David Lynch: Pintura en movimiento

Un documental, que se estrena el viernes, y un libro bucean en la mente y la obra del director a través de sus propias declaraciones

Un documental, que se estrena el viernes, y un libro bucean en la mente y la obra del director a través de sus propias declaraciones.

Sentado en una vieja silla de su estudio, dando largas caladas a un cigarro tras otro, con la mirada perdida, como si su cabeza fuera a más velocidad que sus palabras, el director habla sobre un momento extraño de su infancia en el inicio de la película «David Lynch: The Art Life». Cuenta que, de pequeño, vio cómo se acercaba tambaleando una mujer adulta completamente desnuda a la calle donde vivía. No sabía cómo había llegado allí, ni por qué emanaba algo parecido a sangre de su boca, pero sentía que era un elemento extraño dentro de la esfera de inocencia en la que se había criado gracias al esmero de sus padres. Quizá este momento fue el decisivo para cambiar su forma de ver el mundo y convertirse en el artista críptico y onírico que derrumbó las fronteras de lo realizable. O quizá ya estaba predestinado de nacimiento a transformar el cine y llevarlo a una nueva dimensión.

La inspiración

El periodista y realizador de programas de cine Dennis Lim destaca en su libro «David Lynch: el hombre de otro lugar» (Alpha Decay), que se publica ahora en España, que el primer punto de inflexión de la vida del autor sucedió en 1961. ¿Por qué? Con 15 años, un problemático Lynch conoció por medio de su novia de adolescencia a un chico, cuyo padre era artista: «Yo no sabía que se podía vivir de pintar –declara el cineasta–. Mi mente explotó en ese momento y le pedí a Toby que me presentara a su padre, necesitaba conocerlo». Keeler le regaló un libro titulado «El espíritu del arte», de Robert Henri, que sería su principal referencia en aquellos primeros pasos como creador. Lynch, como reflejan tanto el documental como el libro, acabaría llamando a su propio proceso mental «La vida del arte». Para el realizador, «las ideas son como peces que nadan en un estanque, ya están ahí antes de que llegues a ellas. Sólo hay que pescar la idea adecuada». Muchos años después explicaría su excepcional método creativo en «Atrapa el pez dorado», un ensayo que cualquier persona dedicado al arte debería memorizar.

¿Qué tiene que ver entonces –se preguntarán algunos lectores– la faceta artística de Lynch y sus primeros avances en la pintura con el director? La respuesta es simple: todo. El principal deseo del joven creador era poder trabajar como pintor a jornada completa, pero algo se cruzó en su camino de forma inesperada: el cine. «Descubrí que podía conseguir hacer películas que fueran como una pintura en movimiento», declara en «The art life».

Ése fue el segundo punto de inflexión para Lim en la vida de Lynch, que presentó en 1967 su primera obra de arte a través de un proyector de vídeo titulada «Seis hombres enfermos» en el concurso anual de la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania donde estudiaba. Por supuesto, ganó sin grandes problemas.

Su vocación cinéfila recién descubierta le llevaría a Los Ángeles, donde se instaló con su esposa y su hija para enfrascarse en su primer proyecto de largometraje, el clásico «Cabeza borradora» (1977). Aquella propuesta transgresora y rupturista le costaría su divorcio y la enemistad con gran parte de su familia y sus amigos, que vieron cómo se consumió durante cinco largos años viviendo sólo para trabajar y sacar adelante la película, que, al poco tiempo de estrenarse, se convirtió rápidamente en un estandarte del cine «underground». El ya por entonces conocido director e intérprete Mel Brooks también fue a verla, y quedó tan maravillado que convenció a Lynch para rodar la mágica y enigmática cinta «El hombre elefante» (1980), protagonizada por un jovencísmo Anthony Hopkins y un pletórico John Hurt en el papel protagonista. Este «biopic» sobre Joseph Merrick, un hombre con extrañas malformaciones físicas, acabaría de consagrarle como uno de los realizadores más grandes de su generación. Pero este filme demostró algo más: era una prueba, sobre todo para aquellos que le criticaron por su anterior largometraje por un director complejo, de muchas lecturas, que era capaz, al igual que otros cineastas coetáneos, de moverse a su antojo y con inapelable éxito en las aguas del cine comercial. Este filme fue respaldado de manera clara por la Academia de Hollywood, que la nominó para ocho Oscar. Lo más divertido es que Lynch debía sentir una clara cercanía con este hombre enfermo, vilipendiado en la sociedad de su época únicamente por su aspecto y no por lo que él era en el fondo. ¿Hace falta dar más explicaciones? El éxito se vio empañado por el batacazo en taquilla de «Dune» (1984), una cinta valiente, que adaptaba a la pantalla una obra literaria muy ambiciosa, casi imposible de llevar al cine. Quizá resultó demasiado sofisticada para los espectadores de entonces. Pasados unos años, ahora es un título imprescindible entre los amantes de la ciencia ficción. A continuación, eso sí, le llegó el éxito total: «Terciopelo azul» (1986), con una Isabelle Rosselini en estado de gracia, un Dennis Hopper resucitado y muy afortunado como psicópata y Kyle Maclachlan, que se convertiría en uno de sus actores fetiches. «Creo que cada vez que haces algo, como una pintura, traes cosas del pasado, puedes conjurar ideas y colorearlas, aunque sean nuevas ideas, el pasado las colorea», asegura en el documental. Pero la pregunta que busca el espectador que asiste a un pase de «The Art of Life» es ¿de qué pasado provienen las ideas de este cineasta? ¿Qué se mueve en su conciencia para haber creado una trama como la de «Terciopelo azul» que hizo que el público apretara estremecido los dientes?

