Félix Ovejero Lucas, escritor, articulista y profesor universitarioFoto: Miquel GonzálezShooting
Félix Ovejero

Félix Ovejero: “La unidad es inseparable del debate democrático”

Uno de los adalides del constitucionalismo analiza la ruptura con España

Ovejero, profesor de Filosofía Política y Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, referente intelectual y moral del constitucionalismo y la izquierda en un país donde la izquierda vive obsesionada con las podridas tesis nacionalistas, publicó hace unas semanas un libro valiente y necesario, “Secesionismo y democracia” (Página Indómita).

-¿Qué le ha parecido el espectáculo del Liceo?

-Deprimente. Un Gobierno disculpándose por aplicar las leyes, desautorizando a la justicia y, por tanto, sosteniendo, apenas implícitamente, que España no es una democracia, esto es, dando por bueno el argumentario de quienes quieren acabar con nuestro Estado. Como si el gobierno indultase a La Manada y lo decorara con una teoría en defensa de la violación.

-¿El secesionismo es incompatible con la democracia?

-Una idea de democracia vinculada al contraste de argumentos, que recogen los intereses de todos, y los valora mediante principios de imparcialidad y universalidad, es incompatible con el secesionismo, por sus medios, pues este adopta el chantaje como procedimiento, el “si no se acepta lo que pido, me voy”, y por sus fines, en tanto busca romper la comunidad democrática, esto es, excluir de la condición de ciudadanos a los hasta ahora iguales. A los secesionistas les traen sin cuidado sus conciudadanos. Si apuestas por la secesión rompes el vínculo entre una comunidad de decisión y unas leyes justas. Y si apuestas por la democracia tienes que combatir el secesionismo.

-Alguien puede decidir irse, pero no llevarse lo que es de todos.

-Frente a la idea anterior, premoderna, que concebía el territorio político como una propiedad del rey, el territorio político que nace con las revoluciones democráticas es un proindiviso: todo es de todos sin que nadie sea dueño de parte alguna. Somos ciudadanos iguales en cualquier parte de la nación. Barcelona no es de los barceloneses. Ese paisaje es la condición de posibilidad de nuestras propiedades personales. Y de sus límites. Soy dueño de mi casa, pero no puedo poner una fábrica de anfetaminas.

-El planteamiento según el cual Cataluña sería de los catalanes es idéntico al que podría empujar a los ricos a pedir la independencia.

-Seguramente esos ricos tendrían una identidad compartida muy superior a la de los catalanes. La teórica identidad que podría otorgar la lengua, una lengua que por cierto, en Cataluña, no es mayoritaria, palidece frente a la identidad que proporciona la riqueza, que establece modos de reproducción, de escolarización, pautas de comportamiento, sistemas de medicación, etc., mucho más homogéneos. Por decirlo con el léxico de siempre, la identidad está mucho más vinculada a las clases sociales. Un obrero de Barcelona y uno de Madrid son dos gotas de agua. Como se parecen entre sí uno de Sarriá y uno del Barrio de Salamanca.

-Caemos entonces en las patologías de la izquierda reaccionaria, apelando a la identidad.

-La izquierda clásica, estaba asociada a una idea no vacua de progresismo, entendido como el empeño en escapar a las constricciones de origen, a las circunstancias de procedencia y sociales, a las diversas tiranías del origen. Ese es el sentido genuino del ideal de emancipación, un ideal universalista. La apelación a la clase obrera, como antes a la burguesía, era por encarnar circunstancialmente los intereses generales. La aspiración última era la de terminar con una estructura de sociedad que genera desigualdades, liquidar el enconamiento que sostiene y reproduce modelos de desigualdad, de perspectiva parcial. No se trata de cultivar identidades. La identidad en las comunidades genuinamente democráticas se produce sobre todo por sedimentación, pero no de forma planificada, de modo que, por ejemplo, nadie dictaminó que hablemos español, tampoco lo votamos, sino que simplemente nos vamos encontrando, es la forma de entenderse, eso genera economías de escala, de red, que provocan que te salga más a cuenta hablar en español. Esa identidad es el subproducto de un marco de convivencia civilizado y racional, pero no es algo que haya que establecer como norte y prioridad. La identidad a la que apelan los nacionalistas está anclada siempre en el mito y en la tiranía del origen.

-Más de una vez alude al lema de la tumba de Marat, “Unité, Indivisibilité de la République, Liberté, Égalité, Fraternité”. . .

