Michael Findlay: «El arte no es un lujo»

El marchante, que ha cerrado ventas millonarias, defiende el peso de este mercado en la economía

Michael Findlay, ayer en Madrid
Michael Findlay, ayer en Madrid

Michael Findlay es memoria viva del SoHo neoyorquino. Allí comenzó su carrera en los 60, cuando las viejas fábricas del antiguo «Distrito del hierro fundido» iban dando paso a los «lofts» de los artistas bohemios, las galerías más punteras y los garitos de los «hipsters» originales. Desde aquellos primeros trabajos como galerista hasta su regreso como director de la potente Acquavella (de por medio, 20 años en la casa de subastas Christie’s), ha tenido tiempo de ver pasar mucho arte por sus manos, y en numerosas ocasiones, arte de récord, como el «Retrato del doctor Gachet», de Van Gogh, que vendió por 82,5 millones de dólares en 1990.

De toda aquella experiencia acumulada con todos los actores implicados en lo que comunmente llamamos «mercado del arte» (coleccionistas, artistas, gestores...), ha forjada la férrea convicción de que «el arte no es un lujo y, por tanto, los gobiernos no deben tratarlo como si así fuera, dedicándole sólo el dinero que les sobra; se trata, en cambio, de una inversión fundamental en la economía de una región».

Michael Findlay, que pronunció ayer una conferencia en CaixaForum Madrid dentro del Círculo Arte y Mecenazgo de «La Caixa», explicó a LA RAZÓN que la mejor demostración para avalar hasta qué punto el arte puede ser un «ecosistema sostenible» dentro de la estructura mercantil y empresarial de un país o una región, es el propio SoHo y Nueva York: «En los 60, se permitió a los jóvenes artistas que usaran espacios vacíos a rentas bajas. 20 años después, el SoHo ya era una zona cara y de moda, lo que no hubiera sido posible sin los artistas. A medida que iban teniendo éxito, sus obras y sus actividades se integraron en una economía en la que también están los museos, las casas de subastas, el turismo, las casas de envíos... Hoy en día numerosos turistas se sienten atraídos por estas zonas». A nivel histórico, París es el emblema: «Dalí, Picasso o Modigliani ya no viven allí como a principios del XX, pero la gente sigue yendo en busca de ese mito de Montparnasse».

Por tanto, defiende Findlay, un Gobierno no debe mirar al arte por encima del hombro y mucho menos pensar que la inversión es a fondo perdido: «En Estados Unidos se anima a que la gente done obras a fundaciones que apoyan artistas y esas donaciones se pueden deducir de los impuestos, como también se hace con las donaciones a museos. Eso supone una asistencia financiera indirecta muy importante que ha animado y alentado a la gente a apoyar el arte, alimentar museos y, a la vez, educar y atraer turistas».

A pesar de que ha manejado cifras de infarto en Christie’s, abjura de la cultura de grandes números que se ha establecido en el «mercado del arte»: «Hasta hace 20 años esa palabra no existía. Nadie hubiera entendido ese concepto. Pero en las últimas dos décadas todo se describe en términos de valor monetario. Pasa lo mismo con el cine o los libros, que sólo importa cuánto han recaudado o cuántos volúmenes se han vendido. La idea de que pueda haber grados de calidad u opiniones personales que no tienen nada que ver con el valor comercial, ya no existe. El arte se ha convertido en un producto. La mayoría de los coleccionistas en el mundo gastan 10.000 o 15.000 dólares en sus compras y lo hacen para disfrutar de la obra, no para especular. Pero eso no genera noticias y sí quien invierte millones de dolares en, por ejemplo, un Modigliani».