Cine

"Los muertos no mueren": Solo los zombis sobreviven

Dirección y guión: Jim Jarmusch. Intérpretes: Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Chloe Sevigny. Suecia-EE UU, 2019. Duración: 104 minutos. Comedia de terror.

Es fácil pensar en Jim Jarmusch como un taxidermista de los géneros. Les provoca una anemia hipertrófica, los somete a una cura de adelgazamiento y, de repente, aparecen como bellos fósiles que admirar, en la carne y en el hueso. A veces esa operación desemboca en una singular forma de poesía («Dead Man»), a veces en una reivindicación nostálgica «antimillennial» de un rockero enamorado de los vinilos («Solo los amantes sobreviven»), otras en el tributo a un código de honor común a su antihéroe idealizado («Ghost Dog»). Su acercamiento al cine de zombis es problemático, porque, ya desde el mismo título, se propone como una antinomia: si es cierto que los muertos no mueren, también lo es que sus zombis son antizombis. En apariencia cumplen con todos los requisitos del mito, pero lo que generan en el relato obedece a la lógica del estilo de Jarmusch, reacia a la tensión dramática, alérgica al estrés del contagio y el canibalismo. Así las cosas, su humor de cara de palo y su tendencia a la autonomía escénica, desconectada, no facilitan que el espectador sienta a los no-muertos como una amenaza, sino como depósitos de una metáfora de un mundo en extinción, que no sabe despegarse de los móviles ni siquiera con las vísceras colgando, y que no ha podido calibrar las consecuencias apocalípticas del cambio climático. Jarmusch no ha escondido su falta de interés por el cine de zombis, exceptuando su admiración por la dimensión política del cine de George A. Romero. Sintomático, pues, que su filme repita las teorías romerianas como si Jarmusch viviera en la burbuja de las reliquias, en un mundo tan anacrónico y atemporal como el pueblo de Centerville, suerte de réplica amable de Twin Peaks, en el que transcurre la acción. No se transmite, sin embargo, ninguna sensación de comunidad, porque cada personaje –en especial, el que encarna Tilda Swinton, dueña de una funeraria de marcado acento escocés y gran pericia con el sable– existe según su singularidad, como en una vieja película de catástrofes observada desde fuera por un demiurgo (Tom Waits) que sobrevive al desastre porque está en contacto con la Naturaleza.