La técnica que resucitó a Audrey de una hipotermia salva ahora a los enfermos más graves de coronavirus

Eduard Argudo, el doctor del Hospital Vall d’Hebron que reanimó a la joven que tuvo seis horas el corazón parado, relata su batalla en la UCI contra el Covid-19

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Tomás sonríe con la mirada. La mascarilla no le deja hacerlo de otra manera. Es el paciente número 100 que da de alta la UCI del Hospital Vall d'Hebron, una de las más potentes de Europa y la más grande de España, -para enfrentarse al coronavirus ha crecido de 56 a 200 camas-. Con los dedos, Tomás dibuja la “V” de “Victoria”. A su lado, su doctor sonríe igual o con más emoción. Porque mientras Tomás ha estado sedado y conectado a una máquina que le ha ayudado a respirar, el equipo médico ha trabajado a un ritmo frenético. Su alta y las 99 anteriores se celebran como una gran fiesta en la UCI.

El doctor Eduard Argudo, médico adjunto del Servicio de Mecidina Intensiva del Hospital Vall d’Hebron, está acostumbrado a lidiar con la muerte. Pero ahora, estas pequeñas celebraciones le ayudan a no desmoronarse. No hace ni cinco meses que su imagen, junto a una rubia sonriente, espigada, de tez blanca y pelo corto, daba la vuelta al mundo. Argudo atendió a Audrey Mash, la joven con hipotermia que sobrevivió sin daños neurológicos después de tener el corazón parado seis horas. Le devolvió la vida gracias a la ECMO, una técnica en la que es especialista, que se utiliza en pacientes críticos con enfermedades respiratorias o cardiológicas graves en las el apoyo vital convencional no es suficiente y que ahora está ayudando a salvar a pacientes con Covid-19. El tratamiento que ofrece la ECMO, las siglas en inglés para la “oxigenación por membrana extracorpórea”, disponible en pocos hospitales, parece sacado de “Regreso al futuro”. Extrae la sangre a través de una cánula gruesa conectada a una vena, la mueve a través de una bomba centrífuga, la oxigena -incorpora oxígeno y lava el Co2, como hacen los pulmones- y la reintroduce en el organismo a través de otra arteria.

Esta técnica empezó a utilizarse en China. Aunque en Asia sólo se acabó practicando a once pacientes. “En el Vall d’Hebron, con la ECMO hemos salvado ya la vida a diez enfermos”, explica el doctor Argudo.

“Es un tratamiento de último recurso”, admite. Cuando hay neumonía, el virus se ha expandido en los pulmones y estos no son capaces de oxigenar la sangre de forma adecuada. Primero, se intuba y se ofrece soporte con un respirador. Si no reacciona, colocamos al paciente boca abajo, en prono, para ayudarle a evacuar secreciones y mejorar su oxigenación. Se prueba también con óxido nítrico para rebajar la hipertensión pulmonar. Pero si aún y así no responde, queda la ECMO.

Los médicos son testigos de que este coronavirus está agrediendo a personas jóvenes y sanas. “En la UCI hemos tenido pacientes de veinte y pico años, y muchos entre 40 y 60 años que se pueden beneficiar de esta técnica”, dice.

No todo el mundo es candidato porque es una terapia muy invasiva. “Estar encamado y sedado debilita la masa muscular. Los pacientes que vencen la neumonía tienen por delante un largo proceso para recuperar fuerza para respirar por sí solos y volver a moverse”, recuerda.

El doctor Argudo cuenta que reciben muchas llamadas de otros centros que no disponen de esta tecnología para hacer valoraciones. “Hemos salido en ocho ocasiones para trasladar pacientes del Parc Taulí de Sabadell, de la Mútua de Terrassa o de otros hospitales de Barcelona. El centro más lejos al que nos hemos desplazado es el Hospital Arnau de Vilanova, de Lleida”, explica.

