«Como mujeres no nos reconocemos en este feminismo»

La periodista Rachel Donadio hace esta declaración en un artículo publicado en «Atlántic» en el que se pregunta si las cosas no están yendo demasiado lejos.

Aunque EE.UU. acostumbra a ensimismarse, tradicionalmente reactivo a las noticias que vienen de fuera, no ha dejado de resonar el manifiesto de las 100 artistas e intelectuales francesas que, capitaneadas por Catherine Deneuve, denuncian la campaña de #MeToo. Por represiva, histérica y puritana. Lo anuncia la revista «Atlantic», donde una redactora, Rachel Donadio, se pregunta si las cosas no están llendo un poco demasiado lejos. También reproduce párrafos como éste: «Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo, que va más allá de denunciar el abuso de poder y se ha convertido en odio hacia los hombres y la sexualidad». Unos que, como ella misma explica, serían difíciles de firmar sin jugársela en unos EE.UU. entregados a una cruzada rica en decibelios y emociones, y poco o nada partidaria de los matices. De la presunción de inocencia de los presuntos acosadores ni hablamos. No digamos ya de la tolerancia que generalmente exhiben ciertos sectores de la progresía intelectual hacia una religión, el Islam, que será muchas cosas, pero no, desde luego, baluarte de la liberación femenina.

Sentencia de muerte

«La violación es un crimen», han escrito Deneuve, Catherine Millet y otras distinguidas ciudadanas francesas, «pero tratar de seducir a alguien, incluso torpemente, no lo es. Tampoco ser galante es una agresión machista». De hablar al otro lado del Atlántico habrían firmado una sentencia de muerte. Al menos en unas redes sociales movilizadas en la caza de disidencias. Ahí está el caso de la escritora Daphne Merkin, que hace apenas una semana lamentaba en «The New York Times» la conversión de «un momento genuino de responsabilidad moral [por, entre otras cosas, el estallido del caso Harvey Weinstein, paradigma ya de la violencia sexual y el abuso de poder en la industria del cine] en una serie de acusaciones ad hoc y, a veces, ni siquiera probadas». No se trata, dice, de defender a tipos como Weinstein o Kevin Spacey, pero «casos como los de Garrison Keillor, Jonathan Schwartz, Ryan Lizza y Al Franken, en el que las acusaciones son dispersas, anónimas o, hasta donde sabemos, muy vagas, resultan preocupantes». Y todavía más alarmante le parece a Merkin «la vuelta de un un paradigma de víctimas para, en particular, las mujeres jóvenes, en particular, a las que se percibe tan frágiles como a las amas de casa victorianas». Pues bien, fue publicar esa pieza y ver cómo el público adoptaba dos posturas antagónicas. De un lado aquellas personas, incluidas mujeres, que en privado incluso hablan de «caza de brujas», como la propia Merkin dice en su artículo. Del otro las que la consideran poco menos que una colaboracionista con los verdugos y una reaccionaria al servicio del heteropatriarcado, los atropellos sexuales y el machismo.

En realidad se trata de una guerra que viene de lejos, instigada por quienes consideran imprescindible fortalecer ciertos códigos morales a fin de sanear el cuerpo social y evitar toda clase de abusos. En su celo hay quien, como Mia Merryl, ha pedido, más de 10.000 firmas mediante, la retirada de un cuadro de Balthus del museo Metropolitano, concretamente «Teresa soñando», por atentar contra la sensibilidad de los modernos espectadores. Le respondía en la revista Vulture el escritor Jerry Saltz, al recordarle que el sexo ha sido un territorio siempre disputado en el mundo del arte, para a continuación recordar las protestas contra artistas que van de Miguel Ángel a Modigliani, de Caravaggio y Bernini, de los impresionistas y los postimpresionistas, y de Picasso «al rap, el rock and roll, James Joyce, DH Lawrence, Henry Miller, Andrés Serrano o La Santa Virgen María de Chris Ofili».

Douglas y James Franco

Malos tiempos para la lírica. Por si acaso, si tienen en casa películas de Woody Allen o Roman Polanksi, libros de Céline o láminas de Balthus, procuren no desprenderse de ellos. Quién sabe si no volverán a reeditarse. O, ya puestos, las películas y series de James Franco, galardonado en los Globos de Oro y acusado en las últimas horas por hasta tres mujeres de haberse propasado con ellas, aunque una también haya confesado que tuvieron relaciones consentidas y otra haya pedido, explícitamente, que no le pregunten. O de un mito como Michael Douglas, que ante la posibilidad de que lo acusaran de haberse masturbado delante de una empleada hace 30 años, ha salido a los medios para negarlo. Ya se sabe que «excusatio non petita accusatio manifesta», pero el actor ha debido de pensar que más valía dar primero su versión de la historia que amenanecer mañana crucificado en un periódico o una revista.