«El hilo invisible»: Las costuras de la pasión

Paul Thomas Anderson. Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Leslie Manville. Estados Unidos, 2017. 130 minutos. .

Reynolds Woodcock tiene la costumbre de coser mensajes secretos en los dobladillos de sus suntuosos vestidos. Solo los ve el que conoce el truco, o el que tiene el privilegio, como el espectador, de que un plano detalle se los revele. Ese universo de sedas y encajes con sorpresa dentro funciona como perfecta metáfora de lo que Paul Thomas Anderson, hermano del alma de Woodcock, ha logrado hacer con «El hilo invisible»: una relectura postclásica de los melodramas psicológicos de la época dorada de Hollywood que esconde en su interior un caramelo envenenado, un perverso estudio sobre el «amour fou» que el Hitchcock de «Vértigo» y el Buñuel de «Tristana» habrían firmado encantados. «El hilo invisible» articula su discurso sobre el amor como peligrosa adicción en forma de pulso de miradas. Es en el mapa que construyen –a menudo una geografía triangular que Woodcock (Daniel Day Lewis, que deja caer las palabras como escarcha afilada), su hermana Cyril (perfecta Lesley Manville) y la nueva musa del diseñador, Alma (Vicky Krieps, gran descubrimiento), moldean en silencio en los confines de una casa que es taller y cárcel– que la película establece su juego sutilmente sadomasoquista. En teoría, Anderson baraja las mismas cartas que Hitchcock en películas como «Rebeca» o «Sospecha», aunque pronto descubriremos que utiliza personajes o estrategias narrativas similares para reinventarlos. Son las miradas, su dirección y su duración, pues, las que suturan, con la precisión de una aguja cosiendo un vestido de alta costura, la historia de amor entre un obseso del control que aprende a ser vulnerable comiéndose una tortilla –en una escena que se debate, magistralmente, entre el desafío y el sacrificio– y su creación pigmalionesca, que se revela contra su invisibilidad en un infierno de tafetán. «El hilo invisible» es el reverso oscuro de «Embriagado de amor» y la media naranja de «The Master». Cauteriza el exhibicionismo formal de la primera y rebaja la ampulosidad de la segunda para ofrecerse, calladamente, como la más bizarra de las tres, la que propone una colisión más frontal entre sus formas (clásicas, medidas, refinadas pero nunca anticuadas) y sus subtextos (sobre el amor, el poder, el arte, la dominación pero también la rebeldía, y los fantasmas que nos acechan en el delirio febril de la agonía). No habrán visto mejor película en 2017, y posiblemente tampoco la verán en 2018.