Así es como resucitaban perros los soviéticos

En 1940 los soviéticos presentaron un documental presumiendo de una nueva tecnología capaz de resucitar animales.

Antes de la Segunda Guerra Mundial la ciencia era muy diferente. Los atroces experimentos perpetrados en los campos de concentración nazis expusieron la necesidad de que ciencia y ética no volvieran a separarse. Así nació la bioética y con ella no solo cambió la forma en que experimentábamos en seres humanos, sino con los animales. Durante la mayor parte de la historia de la ciencia la investigación con animales ha sido jauja y la Unión Soviética no fue una excepción. No obstante, ni siquiera este contexto de “carta blanca” podía preparar a aquellas personas para lo que estaban a punto de ver.

Era 1940 y en Manhattan había más de 1.000 científicos estadounidenses con la mirada fija en una pantalla. Estaban completamente absortos tratando de determinar si aquellos fotogramas eran reales. Mientras tanto, desde el otro lado de la pantalla, la cabeza de un perro se esforzaba por devolverles la mirada. Si las imágenes eran reales, la conclusión se presentaba tan clara como inquietante: Los soviéticos habían encontrado una tecnología capaz de resucitar a los seres vivos. Aquella cabeza no tenía cuerpo y sin embargo vivía. (VÍDEO COMPLETO)

Detrás de las cámaras

La mente que había tras aquel experimento era Sergei Brukhonenko, un reputado médico que acabaría recibiendo el premio Lenin por sus contribuciones a la ciencia soviética. Si buceamos en sus trabajos, veremos que antes de 1923 Brukhonenko no había mostrado el menor intereses en la resucitación. Su especialidad era la patología infecciosa, concretamente la malaria y la tuberculosis. Parece evidente que algo debió de empujarle a cambiar su rumbo. Es fácil dejar volar la imaginación y recrear dramas personales de todo tipo, pero la vida no es como un cómic de superhéroes atormentados. El motivo que viró la vida de Brukhonenko era mucho más prosaico.

Por aquel entonces estaba estudiando el Suramín, un fármaco con actividad contra la malaria, y fue entonces cuando se percató de algo curioso. Pelear contra el infame parásito del paludismo no era el único efecto del Suramín. Cuertos pacientes tratados con este químico desarrollaban algo similar a la hemofilia. Tenían sangrados espontáneos que tardaban en detenerse con facilidad. La sangre que entraba en contacto con el Suramín parecía algo más fluida y, de hecho, no se coagulaba aunque la dejara quieta en un recipiente. Ante tal hallazgo, el buen doctor decidió usarlo (con bastante éxito) como un anticoagulante para las transfusiones sanguíneas.

Pero claro, la transfusión sanguínea era solo una de las muchas posibilidades que este fármaco desbloqueaba. Unos años después, Brukhonenko se asociaría con el doctor Tchechulin para dar un paso mucho mayor. Para ser precisos, lo que buscaban era un sistema de circulación extracorpórea, un tipo de dispositivo que permite extraer sangre ya “usada” (sin oxígeno) de las venas, oxigenarla como hacen habitualmente nuestros pulmones y entonces bombearlas de vuelta al cuerpo a través de las arterias. Sería negligente obviar que Brukhonenko y Tchechulin no fueron los primeros en perseguirlo ni los primeros en conseguirlo.

Para encontrar a los pioneros tenemos que remontarnos a 1813, con LeGallois, quien sugirió la construcción de dispositivos de circulación artificial que pudieran mantener con vida a determinados pacientes. Tan solo 45 años después, otra gran figura clave de la historia de la medicina, Brown-Sequard, construye una máquina capaz de mantener con “vida” las extremidades de los guillotinados, o al menos sus reflejos. Su artefacto es capaz de extraer la sangre, oxigenarla y devolverla a los miembros de una forma bastante rudimentaria, pero aparentemente eficaz. Tras ellos, otros tantos siguieron sus pasos mejorando el sistema.

¿Genialidad o propaganda?

Cuando les llegó el turno a Brukhonenko y Tchechulin su trabajo ya no era precisamente innovador. Era relevante, eso por descontado, pero no tan atractivo como lo había sido en las décadas anteriores. En cualquier caso, ambos médicos tenían claro que su investigación terminaría salvando vidas. El problema es que antes de salvar vidas en humanos es necesario experimentar en modelos animales. En la Unión Soviética era relativamente frecuente investigar con perros, algo que ahora solo ocurre en casos muy concretos y ante motivos extremadamente justificados.

