“Tratan de hacernos creer que ser blanco es malo y que las mujeres son mejores que los hombres”

El periodista británico Douglas Murray revienta en su controvertido libro “La masa enfurecida” muchos de los axiomas de las “políticas de identidad”

Douglas Murray (Londres, 1979) responde a la entrevista de LA RAZÓN a través de Skype con 24 horas de retraso. Un malentendido con los husos horarios del “este” (europeo, que no estadounidense) genera un problema de agenda que el periodista y editor de la revista «The Spectator» se aviene a solucionar con mejor humor del que uno podía esperar del «enfant terrible» de la derecha británica. Su último libro, «La masa enfurecida» (Península), es un campo minado para la corrección política; una bomba detrás de otra que este columnista de medios como “The Wall Street Jounal” o “The Sunday Times” no tiene intención de desactivar. Murray tiene enfrente a toda la Prensa gay de su país, que le considera una “vergüenza” por ser homosexual y de derechas. Él dice que le da igual, que aún no se ha perdido ningún cóctel que le apeteciera por no haber sido invitado. Más bien parece que esa marginación le divierte.

-¿A usted qué le enfurece?

-Ja ja ja, no sé, imagino que muchas cosas, como a todo el mundo. Me irrita mucho, por ejemplo, que no tengamos mejores políticos. Pero en general soy alguien bastante feliz y con suerte.

-Usted habla en su libro del “síndrome de San Jorge jubilado”. ¿Quiere decir que nos hemos quedado sin causas nobles?

-Sí, y me preocupa porque el ser humano necesita una narrativa, un relato. La historia ha cambiado significativamente en las últimas décadas, nos guste o no. Los valores occidentales han pasado de estar inspirados en la religión al más completo secularismo. Muchos han tratado de llenar ese vacío con causas como la ecologista, por ejemplo. Otros han buscado el sentido en la militancia política o en la identificación con un grupo concreto. Y es que el siglo XX se caracterizó por la lucha necesaria por determinados derechos de minorías étnicas o sexuales. Pero cuando eso ya se ha conseguido, aunque ninguna de esas batallas esté terminada del todo, y te empeñas en seguir por ese camino para asegurarte de que no hay vuelta atrás lo que logras es una división cada vez mayor y una infelicidad innecesaria.

-Imagino que cuando habla de esas conquistas de derechos se refiere solo al primer mundo.

-Sí, por supuesto. No me hago la fantasía de que en Irán se respeta a los homosexuales o a las mujeres en Arabia Saudí. A lo que me refiero en “La masa enfurecida” es a un fenómeno específicamente occidental que consiste en el empeño, el mayor en décadas, de hablar de diferencias raciales, o de retratar las condiciones del colectivo LGTBI como las peores de la historia, cuando es justo al contrario. También se trata de jugar la carta del género de una forma no solo reduccionista sino deliberadamente divisiva.

-En su opinión, ¿cuál es el objetivo final, si es que hay alguno?

-Bueno, reconozco que el origen de las reivindicaciones son legítimas. El problema surge cuando se trata de hacer una sobrecorrección; en lugar de que el péndulo se coloque en el centro, en una posición de igualdad, se fuerza hacia el otro lado a la espera de que en algún momento vuelta al medio. Por eso digo, por ejemplo, que las mujeres ahora no se presentan como iguales a los hombres sino mejores en casi todos los sentidos con consignas como “no necesitamos a los hombres” o “los hombres son el problema”. Incluso, en la cuarta ola del feminismo, con el lema “los hombres son basura”. O cuando tratan de que creamos que ser blanco es malo, cuando ningún color de piel debería llevar esa atribución. Ahí está el peligro, y es donde nos encontramos ahora.

-¿Los gays también se creen mejores?

