Eva García Sáenz de Urturi: “En la Edad Media tenían que sobrevivir desde el rey al mendigo”

La autora publica «Aquitania», Premio Planeta de 2020, un violento tapiz del siglo XII y una semblanza novelizada de Leonor de Aquitania, la única reina que ha gobernado el trono de Francia y de Inglaterra

Eva García SáenzGonzalo Pérez MataLa Razón

La historia contada a través de las mecánicas literarias del «thriller». Eva García Sáenz de Urturi, «La saga de los longevos», «La trilogía de la Ciudad Blanca», evoca la Edad Media que discurrió en el siglo XII, una época de cruzadas, políticas tempestuosas y rompedores aires culturales, en «Aquitania», Premio Planeta 20020. Una novela tejida con múltiples voces, tensada de trama y de frase tajante y dura que despliega un tapiz de ambiciones, intrigas, luchas de poder, conjuras, espionaje, venganzas y, sobre todo, una pesquisa policial, la que desencadena la muerte de Guillermo X de Aquitania durante su peregrinaje a Santiago de Compostela, suceso que fue real. A partir de este hecho, su hija y heredera, Leonor, decide descubrir la verdad que se oculta detrás de este crimen y, a la vez, tendrá que mantener unido su tierra, Aquitania, para que no sea desmembrada.

–Un periodo violento.

–En el siglo XII se instaura el código de caballería porque entre tanta violencia había que poner un poco de honor. Leonor fue una de las impulsoras. Eran unas leyes que llamaban a defender a los débiles, a las viudas y a los huérfanos, que pedía no sobrepasarse con el enemigo en batallas. Lo que hoy llamamos estrés postraumático en ese momento se denominaba el mal del soldado. Se producía por presenciar niveles de violencia salvaje. Muchos caballeros regresaban traumatizados. Algunos, cuando acudían a su señor para que se les pagara, descubrían que ya no había señor, el castillo había sido abandonado o que lo habían matado. Entendían entonces que habían pasado por el infierno para nada. Cuando se leen actas de juicios se descubren los castigos que se aplicaban a los reos y eran de unos niveles de violencia que no hoy dudaríamos en hablar de tortura.

–Te ha impactado.

–La violencia sobre personas reales es la parte de la documentación del libro que más me ha impresionado. El águila de sangre se reservaba para los cautivos vivos. Lo usaron los normandos todavía en tiempos de Leonor. Se decía quera era una leyenda, pero he estado buscando y hay dibujos, runas, grabados de personas a quienes les rompían las costillas por la espalda y les sacaban los pulmones de manera que parecían alas rojas. Ninguno sobrevivía. Era una salvajada, pero muy acorde con los tiempos. La democracia nos ha traído todo este control de la violencia.

–Y la supervivencia era difícil. Y más para una mujer.

–En el medievo tenía que sobrevivir desde el rey hasta el mendigo. Leonor es una de las cuatro voces del libro. Está escrita con una voz femenina y otras tres masculinas. Aquí está desde el mendigo que no tiene nada hasta Raimond de Poitiers, el tío de Leonor o Luis VII. Todos tienen que sobrevivir. La novela tiene mucho tapiz medieval porque aquí aparecen espías, los denominados gatos aquitanos, hasta la monja de un convento. Todos tienen unas circunstancias vitales muy duras. En ese momento era casi imposible cambiar de casta social, de educación... todos los personajes tienen esa determinación de revelarse contra el género y su fecha de nacimiento.

–¿Todo poder es en el fondo un juego de tronos?

–El poder es supervivencia, más allá de personalidad de cada uno. En esta historia existen personalidades psicopáticas, como Enrique II, el segundo marido de Leonor, o uno de sus hijos, Juan sin Tierra, que eran tiranos y tenían un perfil bastante enfermizo. Pero aparte de estos extremos, los personajes de «Aquitania» tienen en común que se se vuelven estrategias a medio plazo. Este es el trono real.

–Y ahí estaba Leonor, una reina en medio de un mundo dominado por los hombres.

–Ella era muy moderna. Su abuelo, que fue trovador, había estado en la Primera Cruzada. Él, como otros caballeros que acudieron con él, vinieron de Tierra Santa con ideas frescas. Oriente estaba culturalmente más avanzado por entonces: había perfumes, gastronomía, especies, sedas, maneras nuevas de teñir. Todo eso empapó la Aquitania, que era un territorio rico, que podía pagar aquel lujo, algo que Francia no se podía permitir porque los Capetos eran reyes nominales, pero muy pobres. Suponía un contraste entre ellos y los aquitanos, que eran cultos, viajados y tenían poder desde hacía centurias. Leonor era hija de su linaje, una aquitana hasta las cejas. Fue ella quien comenzó a hacer refinados a los franceses. Cuando pasó a la corte inglesa, sucedió lo mismo, porque ellos estaban también muy atrasados culturalmente. Ella convirtió la corte inglesa en una culta.

–La modernidad de ella chocó con algún hombre de iglesia.

–Con Suger, el Abad de San Denís. Como cualquier religioso franco, de su época, quedó sorprendido cuando llega Leonor de Aquitania a la corte francesa. Era una mujer meridional, que venía acompañada con su corte de trovadores, que bebía vinos de Borgoña, usaba vestidos escotados, chapines o se adornaba las muñecas con oro. Al principio le criticó todo aquello, luego, sin embargo, vino el respeto. Leonor se lo ganó poniendo dinero para abadía. A partir de ese momento las críticas cedieron.

–¿Es una historia de venganza? ¿El odio fue una motivación en Leonor?

–No es tanto odio. Primero fue el amor por la familia y por la Aquitania y los aquitanos. No quería que la casaran con cualquier varón francés y que se desmembrara ese territorio que tenía una lengua y una historia común. Lo que hace es sacrificarse por esa tierra al casarse con el heredero del trono de Francia. Una forma de seguir siendo duquesa de Aquitania y tener el mando de su tierra que iban desde los Pirineos hasta Normandía. No es el odio lo que la empuja, sino la supervivencia. Ella estaba muy bien educada y demostró grandes capacidades para gobernar a una edad muy temprana. Tomó una decisión muy difícil, pero la más estratégica y la mejor a medio plazo.