A decir verdad, ellos querían conseguir algo más que la circulación extracorpórea ya lograda por sus antecesores, querían aplicar la técnica a un cadáver entero para devolverle la vida y hacer que su corazón volviera a latir. Para lograr su meta, Brukhonenko y Tchechulin abordaron el problema pensando como si fueran ingenieros: enfrentando cada parte de la cuestión por separado para luego solucionarlo por completo. De este modo, probaron primero a hacer que un corazón volviera a latir bombeando sangre en él, sin aplicarle electricidad de ningún tipo. Según parece, el experimento fue un éxito y el siguiente paso era hacer lo propio con el resto de órganos clave.

Los científicos bombearon aire en los pulmones de un perro (aislados de su cuerpo) e hicieron pasar por sus vasos sanguíneos sangre no oxigenada. A tenor de lo que dicen en su estudio, los pulmones eran capaces de introducir oxígeno en la sangre y retirar el dióxido de carbono. Finalmente, conectaron un sistema de circulación extracorpórea a la cabeza decapitada de un perro, que, según parece en sus documentos, recuperó cierto nivel de consciencia que iba algo más allá de los reflejos. Las piezas parecían listas y solo era necesario combinarlas de la manera adecuada. El dispositivo resultante, al que Brukhonenko llamó autojector, extraía la sangre de los grandes vasos del cuerpo, la cual era posteriormente oxigenada con un par de pulmones caninos y devuelta al cuerpo utilizando una serie de rodillos y válvulas. Había llegado el momento de probarla.

Los investigadores la conectaron a un perro anestesiado y drenaron con ella toda su sangre hasta que sus constantes vitales se apagaron. Una vez notificado como “clínicamente muerto” cronometraton diez minutos antes de activar el autojector. Durante el tiempo que siguió no sucedió absolutamente nada. Nada hasta que un pitido rompió el silencio. Era el primer latido del corazón canino después de su muerte. A ese latido se siguió otro, y luego otro, cada vez más fuertes y regulares. Su consciencia empezó a emerger de nuevo de aquel amasijo de neuronas a las que llamamos cerebro y en unas horas el perro estaba débil, aunque vivo y aparentemente sano.

Todo ello podía verse en los 20 minutos de documental, al final de los cuales, el narrador añadía que aquel perro no había sido el único en ser sometido a tal procedimiento y que todos habían vuelto a la normalidad sin secuelas apreciables. Los científicos de Manhattan terminaron de ver la película y se formó un silencio difícil de romper. ¿Era todo aquello cierto? Desde luego, parecía demasiado espectacular para ser creíble y, como algunos espectadores afirmaron, no se mostraban las conexiones entre las vías y la cabeza del can, sino que se ilustraban con una sencilla animación.

Ahora sabemos que, posiblemente, aquel vídeo fuera poco más que una propaganda soviética, una exageración a la que Brukhonenko se vio “invitado” a participar. Dejar sin sangre al cerebro durante 10 minutos es bastante arriesgado debido a que las neuronas son especialmente sensibles a la falta de oxígeno. La muerte celular ocurre en cuestión de minutos y los daños se vuelven irreversibles. Así pues, aunque pudieran haber resucitado a estos perros, es muy poco probable que lo hubieran hecho sin causarles ninguna secuela neurológica.

No obstante, en nuestro siglo las máquinas de circulación extracorpórea están muy extendidas y son indispensables para algunas operaciones. Si un cirujano debe operar un corazón, no siempre es viable hacerlo mientras late. Detenerlo, enfriarlo para reducir su metabolismo y mantener el flujo de sangre oxigenada en el resto del cuerpo mediante un dispositivo de circulación extracorpórea es, en ocasiones, la mejor forma de abordar el problema. Y esto se lo debemos a todos los que contribuyeron a su desarrollo, Brukhonenko y Tchechulin entre ellos.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La investigación en animales es (por desgracia) necesaria, por ahora no hay forma de prescindir por completo de ella. No obstante, siguiendo la bioética, se ha vuelto obligatorio usar tan pocos animales como podamos, sustituirlos por otras técnicas siempre que sea viable y refinar los procedimientos para minimizar su sufrimiento.

REFERENCIAS (MLA):