Carlos Saura: «No voto en los Goya porque no veo las películas»

Cannes y Berlín lo entronizaron como el cineasta español más prometedor en los 60 y 70. Vive apartado del bullicio de Madrid, en la sierra. Y sigue trabajando

Cannes y Berlín lo entronizaron. Opina en esta larga conversación el maestro que en España no se le valorado tanto como fuera. Y habla de cine, de la guerra, el nacionalismo, los toros y la omnipresencia de la gastronomía. Todo, un día después de los Goya.

A sus 85 años, mantiene un envidiable vigor creativo. En su casa de la sierra madrileña, junto a sus cuatro perros, el director de cine Carlos Saura pinta constantemente, retoca fotografías, ultima guiones y prepara su nueva novela. No se da un respiro. «He hecho 40 películas en mi vida, y me parece un milagro», afirma, pero lo suyo no es vivir de la renta.

–¿En qué momento se da uno cuenta de que se ha convertido en un «clásico»?

–Desde que tenía 4 años (risas). No, yo no creo en eso. Quienes se creen muy importante son unos imbéciles o están mal de la cabeza.



–Pero sí es cierto que usted es un referente y recibe muchos homenajes...

–Eso es ahora, pero hay que mirar hacia atrás, con ira o sin ira. Yo con ira, más bien. A mí me han dicho de todo: que era un imbécil, un retrógrado, que mi cine era una tontería, que estaba enclaustrado en mi mundo; los de la Escuela de Barcelona decían que hacía un cine mesetario... Ahora parece que he tenido una vida maravillosa, pero no es verdad, al menos en España. La gente dice: «Oh, qué bonita es “La prima Angélica”», pero el trabajo que costó hacerla... y estuvieron a punto de cortarla toda. O «El jardín de las delicias», que estuvo un año detenida. Y así todo. Cuando hicimos «La caza», que dicen que es mi mejor película, aunque yo no lo creo, estaba prácticamente prohibida. Salió de milagro porque había un falangista al que le gustó contra el voto negativo de todos. Con la primera copia que se pasó, se me acercó un crítico y me dijo: «Tú eres Saura, ¿no? ¡Vaya una mierda de película que has hecho!». Ése es el comienzo de mi carrera. A mí los críticos de este país me han denostado muchísimo y machacado, algunos no, pero pocos... Me han atacado con una dureza que no he entendido.

–¿Si no hubieran existido Francia y Alemania no hubiera alcanzado resonancia aquí?

–Seguro. Si a mí no me premian con «La caza» en Berlín, no hubiera aparecido. Gracias a eso seguí adelante, si no aquí nada. He ido a San Sebastián con cintas estupendas y ni han sido premiadas ni nada. En Cannes sí te respetan. Si no fuera por Francia, Alemania e Italia desde luego no hubiera hecho cine. Allí había otros criterios intelectuales. En España teníamos unos críticos ignorantes (otros no), nostálgicos de los años 30. Se dedicaron durante años a decir que Picasso pintaba como un niño y que era homosexual como Dalí y Lorca. Esto lo he leído yo. Unamuno decía que éste es un país cainita, y tiene algo de razón. Hay un proceso de destrucción del de al lado. Además, es un país que necesita la rivalidad de dos personas: Manolete y Arruza, Picasso y Miró; en mi caso, Almodóvar y Saura o Gutiérrez Aragón y Saura...


–Pero, ¿somos tan cainitas o nos gusta exagerar ese estereotipo?

–Lo somos menos ahora que antes porque España ha dado un cambio importante. Eso sí, ahora las personas son más egoístas y el dinero tiene más importancia que antes. Siempre ha sido fundamental, pero esa obsesión de ahora por un coche, un piso, comer bien... Esta cosa gastronómica no la entiendo, con los programas que hay de niños cocinando... Pobrecitos... Además que los torturan...

–O sea que, ¿ve la televisión?

–Un rato. Veo eso, por ejemplo, y me indigno, los niños allí llorando y cortando todo el rato, que no sé cómo no se cortan con los cuchillos... Es para hacer una película cruel.

–Una comedia negra...

–Negrísima, con niños cortándose dedos.

–Vayamos a las películas que sí ha hecho. ¿Cuál cree que es la más infravalorada?

–Hay varias. Así a bote pronto: «Dulces horas», «Buñuel y la mesa del Rey Salomón», «Stress es tres, tres»...

–¿Qué me dice de «Eldorado»? Le llovieron críticas y encima era la cinta más cara de la historia de España en esa época...

–No se vio bien esa película. No sé qué pasó. Yo la vi hace poco y me gustó mucho. Es muy fiel a la historia de Lope de Aguirre. Lo que pasa es que a los españoles les cuesta mucho verse a sí mismo como eran entonces.

–¿Hemos desaprovechado nuestra historia en el cine?