-La nación republicana nace, precisamente, para combatir la fragmentación de la comunidad política. La unidad se justifica porque es inseparable del debate democrático, de la comunidad de iguales. Nada tiene que ver con unidades de destino. Yo no tengo ningún inconveniente en que España desaparezca, España es circunstancial, no viene desde Cromagnon. Lo deseable es ampliar mi círculo de humanidad en aras de la justicia, puesto que cualquier frontera establece un límite arbitrario a los derechos, de modo que alguien, por el simple hecho de haber nacido al otro lado, tiene menos derechos. Puede hacerse una defensa de España provisional, porque es nuestra comunidad actual de ciudadanía, pero por supuesto lo deseable es superar esos límites, ampliar el perímetro de justicia y democracia. Pero no, nunca, apostar por la dirección contraria y recortarlo.

-Los argumentos de los constitucionalistas carecen de ese ingrediente tribal, grupal y sentimental, que resulta tan apetecible para muchos.

-Seguramente es muy integrador, no sé, ser un hooligan, mucho más que apelar a la justicia y la igualdad, pero no podemos aceptarlo moralmente, aunque los procedimientos y mensajes del hooligan sean más eficaces para aglutinar o seducir a ciertos individuos.

-En el libro distingue cuatro teorías con las que han tratado de justificar la secesión.

-La primera es la plebiscitaria. Dice algo así como que cada uno es propietario incondicional de lo suyo y, por tanto., cualquier conjunto de individuos pueden conformar una nueva comunidad política con sus propiedades, si reúnen unas mínimas condiciones para que funcione. Marbella no estaría sometida a las leyes comunes y podría marcharse sin razones. Es una visión casi prejurídica de la vida civil.

-Después habla de una teoría adscriptiva…

-Viene a decir que puesto que nosotros tenemos una identidad singular, entonces tenemos un derecho a vivir aparte. En el caso de los nacionalismos que hay en España, como ninguna de las lenguas es mayoritaria en sus supuestas naciones pues acabas en prácticas totalitarias para construir lo que no existe, la nación cultural. Al mismo tiempo eso de que por ser diferentes tengan derecho a vivir separados… Los ciegos o las mujeres comparten una cierta identidad y sin embargo a nadie se le ocurre que tengan derecho a vivir diferente o separados. O los ricos… Y luego lo que dicen es que porque son diferentes tienen derecho a unos privilegios especiales, a levantar fronteras y excluir de la ciudadanía a otros. Esa es la sociedad feudal y también la idea de nación que, a partir del historicismo alemán, desembocará en el nazismo. Una ciudadanía no vinculada a derechos y libertades sino a una identidad, y por supuesto como la identidad admite grados pues habrá ciudadanos de primera y de segunda.

-¿Y la teoría de la minoría permanente?

-Es más reciente. Sostiene que la secesión está justificada puesto que los “nacionales” son minoría en España y jamás podrán convencer al conjunto de la comunidad política. La prueba de que no funciona es que muchas minorías han conseguido derechos. Empezando por los niños. ¡Incluso los animales! Por lo demás, todos somos minorías en muchos sentidos: los extremeños, los veinteañeros, los charcuteros, etc.

-Finalmente, la teoría de la reparación.

-Esta sí es compatible con la buena democracia. Si no hay democracia, si estamos ante una situación colonial, de explotación, donde tu voz es desatendida, no estás comprometido con las decisiones. Ahora, en el momento en que esa situación desaparece también desaparece la justificación. Es el fundamento del tiranicidio y la revolución. Pero en España no hay opresión. Al contrario, tanto Cataluña como el País Vasco han sido beneficiadas de las últimas décadas, y también con el franquismo.

-Pero estas cosas no hay forma de que las entiendan fuera de España.

-Influyen varios factores. Entre ellos quizá el más importante es el giro irracionalista de una izquierda con mucha influencia pública, que arranca con el posmodernismo. Muy presente en la academia norteamericana, de la mano del multiculturalismo, acentúa la fragmentación y descalifica cualquier pretensión de racionalidad al sostener que no hay posibilidad de comprensión entre gentes de procedencias distintas. El resultado es un tipo de mala teoría social dispuesta a confundir la emoción de –y la invocación a—la injusticia con la injusticia objetiva. Y nuestros nacionalistas, unos privilegiados materiales, saben mucho de presentarse como oprimidos, ante tipos que lo ignoran todo de España. Son cosas, por cierto, que invitan a la cautela cuando opinas sobre otros países, porque te dices, madre mía, si Chomsky, que no es un majadero, dice lo que dice de este país, que no diré yo cuando hablo de otros lugares…

-Algunos no están dispuesto a asumir que pueden haberse equivocado.

-Te fabricas una identidad a los veinte años por circunstancias que pocas veces tienen que ver con un proceso de fundamentación genuino, porque no quieres discrepar de los amigos, porque te gusta alguien, etc. Y a partir de ahí te pasas el resto de tu vida apuntalando, como si ese hubiera sido tu momento de mayor esplendor intelectual.