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Cuba ya es gótica

La escritora Daína Chaviano reúne en su último libro una colección de relatos fantásticos desarrollados en el contexto de su país natal

La escritora Daína Chaviano reúne en su último libro una colección de relatos fantásticos desarrollados en el contexto de su país natal.

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En 1980, cuando la dictadura de Fidel Castro estaba en su apogeo, uno de los géneros predominantes de la literatura cubana era el «testimonio», puro realismo socialista que narraba la situación del campesino, el obrero o el miliciano. A Daína Chaviano (La Habana, 1957) nunca le gustó. Es más, lo rechazaba profundamente. Su rebeldía le llevó a apostar por un ámbito completamente diferente. Surgió un premio de literatura de ciencia ficción y se presentó con su primer libro. Desde entonces su crecimiento ha sido imparable, y está considerada por la crítica internacional como una de las tres autoras más importantes de literatura fantástica y de ciencia ficción en lengua española, junto a la argentina Angélica Gorodischer y la española Elia Barceló, la llamada «Trinidad femenina».

Galardonada en 1998 con el Premio Azorín de Novela por «El hombre, la hembra y el hambre», la escritora cubana presenta ahora «Extraños testimonios» (Huso), una colección de cuentos cortos impregnados de un estilo que la autora denomina «gótico caribeño». «Mi literatura es un poco rara, no creo por etiquetas, pero tuve que hacer esta clasificación porque me preguntaban qué eran mis cuentos. Hay elementos de ese género, criaturas vampíricas que entroncan con la mitología celta, pero a la misma vez son historias que ocurren bajo el sol en una escenografía diferente al entorno habitual», define Chaviano.

El libro, a pesar de publicarse ahora, es una de sus obras más antiguas, pues los escribó hace 25 años, el tiempo que llevan guardado en un cajón esperando a una oportunidad para ser rescatado. «Fue el último que yo terminé antes de salir de Cuba. Lo entregué a una editorial, pero como todos saben, el autor que se va de allí desaparece del planeta. Y mis textos se volatilizaron». Chaviano empezó de cero, en 1991, en Estados Unidos, e intentó publicar estos cuentos en diferentes editoriales norteamericanas, que los rechazaron porque solo querían novelas. Una frustración en su momento, pero una gran oportunidad para pulir su creación durante largos años, hasta no querer cambiar ni una sola coma en la actualidad. «Soy obsesiva trabajando la prosa y con este libro he tenido mucho tiempo para revisarlo. Es mi hijo más mimado».

Durante todo este tiempo escribir fue su cura, su forma de entender qué es el mundo y por qué suceden las cosas de una determinada manera, como reconoce en su relato «Discurso sobre el alma»: «Cada vez que empiezo a imaginar mi muerte, triste y solitaria como un páramo escocés, mi alma me da un par de bofetadas y me pone frente a mi escritorio para la terapia cotidiana». A una mujer que escribe de fantasmas también se le aparecen los suyos y por ello no paró de crear, desde el exilio, y siempre integrando elementos fantásticos, fuese novela histórica, cuento o poesía. «Como seres humanos, entre la educación que nos han dado y las convenciones que hay, nos han enseñado a ver la realidad de una manera, y la realidad se compone de muchos tipos de elementos. Por desgracia, se nos ha acostumbrado a ver que algunos pertenecen a la realidad y otros a lo fantástico, cuando no es así», asegura.

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La literatura de Daína Chaviano no es ciencia ficción o fantasía al estilo de «La guerra de las galaxias». Ella concibe historias sobrenaturales enmarcadas en el género gótico que tan bien representaron Edgar Allan Poe o Lovecraft, con los que es comparada habitualmente, que narran situaciones cotidianas de terror que les ocurren a individuos corrientes, que además tienen segundas o terceras lecturas de índole social o política, lo que ella denomina «literatura de cebolla».

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Del miedo al eros

Su último libro es el mejor ejemplo de ello. Dividido en «Sacrilegios nocturnos», donde predomina lo gótico, y «Prosas ardientes», en el que el elemento erótico es más esencial, cuenta con textos de muy diversa índole, en los que hay lugar para la crítica, como en «Estirpe maldita», que nos traslada a la situación de vigilancia mutua que viven sus compatriotas, historias basadas en hechos reales –aunque parezca mentira– como «Ciudad de oscuro rostro», denuncias al papel de la mujer-objeto en «La joya» o «Las amantes», y el conflicto del escritor ante la creación en «Había una vez» entre otros.

Todo ello en el contexto de su Cuba querida, siempre presente. «Extraños testimonios» es el último libro de una serie que finaliza aquí y que la autora denomina «La Habana oculta», porque trata de arrojar luz sobre la ciudad en la que nació y de que el lector comprenda cómo viven los cubanos. «Esto es un poco paradójico, porque cuando yo estaba allí, escribía ciencia ficción en regiones indeterminadas», reconoce. Aunque afirma que su literatura es universal y no regionalista, parece claro que el corazón y el amor por su país han guiado su obra hasta el momento.