Crítica de “Una pastelería en Nothing Hill”: De dulce a dulzón ★★✩✩✩

Directora: Eliza Schroeder. Guión: Jake Brunguer. Intérpretes: Celia Imrie, Shannon Tarbet, Shelley Conn, Grace Calder, Bill Paterson. Reino Unido, 2020. Duración: 97 minutos. Drama.

No sé si lo recuerdan, pero en 2015 ya hubo “Una pastelería en Tokio” (la dirigió Naomi Kawase), y ahora, aunque a las dos películas solo les una el gusto por el azúcar y unas muy buenas intenciones, tenemos esta otra situada en el londinense barrio de Notting Hill, donde, después de unos primeros minutos que pueden marear al espectador, tres mujeres de distintas generaciones intentan hacer realidad el sueño de la terca e idealista Sarah, que ha muerto. Así que la hija de la fallecida, la mejor amiga de ésta y Mimi, la propia madre de la finada, aúnan fuerzas para conseguirlo, y, sobre todo, superar el dolor de la pérdida y aclarar unas cuantas dudas. De manera que estas flaquitas cocineras consiguen, no solo todo lo antes dicho, sino limar asperezas pasadas entre ellas y, de paso, que el amor aterrice en sus vidas, incluso la elegante abuela, que es la señora de la foto y una buena actriz llamada Celia Imrie, acaba con un plan de lo más prometedor.

De hecho, las intérpretes están bastante bien, y el filme, amable, muy correcto, pero, al cabo, evanescente, resulta tan dulce como un polvorón de esos que se pegan al paladar y no hay manera, e igualmente previsible, aunque también analice de paso y un poco al trote las bondades de la sociedad interracial mientras ratifica que cine marida bien con la gastronomía aunque, en ocasiones, y he aquí un ejemplo, los realizadores se pasen unos cuantos pueblos con la cantidad de azúcar. Que vayan con ojo, pues, los espectadores diabéticos porque, y mayormente hacia el final del metraje, no hay la suficiente insulina para bajar este subidón de color rosa fresa. Tampoco deberíamos ir siempre a una sala para pasarlas canutas, que ya tenemos bastante de puertas afuera.

Lo mejor: Sus tres protagonistas y el tono amable del filme. Y es que a nadie le amarga un dulce...

Lo peor: Con un poco menos azúcar y de previsibilidad habría resultado una historia más potente