizás porque hoy me pillan relajado, pero visto lo visto y como nos califican, a mi hoy por hoy como tenemos la Constitución que nos gusta, lo que me tomo más en serio es eso de ser Ministro de Tabarnia