-Es una pregunta muy interesante porque ha sido un tema recurrente en el movimiento por los derechos de los homosexuales. Siempre hubo algunos que dijeron “no somos iguales, esa es la clave, somos diferentes, somos mejores”. Ha existido tradicionalmente la percepción de que los gays son esa gente fabulosa que añadía algo de magia a los aburridos heterosexuales. Esto es muy común en la cultura popular, probablemente porque la visibilidad gay fue liderada por gente famosa y con talento. No obstante, ignora el hecho de que la mayoría no son ni presentadores de televisión ni autores teatrales; son contables, brokers o limpiadores. Aún se puede ver en el Día del Orgullo, una fiesta con la que no me identifico en absoluto. No entiendo que te sientas orgulloso de algo por lo que no debes avergonzarte. Para mí es algo neutral.

-¿Cree que los movimientos feministas o antirracistas ya no tienen razón de ser?

-Depende de qué tipo de feminismo. Si es una interpretación según la cual ninguna mujer es totalmente libre hasta que haya paridad en los consejos de Administración, por ejemplo, creo que es muy cuestionable. En cuanto a la brecha salarial, en mi país o en América está prohibido desde hace décadas pagar diferente a hombres que a mujeres por el mismo trabajo. Obviamente, si no fuera así tendría que actuarse para corregirlo. Sobre “Black Lives Matter” tengo la impresión de que se ha magnificado lo que parece un problema interno de la Policía, y ni siquiera se trata de un asunto endémico de toda la institución.

-¿No cree entonces que EE UU adolece de una suerte de racismo que se visibiliza en la gran diferencia de oportunidades o en las peores condiciones de vida?

-Es un problema extremadamente complejo por tratarse de descendientes de esclavos negros, pero me niego a aceptar que América tiene un problema de racismo sin especificar de qué estamos hablando. Hay una clara falta de oportunidades para esa comunidad, aunque hay muchos factores que lo explican además del racismo. Si quieres centrarte en la disparidad racial, entonces puedes preguntarte por qué otras comunidades étnicas, como las que llegaron del subcontinente indio, han evolucionado de una manera espectacular en muchos menos siglos.

-Eso suena a que la comunidad negra tiene la culpa.

-El problema es multifactorial, tal y como han escrito muchos académicos negros de izquierda y derecha. No se puede atribuir exclusivamente a un problema de racismo, aunque yo no digo que no sea parte de la ecuación. No creo que sea justo para EE UU verlo todo bajo ese prisma. Parece que como la sociedad americana fue indudablemente racista con los negros, la manera de limpiar ese pasado rápido es diciendo que todos los blancos son esto o lo otro. Como si hubiera algo virtuoso en ser negro o una sabiduría especial que el resto no entiende. Entiendo el impulso que les lleva a hacerlo, pero solo digo que no lo hagan porque la división que se crea es enorme y no soluciona nada.

-Usted dice que las feministas odian a las mujeres de derechas. ¿No sucede también al contrario?

-Hay una tendencia clara en el sentido de que, si eres negro y militas en la derecha, ya no eres un negro de verdad. O si eres gay y eres conservador, eres una decepción para el movimiento. También ocurre con las mujeres; si eres de izquierdas, eres una campeona, pero las de derechas son, en el mejor de los casos, una aberración. La izquierda nunca ha digerido que la primera mujer jefa del Gobierno en mi país, Margaret Thatcher, fuera de derechas.

-En el libro recuerda una anécdota de cómo Ellen Degeneres, reconocida lesbiana, se permitía hacer bromas sexuales sobre otras mujeres, algo que a un hombre nunca le sería permitido.

-Creo que tiene que ver con el proceso de adaptarnos a estas nuevas normas. A los hombres no se les permite cosificar a la mujer en ningún sentido, a ellas se les permite raramente hacerlo con los varones, las lesbianas sí pueden hacerlo con las mujeres y los homosexuales con los hombres. Este es el acuerdo tácito que prevalece hoy en día, aunque pueda resultar incómodo. Es un ejemplo más de esa sobrecorrección de la que hablo.

-También se refiere a que es siempre bienvenido que un heterosexual salga del armario, algo que no sucede al contrario. ¿Cree que hay tantos gays que deciden cambiar de bando?

