Los libros de la semana: de Napoleón a las nuevas feministas

La mirada retadora de Loola Pérez, una de las voces más originales del feminismo, coincide con la nueva novela de Bernardo Atxaga, un ensayo sobre el invierno y una valiente biografía sobre Bonaparte

Napoleón, el gran prestidigitador

«El mundo entero conocía el nombre del emperador, pero pocos sabían algo de él. Pues, al igual que un rey verdadero, era también un solitario. Era amado y odiado, temido y venerado y, raras veces, conocido tal como era. Solo se le podía odiar, amar, temer, adorar, como si fuera un dios, pero era un hombre». Este fragmento de la novela de Joseph Roth «Los cien días» retrata certeramente la figura de un Napoleón I de Francia que acaba de regresar de su exilio en la isla de Elba en 1815 y que, durante ese tiempo de restauración, se prepara para Waterloo, de fin aciago para él. Es el que se ve aclamado por los parisinos y que despierta pasiones históricas y detracciones sin cortapisas. En la actualidad, uno de los que más sabe sobre este hombre contradictorio, tan temerario como emprendedor, es Patrice Gueniffey, que publicó en francés este monumental «Bonaparte 1769-1802» (traducción de José Andrés Ancona Quiroz) en 2013 y que de inmediato tiene que convertirse en un título de referencia inexcusable para el interesado en el líder que, en la novela citada, quedó definido como débil y fuerte, fiel y traidor, apasionado e indiferente, orgulloso y humilde… Todos los extremos de la personalidad humana se encarnaron en Napoleón, y a su vez se reflejaron en sus ideas político-bélicas, algo que el historiador deja traslucir ya desde la introducción, hablando de él como de «un mito, una leyenda; mejor aún: una época. La ha llenado con su nombre de una manera tan completa que él y su tiempo difícilmente pueden vivir separados».
Chateaubriand dijo, en el capítulo de sus memorias en que lo compara con Washington, que éste respondió a la democracia mientras que Bonaparte pasó por encima de ella. Y, en efecto, Gueniffey, mediante esta insuperable biografía, lo presenta como intérprete de todos los personajes: patriota corso, revolucionario jacobino, monárquico moderado, conquistador, diplomático, legislador, dictador republicano y monarca constitucional… Gueniffey nos trae sus años de infancia, el traslado a Francia y el aprendizaje militar, las triunfales labores militares en Italia y en Egipto, la intervención en la Revolución Francesa y el hecho de erigirse como cónsul vitalicio.
Esencia moral
Pero más allá del rigor histórico y el interés por las acciones de un militar y político del que se han escrito decenas de miles de obras, lo más interesante, y que hará que ninguna biografía sea en realidad definitiva, como dice humildemente el autor, es Napoleón como el personaje poliédrico que fue retratado por grandes artistas que quisieron captar su esencia moral. Pues tendremos siempre delante a una suerte de «prestidigitador»: «No solo cambiaba de papel y vestuario según las circunstancias, sino también de nombre, incluso de apariencia». Asimismo, el libro viene a compensar la falta de biografías napoleónicas, al sufrir el protagonista una merma en su reputación, incluso desde de su propia familia; fue el caso de Marie Bonaparte, que dijo de su tío bisabuelo: «¡Qué monumental asesino!».
Toni Montesinos

Contra el feminismo “de salón”

Ante la tercera –o cuarta– ola feminista como la llaman las activistas, frente a los estereotipos, los clichés, la política de cuotas, la paridad forzada, el lenguaje –y la lenguaje– inclusivo y el odio sarraceno a los hombres, Pérez pide un movimiento igualitario sensato, humano, alejado de estereotipos y de revanchismos. Con una mirada crítica y políticamente incorrecta, la autora asume ser tan feminista como cualquier otra, pero aborrece a quienes han convertido tal activismo en una sucesión de mediocridad, control social y neurosis. Denuncia la simplicidad a la que está llegando el movimiento, olvidando la osadía de sus comienzos que aunaba a las demandas de igualdad valores universales como los derechos humanos o la libertad de expresión, algo, esto último, que se está devaluando porque, en el terreno igualitario, o se está con quienes lo defienden en sus extremos más populistas –y simplistas– , o se está contra ellas. Este libro es una llamada urgente a todas las mujeres que nos sentimos feministas pero abominamos de los extremismos y vemos al hombre como un compañero, un igual con el que caminar en la misma dirección y con las mismas condiciones pero nunca como un enemigo, un machirulo –horrible término–, un conspirador o un opresor, pues aboga por la libertad y la pluralidad así como por un «feminismo antifeminista».
Los hombres malos
Para Loola, el patriarcado no solo empieza a dejar de existir en el mundo occidental, sino que las nuevas feministas, en su radicalización, tienden a tratarnos al resto de las mujeres como lo harían los señores más carcas: como niñas, negándonos nuestra opinión, basándose en una literatura doctrinaria sobre la relación entre ambos sexos. La autora sostienes que hay tantos hombres malos como mujeres malas, pero que las nuevas oleadas de feminismo –de mujeres que se suben al carro solo movidas por el activismo ciego– están influyendo a la hora de pervertir la relación entre todos y desarrollar una convivencia espontánea, lógica, equitativa y sana, porque el verdadero feminismo no es «de salón». De lo contrario, caemos, no en la llamada «sororidad», sino en el «mujerismo», como si los señores fuesen inmunes a cualquier desigualdad y no supieran empatizar con nosotras.Pérez reconoce positivo que hayan salido a la luz los abusos que ha denunciado el #MeToo, pero siempre estando pendientes de que las acusaciones sean justas y no oportunistas. Tenemos que avanzar. Juntos y en igualdad, aunque el llamado empoderamiento nos puede llevar por sendas peligrosas si no encontramos el punto «G» justo. Un libro memorable.
Loola Pérez