–Totalmente. Cuando yo hice «Eldorado», un académico me puso verde porque decía que cómo me atrevía a hablar de esta épica maravillosa de la España imperial... Muchos tienen miedo a la historia de la conquista porque está llena de nubarrones, aunque también de cosas maravillosas.

–¿Le molesta que se le valore especialmente por «La caza» y las películas de los 60 y 70?

–No, pero ya se pasarán a las otras...

–O sea, que hay un Saura por redescubrir.

–Sí, desde luego. Espero.

Entre tanto, volvamos a «La caza». ¿Sigue vigente el trasfondo de esta cinta?

–«La caza» es una metáfora, por lo que funciona hoy en día. Sigue habiendo problemas de corrupción, de odios escondidos que pueden saltar en un momento determinado... Aunque no la he vuelto a ver.

–¿No revisa su filmografía?

–Mi cine no me interesa, lo veo porque no tengo más remedio en homenajes... El otro día vi «Tango», que es estupenda.

–¿A qué cineasta español pondría en los altares?

–Yo en los altares no pondría a nadie. Si acaso a Buñuel, pero me molesta ese endiosamiento de su figura porque él no era así.

–Y luego, ¿Berlanga?

–Soy menos berlanguiano. Me gustan sus comienzos. Yo pondría a Víctor Erice, Almodóvar, Mario Camus, Gutiérrez Aragón...

–¿Recuerda la primera película que vio?

–«Blancanieves», creo, durante la guerra. Yo de niño me escapaba y le robaba dinero a mi padre para ir al cine. Veía todas las películas americanas; aquí las vimos antes que los de «Cahiers du cinéma». Ése es uno de los milagros españoles: que con Franco las grandes compañías de cine americanas pasaban todas las películas aquí. Había mucha miseria pero, eso sí, había películas. Aquí vimos todo eso antes que en Francia o en el resto de Europa: «Gilda», las de vaqueros, John Ford...

–¿La censura agudizó el ingenio de los cineastas de su generación?

–Habría que saber que podíamos haber hecho sin censura. A mí nunca me preocupó. Yo contaba la historia que quería y el que luchaba y sacaba adelante los proyectos era Elías Querejeta. Sólo recuerdo el caso de «Los golfos»: había un director general de Cine que llevaba un hábito morado religioso y fuimos Mario Camus y yo a verlo; nos tiró el guión y dijo «esto no se puede hacer»; protestamos, sacó una pistola, la puso encima de la mesa y dijo: «¿Que queréis que empecemos de nuevo a pegar tiros?». Y luego, curiosamente, esa película fue a Cannes porque el Festival exigió que no hubiera cintas elegidas a dedo por el régimen sino por los profesionales.

–¿Cuál es el mayor condicionante del cine actual en España?

–Ahora hay una especie de censura previa y hay que decirlo: la de las cadenas de televisión. Hay una serie de personas que eligen qué es lo que hay que hacer y si no pasas por ahí, nada. Se entiende como, pero eso afecta al cine.

–¿Son necesarias las ayudas públicas?

–Llevamos siglos con este tema, pero es un problema más general; tiene que ver con el concepto que tenemos de cultura, qué queremos hacer con ella y si el cine forma parte. Si es así, hay que ayudarlo. Fuera de España, lo que conocen más allá del Real Madrid y el Barcelona y las playas, es a Gaudí, Buñuel, Picasso... Es la demostración de que la cultura funciona, que no es capricho pintar o hacer cine, aunque la gente diga «éstos no dan ni golpe». Me parece lógico dar dinero, pero hay que preocuparse en pensar a quién lo damos porque a todo el mundo no puede ser...

–¿Cómo solucionamos la falta de interés por la cultura?

–Desde la educación. En Francia ves a los chicos jóvenes leyendo en el metro, aquí es rarísimo, van todos con su móvil.

–Antes citaba al Madrid. ¿Es futbolero?

–Me gusta verlo en televisión, no voy al campo desde que era joven. Me interesa el Madrid, pero si juega mal, lo quito. Es curioso porque durante el franquismo se decía que el fútbol era el opio del pueblo y que el régimen se sustentaba en él. Y resulta que ya no está Franco y aun vamos más al fútbol. El mundo necesita este tipo de espectáculo para liberarse del trabajo de cada día, gritar, cabrearse...

–¿Y los toros?

–Me gusta sólo cuando sale con esa potencia maravillosa y la parte del capote. Es genial, yo sólo haría eso... y luego al redil...

–¿Pero está a favor de prohibirlos?

–No, pero dejaría sólo el capote y que alarguen esa parte si quieren...

–Volvamos al cine. ¿Está al tanto de lo que se hace hoy en día?

–No demasiado, es imposible. La inflación es tremenda. Tendría que ver las de los Oscar (que me las mandan), las de la Academia europea y la española. Sólo con eso serían más de 80 películas. No tengo tiempo. Por eso no voto en los Goya, porque no las veo. Sólo cuando un amigo me recomienda mucho una. De este año he visto «Tarde para la ira». Y está muy bien.