Los días que tiene que ir al hospital, Argudo se despierta a las siete menos diez de la mañana. “Esto no ha cambiado”, dice. Se toma un café, se sube a la moto y a partir de ahí “todo es diferente”. “Las calles están vacías y la llegada a un hospital que habitualmente tiene 9.000 trabajadores y 33 entradas, ahora es desoladora. Llegamos todos con mascarilla quirúrgica y hay que enseñar la credencial”.

Los intensivistas suelen trabajar de lunes a viernes de 8.00 a 17.00 horas. También hacen guardias de 24 horas de las que se recuperan en dos días. Ahora, se han dividido en tres turnos y sobre el papel trabajan 12 horas y descansan 48. A los equipos habituales, se han añadido anestesistas, cardiólogos y pediatras intensivistas para poder atender un incremento de pacientes del 400%.

Han dividido la UCI en 13 unidades. “Mi unidad tiene 18 camas y si antes recibía información sobre todos los pacientes, ahora, los compañeros sólo me pasan el parte de mis enfermos. Lo segundo que hago al llegar, después de vestirme con un pijama de papel, es preguntar por ellos”, cuenta. En su trocito de UCI, todos sus pacientes tienen Covid-19, todos están graves y los que consiguen recuperarse están un mes o más antes de lograr el alta.

Aunque esta semana han bajado los ingresos, los cuidados intensivos están llenos y los médicos temen un repunte de casos si la gente se relaja cuando se desescalen las medidas de confinamiento. “Las UCIS están al límite”, avisa el doctor Argudo. A los pacientes ingresados aún les queda tiempo. “Vivimos en una situación constante de un accidente con múltiples víctimas, como el 17-A”.

El director de la UCI del hospital, Ricard Ferrer, le da la razón. Hace diez días la situación era insostenible. Llegaron a intubar a un paciente por hora. En la UCI, los recursos son limitados, pero en el Vall d’Hebron “hemos podido ingresar a todos los pacientes que tenían posibilidades”. Desde el inicio de esta crisis, en la UCI de Vall d’Hebron han ingresado 279 personas, han dado de alta a cien pacientes y quedan 157 ingresados. No se pudo hacer nada con 22 pacientes.

Este virus no actúa como una gripe común. “Tenemos casos de afectación de la función renal, de alteración neurológica y casos de afectación cardíaca. También fallos multiorgánicos. Además del soporte ventilador, suministramos drogas que ayudan al cuerpo a mantener sus funciones hasta que la inflamación remite”. Un estudio publicado en la revista “The Lancet” apoya estas observaciones. “Además de neumonía, este virus podría causar daños en otros órganos como el riñón, el corazón o el hígado, así como a sistemas corporales como el de la sangre o el sistema inmunitario”.

Argudo y su equipo son la unidad del hospital más familiarizada con la muerte. Aunque salvan más vidas que pierden, la UCI, para muchos, es la última estación antes del adiós. “Por desgracia, estamos habituados a la muerte”, cuenta. “La mayoría de los pacientes que ingresan en cuidados intensivos sobrevive, pero tenemos una mortalidad más alta que en otras unidades”, sigue. “La diferencia emocional ahora para nosotros es ver que los pacientes están solos”, lamenta. Nada que ver con la situación habitual. Normalmente, permitimos el acceso a toda la familia el rato que haga falta y los médicos acabamos teniendo mucha relación con los acompañantes del enfermo. Ahora, no sabemos que cara tienen los padres o los hijos de los pacientes ingresados, solo conocemos su voz a través del teléfono. Es desolador”.

“Tardaremos meses en recuperar la normalidad”, dice. Cuando ese día llegue, las UCIS volverá a llenarse, aunque de gente sana. Pacientes con sus familiares aguardarán su turno para dar las gracias y conocer en persona a todos estos profesionales que ahora se están dejando la piel, y que cuando pase el vendaval y la adrenalina se diluya seguirán necesitando el aplauso de las ocho.