-No creo que sea muy común, no, pero en el libro lo empleo para explicar cómo se trata de un fenómeno de una sola dirección. Imagine que una amiga le dice que se va a casar con un hombre que tuvo una relación larga con otro hombre, seguro que dispararía todas las alarmas. En cambio, no despertaría suspicacias si alguien decide casarse con una persona de su mismo sexo que antes estuvo en una relación heterosexual. Lo que quiero decir con esto es que socialmente es más común dar por hecho que convertirse en gay es la dirección adecuada en lugar de recorrer el camino inverso. Es verdad que son pocos casos y que yo creo que la tendencia sexual está fijada desde muy temprano, pero hay una zona gris en el medio que me parece interesante y que prueba que existe cierta heterofobia en el mundo gay.

-Dice que lesbianas y homosexuales nunca se han llevado bien del todo, aunque lo pretendan.

-Ocurre lo mismo con minorías raciales. Si cogieras a todos los que tuvieran ancestros de Eritrea, o de Hong Kong, y los llamas a todos con el mismo nombre, pensarías que es absurdo, que es gente totalmente diferente con vidas distintas. Pues con el movimiento LGTBIQ+ ocurre lo mismo. Pone bajo el mismo paraguas a gente muy diversa. Lo digo sobre todo porque me gustaría que tratáramos a la gente como individuos, no como miembros de grupos identitarios que son instrumentalizados para fines políticos.

-¿Qué le parece que los gays tengan descendencia a través de la adopción o de un vientre de alquiler?

-Estoy a favor de que se apoye y se ayude de todas las formas posibles a cualquier persona o pareja que se decida a adoptar a un niño. Sin embargo, la fórmula del vientre de alquiler me plantea cuestiones morales importantes. Y por eso me he hecho bastante impopular entre ciertos sectores. Es que me sorprende enormemente que una pareja gay pueda usar el útero de una mujer para tener un hijo y nadie mencione si quiera a esa mujer. Tampoco se tiene en cuenta que el proceso es excepcionalmente caro y solo se lo pueden permitir las parejas de hombres ricos. Lo más probable es que los más jóvenes no lo puedan pagar nunca.

-¿Qué opina de la sexualidad fluida que reivindican los millenials o la generación Z? Parece que los límites están cada día más desdibujados.

-Creo que tiene que ver con el reconocimiento de que hay un cierto porcentaje de la población para la que el sexo es algo más fluido de lo que reconocemos. Algo que ocurre más entre las mujeres por una amplia variedad de razones. Esas generaciones que menciona tratan de probar que la atracción sexual es transversal, pero el resultado es que acaban pretendiendo que el sexo, en el sentido de ser hombre o mujer, no existe. Y que el género es un constructo fluido que puedes elegir según te sientas o te convenga. Me parece un concepto erróneo.

-¿Cree que existe una gran presión sobre los padres de los niños transgénero para que permitan el cambio de sexo?

-Creo que apenas sabemos nada de ese tema y debemos ser cautos y humildes. Me preocupa toda esa retórica dogmática sobre un problema del que apenas conocemos el 0,5%. Es evidente que hay algo ahí, pero no creo que todo adolescente que se sienta incómodo con su cuerpo es transgénero o no binario. Es peligroso. Además, parece que existe una relación con el autismo que considero importante investigar del todo.

-Escribe que las nuevas generaciones están amargadas y resentidas sin motivo porque viven en el mejor momento histórico. En España esto no es así, se lo aseguro.

-Creo que mucha de la identificación política que vemos ahora parte de la crisis de 2008. La economía falló y no hemos sabido aceptar el hecho de que el nivel de vida no aumente. Tiene razón que con la pandemia y el confinamiento el paro se ha disparado, aquel axioma de que cada generación iba a vivir mejor que la de sus padres se ha resquebrajado por completo. Cuando la economía va bien hay una gran cantidad de problemas por los que la gente no se preocupa, pero cuando llega la crisis la gente empieza a hacer cosas diferentes; se vuelcan en la identidad nacional, religiosa o de grupo. La tercera es la de nuestro momento histórico; si la economía va mal, ¿por qué no tratamos de arreglar la desigualdad mundial? Es algo noble, incluso comprensible. Pero me gustaría asegurarme de que los jóvenes no pierden su tiempo de manera improductiva porque hay elementos de estas guerras de identidad que son incluso destructivos.