«No quería retratar a Miles Davis sino que la película fuera él»

Don Cheadle, director, guionista y actor, homenajea a Miles Davis en un filme que le ha llevado diez años de preparativos y que nadie deseaba rodar en Hollywood. Un sincero tributo a la música y la vida del genio que se aleja de los habituales «biopics».

Don Cheadle, director, guionista y actor, homenajea a Miles Davis en un filme que le ha llevado diez años de preparativos y que nadie deseaba rodar en Hollywood. Un sincero tributo a la música y la vida del genio que se aleja de los habituales «biopics».

Don Cheadle fue Miles Davis antes de decidir serlo. Cuando el trompetista ingresó en el Rock and Roll Hall of Fame en 2006, fue Vince Wilburn, su sobrino, quien pidió un deseo a voz en grito. Un periodista le preguntó: «¿Existe el proyecto de rodar una película sobre la vida de su tío?», y él le contestó, rotundo: «Sí, y Don Cheadle va a ser el protagonista». La patata caliente estaba en campo contrario, aunque el actor de «Crash» no las tenía todas consigo: «Me reuní con la familia de Miles y me contaron algunas ideas que les rondaban por la cabeza, pero eran todas algo convencionales», explica Don Cheadle desde una suite del hotel Adlon durante la Berlinale, donde presentó «Miles Ahead» fuera de concurso. «No me apetecía volver a hacer un “biopic”. Es un género que ya había tocado en “Hotel Rwanda” y “Talk to Me”. ¿Para qué volver a él? Entonces les hice una contraoferta: ¿por qué no convertir parte de la vida de Miles en una película de gángsters? No se trataba tanto de ser fiel a la realidad como a la singularidad de su persona y de su música, y creía que ese género le venía como anillo al dedo». Cheadle no es ajeno al mundo de la música. En su adolescencia aprendió a tocar el saxo, y dicen que no se le daba mal. Era fan del saxofonista Cannonball Adderley, con quien había colaborado Miles Davis. Todos los caminos llevaban al genio: «Era uno de los músicos favoritos de mi padre. Me divertía poniendo sus álbumes en el tocadiscos a menos revoluciones para entender lo que estaba haciendo e intentar imitarlo. Estudiaba su música antes de soñar que un día iba a transformarme en él». Completó su improvisado máster en la carrera de Davis haciendo caso de los consejos que le dio Wynton Marsalis para «Miles Ahead», después de aprender a tocar la trompeta para interpretar a Sammy Davis, jr. en el telefilme de la HBO «The Rat Pack».

Si se le pregunta por su disco de Davis favorito, arruga el morro y empieza a recitar: «“Bitches Brew”, “In a Silent Way”, “Sketches of Spain”... Difícil quedarse con uno». Difícil quedarse con un solo Davis, que, en un alarde de falsa modestia, se vanagloriaba de haber cambiado el destino de la música cinco o seis veces. Del jazz puro de «A Kind of Blue» o de la ejemplar banda sonora de «Ascensor para el cadalso» hasta la fusión con el rock y la electrónica de «On the Corner», Davis concebía la música como un arte cubista, en permanente lucha con la tradición y su futuro imperfecto. Sus transgresiones, que se saldaron con largos periodos de sequía creativa, viajaban del terreno musical al personal y viceversa. Era lo que se dice un hombre difícil, de carácter impulsivo y violento, sobre todo con las mujeres. Sus problemas de salud –una voz quebrada y ronca por la extirpación de unos pólipos en la garganta, neumonías, diabetes, cojeras crónicas y adicciones a la heroína, la cocaína y el alcohol– no hicieron más que agriar su carácter.

Si se repasa su historial, la vida de Davis da para diez «biopics» de los que adora Hollywood, vertebrados por ese argumento universal, tan afín a los premios en la temporada de los Oscar, del «auge y caída». Pero Cheadle quería evitar las fórmulas, «no quería retratar a Miles Davis sino que la película fuera Miles Davis»; esto es, con sus altibajos, sus puntos de fuga, su violencia a flor de piel, su locura camaleónica. Cheadle no quería abusar de los típicos planos del músico tocando en conciertos, sudando cada nota, porque lo que le interesaba de verdad era «saber lo que le pasaba por la cabeza». Ese enfoque poco convencional le cerró las puertas de los grandes estudios, y los pequeños tampoco acababan de verlo claro. «Si no llega a ser por el “crowdfunding” y porque puse dinero de mi propio bolsillo, no sé si estaríamos teniendo esta conversación», bromea. En la industria del cine no hay garantías de nada, ni siquiera si te llamas Don Cheadle y has sido nominado al Oscar.

Primera obra

Lo cierto es que Cheadle intentó encontrar un director para «Miles Ahead», porque sabía que estar delante y detrás de la cámara, y con más razón tratándose de su ópera prima, iba a ser agotador. Pero no hubo manera de dar con alguien que se comprometiera como él con el proyecto, con el que lidió durante casi una década, y que además contara con el beneplácito de los herederos de Davis.

Que Ewan McGregor aceptara participar en él fue definitivo para completar la financiación. Moraleja: de algún modo, el diario de bitácora de la producción de «Miles Ahead» explica por qué buena parte de la comunidad afroamericana boicoteó los Oscar. «Se supone que Hollywood representa a nuestra comunidad, pero eso no es cierto. Cuando se toma la decisión de hacer una película, no me imagino a los ejecutivos encerrados en sus despachos, atusándose sus bigotes y diciendo: “Vamos a mantener fuera del negocio a los asiáticos, a los latinos y a los negros”. Pero es evidente que todos decidimos según nuestras preferencias, y quien dice preferencias, dice prejuicios», admite Cheadle. «Si yo tuviera la responsabilidad de dar luz verde a proyectos en Hollywood, muchos de ellos se parecerían a las películas que adoro. Es inevitable. Y si los directivos de los estudios son blancos, ¿qué puedes esperar?».