Aquellos sí que eran inviernos

No sabemos si el título del libro despierta la nostalgia o es una forma de exhortación que recuerda comentarios de los familiares más ancianos, pero cuando estamos a punto de decantarnos por la sugerencia de la dureza de los inviernos de otros tiempos, reparamos en la imagen que ilustra la cubierta y descubrimos que reproduce un cuadro del pintor holandés Hendrick Avercamp datado en 1625, «Los jugadores de colf». El colf es el antecedente del golf actual y se practicaba en cualquier espacio abierto de los países del centro y el norte de Europa, y cuando dicho espacio estaba cubierto de hielo, se jugaba igualmente, aunque en ese mismo lugar hubiera personas haciendo otras cosas, como abrir un agujero en el hielo para pescar, de ahí el hacha, la red y el cesto que llevan estos dos personajes que indican su origen humilde a través de sus ropas y que en el cuadro miran con atención cómo juegan al colf unos atildados caballeros. Brunner ha escrito la historia de una estación desde múltiples perspectivas. Todas ellas enriquecedoras gracias a una ingente cantidad de datos y referencias apasionantes, como los viajes polares y sus consecuencias científicas y personales.
Días polares
Por ejemplo, el caso del explorador Nansen que encontró en el horizonte de hielo de Groenlandia la paz que le faltaba a su estado de ánimo, mientras que otro explorador, De Poncis, escribió sobre su viaje al extremo norte de Canadá en 1941 que «la satisfacción no tiene nada que ver con el clima», lección que aprendió gracias a los amables y sonrientes inuit. Curiosamente, estos viajes polares no son algo moderno, ya que a través de los Vedas, el más antiguo documento de la poesía india, hay alusiones al día y la noche polares, lo que apoya la tesis de que hace más de cinco milenios los navegantes ya recorrían aquellos territorios, como el astrónomo griego Piteas de Masilia, que trescientos años antes de Cristo llegó tan lejos en sus viajes septentrionales que habla en sus escritos de un mar «coagulado» y una noche muy corta.
La experiencia del invierno nos llega a través de múltiples prismas: los trastornos psicológicos característicos de las estaciones frías, como la depresión, antes conocida como «melancolía» y que ahora los psicólogos nombran con el término SAD: «Seasonal Affective Disorder»; enfermedades como la tuberculosis y otras infecciones; las formas de calentarse o construir a través de las diferentes épocas, qué nos enseñan sobre el invierno las cortezas de los árboles, y nos descubre hechos tan sorprendentes como que en la Edad del Bronce había un calzado especial para el hielo, que en el siglo XII ya existían esquiadores y que en el XIII se patinaba. Nuestra latitud meridional y el cambio climático nos han permitido conocer inviernos más suaves en los que la nieve es un acontecimiento ocasional y el frío dista del de otras partes del globo. Por eso, este libro acompañado de numerosas ilustraciones, erudito y ameno, puede entusiasmarnos en estos días primaverales de un invierno del siglo XXI.
Sagrario Fernández-Prieto

Atxaga, el futuro no es redentor

El emergente grupo de jóvenes narradores en lengua vasca tiene, como claro ascendente generacional, la novelística de Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951), caracterizada por la mirada testimonial, la acertada creación de inolvidables personajes y el hábil manejo de diferentes subtramas argumentales. Es lo que encontramos en «Casas y tumbas», una extensa historia que comienza en los días del tardofranquismo en el País Vasco; en una panadería rural, Elías, un niño que ha regresado de un internado francés sin poder hablar, talla en madera un primoroso barquito, símbolo de su ensimismamiento y escasa conexión con el mundo; superará esta situación con la ayuda de dos hermanos gemelos y a partir de un curioso hallazgo en las aguas de un canal. Paralelamente, y en un cuartel de El Pardo, Eliseo, Donato, Celso y Caloco cumplen el servicio militar y esta es también la historia de su prolongada amistad durante décadas. Ya en los años ochenta, algunos de ellos se verán envueltos en una sorprendente intriga plagada de amenazantes peligros y oscuras represalias donde no falta un enrarecido ambiente sindical o la aterradora sombra de ETA. Esas experiencias se verán encaradas con la presente modernidad tecnológica, con su carga de deshumanizada incomunicación y frialdad.
Toma de conciencia
Con una estructura de «novela-río», esta obra fluye torrencialmente entre emotivas situaciones y conflictivos dilemas éticos bajo tres fundamentales referentes narrativos: la toma de conciencia social, el arrasador paso del tiempo y la pertinaz esperanza en un redentor futuro. Es esta una escritura de pautados matices psicológicos que disecciona los atormentados perfiles morales de los personajes; se lee de uno de ellos: «Le daban ganas de llorar cada vez que se acordaba, cada vez que pensaba en el error que cometió quizás por culpa de la marihuana, o del ácido, y aunque eran cosas del pasado, aunque se había vaciado el vaso del tiempo, él seguía percibiendo el olor que emanaba de aquel vaso, y era un olor triste, muy triste».
En la mejor tradición realista, actúan aquí los más efectivos resortes de la condición humana: el miedo insuperable, la depredadora supervivencia, el sentimiento amoroso y la muerte intuida. Destaca la agilidad de los diálogos, las tan conseguidas atmósferas morales y la minuciosa descripción de costumbres, gestos y vestimentas de los diversos protagonistas, huella evidente de la mejor ficción testimonial. Algunas notas levemente humorísticas y un subliminal optimismo matizan muy adecuadamente esta dramática historia que subyuga al lector desde las primeras páginas hasta su espléndido final.
Jesús Ferrer