Crítica de “El rey del barrio”: Tatuarse la vida ★★★★✩

Director: Judd Apatow. Guión: J. Apatow, Pete Davidson, David Sirus. Intérpretes: Pete Davidson, Bill Burr, Marisa Tomei, Bel Powley. USA, 2020. Duración: 137 minutos. Comedia.

En un momento de “El rey del barrio” Scott (Pete Davidson), borracho y en la intimidad de su cama improvisada en un cuartel de bomberos, le dice “te quiero” a su ¿futuro? padrastro, Ray (Bill Burr), al que ha intentado boicotear durante buena parte de la película. El arco dramático de su personaje consiste en sustituir una figura paterna idealizada, desaparecida en acto de servicio, un bombero heroico, por su némesis, un bombero verborreico y perdedor. Aunque muy parecida a la que protagonizan Michael Cera y Jonah Hill en “Supersalidos”, la escena demuestra que la ‘bromantic comedy’ se ha hecho adulta y ha suavizado su dimensión paródica.

En todo caso, ya sea desde los motivos narrativos de la comedia gamberra o desde la autobiografía más o menos ficcionada (de su actor protagonista, Pete Davidson, cómico en nómina del Saturday Night Live), Judd Apatow sigue pensando que la masculinidad puede ser el refugio ideal para compartir los fracasos, las miserias y el desencanto, y que la mujer, siempre más sabia y más práctica, acaba por comprender que el hombre, tan ajeno a sus propios sentimientos, hace de su debilidad su mejor atractivo. No se celebra tanto una guerra de sexos sino una obsesión por comprender que todos tienen sus razones: quizás el Apatow más linklateriano está más cerca de Renoir (o de su versión laxa, aérea: Hawks) de lo que cree.

El director de “Lío embarazoso” demuestra tener un gran sentido del espacio, al convertir el barrio de Staten Island en un lugar vivo, creíble, donde ‘slackers’ con déficit de atención, auxiliares de clínica y, claro, bomberos, construyen un tejido social tan cercano y realista como el de algunas películas americanas de los setenta. Como es habitual en él, se toma su tiempo en desarrollar los personajes y las situaciones que protagonizan, no siempre sometidas a las imposiciones del relato. Apatow es un humanista, y como Scott, cuyo único objetivo en la vida es tatuar (un sueño excéntrico: abrir un restaurante de tatuajes), quiere grabar en nuestros cuerpos un mensaje optimista: tal vez la vida solo quiere que la vivamos así, sin traumas ni rencores.

Lo mejor:

El humanismo de Apatow es de una calidez contagiosa, y no es habitual en el cine americano actual.

Lo peor:

Que su defensa del gregarismo masculino pueda ser tachado de reaccionario.