–De hecho, el propio director, Raúl Arévalo, admite estar influido por su cine.

–Él es muy simpático y siempre me nombra, pero, sea o no referente mío, «Tarde para la ira» me parece novedosa, con su personalidad, diferente, joven, fuerte y potente. Me gusta. Me gustaría que fuera premiada por eso, porque es un ejemplo del cine que se puede hacer con relativamente pocos medios y con talento.

–¿Por qué sigue en la Academia si no ve las películas ni vota ni va por allí?

–Marcharme me parecería un acto de rebeldía, y no es eso. No tengo nada contra la Academia. Su finalidad es promocionar el cine español y si eso lo hace bien, genial.

–¿Sigue la gala de los Goya?

–He estado muchas veces, y en los Oscar. Aquello, lo de Hollywood, es un montaje muy bien hecho, con presiones de las «majors», y gente generalmente mayor o que ya no trabaja que son quienes votan, como en España. ¿Ven todas las películas? Imposible. Ven las que le aconsejan amigos, productores, actores... Evidentemente, películas gordas a nivel económico tienen más posibilidades de ganar, si son buenas, claro.

–¿Cree que habría que darle una vuelta al modelo?

–Yo propuse en la Academia europea, cuando estaba Bergman de presidente, que no hubiera premios, sólo uno, como un Nobel, al año, a un autor reconocido.

–O sea, algo así como sólo el Goya de Honor, en el caso de España.

–Sí. Yo lo propondría pero la gente quiere ver los efectos especiales, el maquillaje, etc... Lo compendo, pero son aburridas. Yo he estado en dos Oscar, con «Mamá cumple cien años» y «Carmen». Al entrar la televisión en juego se veía que era un espectáculo preparado.

–¿Le hubiera gustado ganar un Oscar?

–No me ha importado, aunque me hubiera ayudado, que es para la que sirve.

–En los Goya, aparte de «¡Ay, Carmela!» tampoco le han tratado muy bien...

–Es una cosa que no entiendo. Por ejemplo con películas como «Tango» o «Goya en Burdeos»... Hay muchas mías que han ido allí y nada. No todo el mundo piensa que yo sea un tipo importante. Muchos estarán pensando: «A ver cuando se muere este pesado y nos deja espacio» (risas).

–Hablemos de mujeres. Usted ha tenido muchas en su vida...

–Es mentira lo de muchas. He tenido cuatro y alguna aventura quizás. Tuve una relación fantástica con todas hasta que dejamos de tenerla y nos separamos. El amor maravilloso y romántico es una cosa y la convivencia, otra. Admiro a esos matrimonios que viven muchos años juntos sin insultarse.

–Su pareja más conocida también en lo laboral fue Geraldine Chaplin...

–Era una mujer muy inteligente y sensible. Aprendí mucho, no estaba sólo el hecho de relacionarme con su padre, en Suiza, siendo admitido como un miembro más de la familia.

–Considerando la «línea de su vida», ¿dónde situaría un momento álgido, decisivo?

–El que me ha marcado es la guerra, es inevitable. Yo era chiquitito y me acuerdo perfectamente de los bombardeos en Madrid. Mi padre era secretario del ministro de Finanzas y nos desplazamos a Valencia y a Barcelona con el gobierno republicano. Los bombardeos, los muertos, las canciones, el clima de terror, las ventanas empapeladas... Imborrable.

–Hace poco me decía usted que no veía tan raro que hubiese otra Guerra Civil.

–Yo diría más: tengo un presentimiento de que puede haber una guerra mundial dentro de un tiempo «x», se está poniendo la cosa muy fea. La española no la veo inminente pero podría ser.

–¿Lo de la guerra lo dice por Trump?

–Es un tema tan absurdo... no se entiende por qué el pueblo americano lo ha elegido. Es un provocador. Si de verdad América piensa eso, hay que prepararse para saber que América es eso y no lo sabíamos.

–¿Qué opina del separatismo catalán?

–Yo no soy nacionalista ni patriota, me gusta este país, pero todo se está exacerbando. Yo estoy por la independencia de Aragón y, dentro de eso, de Huesca (risas).

–Y usted que lleva tantos años analizando el folclore español, ¿no cree que se está usando para dividir a veces?

–En la música, no. La música unifica. Pero es cierto que en Cataluña han envenenado la situación algunos políticos catalanes. Cuando tienes poder es fácil manipular, y decir que «tenemos una cultura diferente, que somos la parte más rica de España, que si Madrid»... A mí eso de «Madrid» me indigna. Yo no soy madrileño, pero es un conjunto de personas de toda España. Estaría bien que el Gobierno se fuera a Barcelona, que se reunieran todos, con los portugueses incluso, y la capital pasara de Lisboa a Barcelona y luego Madrid...

–O sea que deberíamos reunificarnos...

–Yo abogo por eso, que ya lo decía Saramago. Claro que ellos son menos violentos...