Art Déco, la cotidianidad es bella

Paquin firma este vestido de noche Chimère (1925) que resume toda una época
Paquin firma este vestido de noche Chimère (1925) que resume toda una época

La Fundación Juan March reivindica este estilo a través de un amplio recorrido de 350 piezas, entre 1910 y 1935, que subrayan su importancia artística y no sólo ornamental

La primera liberación de la mujer no llegó de la mano de ninguna utopía o de las promesas imposibles de una ideología visionaria y universal. Provino de los dibujos de aquellos modistos que liberaron la cintura femenina de las diversas opresiones (sociales, físicas, morales) que representaba el corsé; del diseñador de lápiz ligero que soñó la revolución como un destape, enseñando las formas censuradas de la nueva Eva que traía el siglo XX. La modernidad irrumpió así en un huracán de tobillos desnudos, faldas escasas, melenas cortas y joyas de Cartier. Después de tanta teoría, la vanguardia resultó ser una chica andrógina, desprejuiciada, tentadora, la Lulú de Louise Brooks, una Salomé bíblica y seductora fascinada por la música, el baile, la fotografía, el cine y la moda. El hombre, de repente, pretendía ser elegante y no ir sólo bien vestido; y ellas (es el momento de Coco Chanel, de Nancy Cunard) aspiraban a sentir el vértigo de la velocidad al volante de los coches deportivos. Se aceleraba la centuria al ritmo de jazz y charleston, y la belleza comenzó a ser una abstracción demandada, igual que un juego de zapatos o un abrigo de visón. El mundo quería rodearse de objetos estéticos, que halagaran los sentidos, que los cautivaran con la hipnosis de lo original, de eso que se llama hoy «lo bonito». Y se decidió imprimir un aire nuevo a las añejas artes decorativas, renovarlas con un brío distinto.

El lujo a caballo del optimismo

En un periodo optimista, que derrumbaba la frontera oceánica con flotas de transatlánticos, el Art Déco resultó una punta de lanza para arrancar a las élites el privilegio del arte con una defensa de lo pragmático, a base de democratización, que no es otra cosa que la industrialización, la fábrica en serie. El peaje que se pagó por ese envite resultó ser una marginación imprevista de la historia, que decidió orillar esa apuesta por el embellecimiento de lo cotidiano, de lo inmediato: el escritorio, la pitillera, el biombo lacado, la cristalería, el vestido de fiesta, el sillón del hall. Manuel Fontán ha levantado una reivindiación (él prefiere la palabra «vindicación») en la Fundación Juan March de esta corriente apartada por los especialistas feroces del arte. Una narración de veinticinco años, desde 1910 a 1935, resumida en 350 piezas que dan cuenta de la pintura, el collage, las revistas, la orfebrería, la joyería, el adorno coyuntural, la cartelería que animó esas décadas hasta que el nazismo introdujo un vórtice de violencia en el centro de Europa. La intención, insiste Fontán, el comisario de la exposición, es mostrar la complejidad de este movimiento, limpiarlo de su etiqueta de «decorativo», y mostrar cómo incorporó las aportaciones de las nuevas tendencias, de los horizontes que abrieron Léger, Picasso, Delaunay, Gris.

Si el artista aspira a que una obra sea única, no comercial, obvia el sentido de lo decorativo y principia en la intención de acometer algo nuevo, de crear una realidad distinta, el Art Déco propuso todo lo contrario (y no se lo perdonaron), y abogó por el lujo y el detalle, se desprendió de la utopía, se introdujo en el mercado y se reprodujo de manera seriada para que pudiera ser adquirido por el ciudadano corriente, no sólo por la alta burguesía de monóculo y chistera. En estos quinquenios es donde nacen los interioristas, que ganan más dinero que los artistas de Montparnasse, los artesanos y los «couturiers» (Lanvin, Poiret, Jeanne Paquin) que sacuden los cánones de la moda con atrevidos escotes, con vestidos sin mangas que mostraban los brazos de aquellas Rita Hayworth. En las tiendas relucen, casi como apariciones religiosas, los maniquíes, ese revival de escaparate de las añejas Venus griegas y la desnudez femenina (que tanta influencia tendrían en los surrealistas, como Salvador Dalí).

Francia, la capital inevitable

El Art Déco, que tuvo su apogeo en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de París en 1925 –que contó con un recorrido de elegantes «boutiques», entre ellas, las Galerías Lafayette–, se convirtió en el último estilo transnacional, con capital en Francia, por supuesto. Y en un mundo que encaraba una irreversible globalización, la fascinación de lo primitivo, de la cultura exótica, dejaba su huella en ese nuevo gusto, que recogió la imagen africana (que ya dejó su eco en el cubismo y que esta muestra ilustra con un lienzo de Picasso anterior a «Las señoritas de Avignon» que presenta todas las características de este célebre lienzo, hoy en Nueva York), que es inmortalizado en paneles dorados con las figuras de Mowgly y sus amigos, que ilustra la fuerza que posee lo inconsciente a fuerza de máscaras de madera.

En esta tendencia participaron «ensembliers», pero también artistas, incluso esos que después renegaron del Art Déco enunciando lemas llamativos, como «menos es más». De hecho, entre las piezas expuestas, que van desde ilustraciones y pósters que avanzan las influencias que dejó el ballet ruso en esta propuesta artística, podemos encontrar a un Le Corbusier, que hace muñeca con dibujos decorativos. El Art Déco desafío la separación entre el arte y las Bellas Artes en un pulso, de antemano, desigual. Las vanguardias, que se pretendían rupturistas, acabaron musealizadas, y el Art Déco, diluyéndose en las nuevas formas que trajeron Charlotte Perriand o Eileen Grey.