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«Operación U.N.C.L.E.»: Hombres armados

Dirección: Guy Ritchie. Guión: Guy Ritchie y Lionel Wigram. Intérpretes: Henry Cavill, Arnie Hammer, Alicia Vikander, Hugh Grant. Gran Bretaña, 2015. Duración: 116 min. Acción.

Si las primeras críticas anglosajonas han decidido que «Operación U.N.C.L.E» no está a la altura no de la serie que vagamente la inspira y de la que podría ser una suerte de precuela, «El agente de CIPOL», sino de las películas de espías de la era Bond, quizás es porque están mirando hacia el lado equivocado. Guy Ritchie nos da unas cuantas pistas que nos informan de que sus modelos están en los pastiches europeos –sobre todo italianos– de la época, que ponían el acento en los aspectos más delirantemente pop –Cruellas de Vil vestidas como vaporosas top-model, «muzak» transalpino, diálogos autoparódicos– que bebían en directo de la fuente de los «fumetti». El festival de pantallas partidas que dinamiza algunas de las secuencias de acción de «Operación U.N.C.L.E.» convierten a la película en una elegante –quizás demasiado– novela gráfica para conocedores y admiradores del «eurospy» más sesentero.

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Ritchie podría ser el director ideal del «remake» de «Modesty Blaise» si prestara más atención a sus personajes femeninos, que siempre cumplen con el papel de comparsa. Aún más que «Sherlock Holmes», «Operación U.N.C.L.E.» potencia el deseo homoerótico entre sus dos protagonistas, ofreciendo una insólita versión del deshielo de la Guerra Fría un cuarto de siglo antes de la caída del muro de Berlín. Si Napoleon Solo (Henry Cavill) es América (todo hay que decirlo, más británica que nunca: la versión corpulenta y halterofílica de Hugh Grant) y Kuriakin (Arnie Hammer) es Rusia (adusta, rígida, parca en palabras, siempre al borde de un ataque psicótico), la película es su conflictiva historia de amor.

Siendo pura testosterona, el cine de Guy Ritchie es el que cultiva más abiertamente el «bromance» sexualizado. En particular, la mejor escena de la película –aparte de un vigoroso arranque por las desiertas calles de Berlín este, una persecución filmada sin el habitual baile de san Vito típico de su autor– es el momento, canción italiana mediante, en la que Solo/Orfeo rescata de las aguas mortales a Kuriakin/Eurídice después de saborear una copa de Chianti mientras los villanos están, en el fondo del plano, cargándose a su amada némesis. Un arrebato entre poético y sarcástico, que podría haber rodado Blake Edwards y que pone de manifiesto la autoconciencia del enfoque homoerótico de Ritchie. Por lo demás, el director de «Snatch» ofrece un espectáculo de lo más burbujeante, típicamente veraniego: hueco por dentro, muy disfrutable por fuera.