Tanto el documental como este libro intenta ahondar en la psicología del director, llegar hasta el corazón mental de esta supernova cinematográfica. ¿Qué sombras perviven en su alma? ¿Qué hilos mueven su subsconciente para ver el sexo, el crimen, la violencia y el mundo en general desde un observatorio distinto al resto de mortales? Una prueba puede encontrarse en otros de sus provocadores inventos, algo que convirtió a sus admiradores, que ya eran millones, en personas obsesionadas con él. En 1992, David Lynch irrumpía en la televisión. En noviembre de ese año se publicó la siguiente noticia en los diarios: «Laura Palmer ha sido asesinada. Nadie sabe quién la mato». Fue el pistoletazo de salida de la serie «Twin Peaks» que, en nuestro país, mantuvo en vilo a una gran cantidad de espectadores. El primer episodio tuvo la impresionante cifra de 57,6% de share, con más de tres millones de seguidores. Como en sus películas, nunca desveló ningún cabo suelto de la trama y jamás le lograron sacar una sola palabra sobre quién era el asesino: «Nunca he creído que tenga que explicar nada sobre mis obras . No es necesario. Cada persona puede interpretar lo que quiera». Y la verdad es que es cierto. Las películas de Lynch son un catálogo de los problemas que le preocupan. Con acierto, pensaba que lo menos importante de un crimen en una pequeña ciudad es quién mató a esa chica. A veces, lo inquietante es lo que desencadena a su alrededor. Ahí es donde asoma la asombrosa inteligencia de este realizador. Ahora es posible que muchos de los misterios de la serie se solucionen el 21 de mayo, cuando la cadena norteamericana «Showtime» estrene la tercera temporada de «Twin Peaks» 25 años después del último episodio emitido.

Algo terrorífico

El –de momento– último paso de Lynch en el mundo del largometraje fue en 2006 con «Inland Empire». A pesar de contar con la estética y los modos de proceder de sus mejores obras, el gran público no llegó a conectar del todo con la mente del autor. La crítica en «The New York Times» la semana de su estreno arrancaba así: «Hay, en las películas, pocos sitios más terroríficos para pasar el tiempo que en la cabeza de David Lynch». El director, que siempre ha ido a contracorriente por su radicalismo asegura ahora que «el cine de autor ha muerto». Una afirmación controvertida, pero que él argumenta a partir de una experiencia propia: el fracaso de su película «Dune» (1984), que él nunca llegó a entender y que le hicieron entender enseguida qu para que un proyecto suyo viera la luz debía controlar totalmente todos los aspectos dque rodean una película, algo que ve claramente «imposible en esta industria hoy en día».

ENTRE CUADROS Y PARTITURAS

Pintura y música. Dos elementos que acompañan a Lynch (arriba, dos cuadros de su colección). Cualquier espectador de «Mulholland Drive» (2001) podrá evocar la escena en la que la cantante Rebeka del Rio interpreta «Llorando», versión en español del tema de Roy Orbison «Crying», subida a un escenario producto de un sueño.Para lograr la fusión perfecta entre música e imagen, ha sido fundamental el trabajo del compositor Angelo Baladamenti, que lleva acompañando al director desde «Terciopelo azul» (1986). La otra vertiente es la pintura. Lynch compone unas obras inquietantes, que le acercan de una manera clara al angustioso universo de Louise Bourgeois. En el documental se habla de los temores, dificultades que el director ha tenido que superar. Esta es la verdadera paleta de su obra pictórica. El color con el que empaña y teje sus cuadros.