«El cantor de México»: Almíbar en la Zarzuela

La obra contiene melodías agradables, fáciles, pero ninguna excepcional
La obra contiene melodías agradables, fáciles, pero ninguna excepcional

De Francis López. Rossy de Palma, José Luis Sola, Luis Álvarez, Sonia de Munck, Manel Esteve, César Sánchez, Maribel Salas, Nagore Navarro, Eduardo Carranza. Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela. : Emilio Sagi. Oliver Díaz. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 6 -10-2017.

En 2006, apenas iniciarse una nueva dirección en el Chatelet parisino, se repuso la opereta de Francis López escrita para gloria de Luis Mariano y estrenada en el mismo Chatelet en 1951. Tal fue su éxito que, en 1956, se llevó al cine. Pero no nos engañemos, si la obra triunfó fue por el tenor, porque hay muchas operetas francesas mejores. Cierto es que contiene melodías agradables, fáciles, pero ninguna excepcional, ni siquiera la más célebre de ellas a causa de los filados en falsete de Luis Mariano. La primera parte, aunque más larga, es más sólida que la segunda, donde se pierde ritmo y comprensión a pesar de un par de escenas –la Legión y el día de los muertos- que hacen las delicias del público. Son muchos los participantes en esta nueva producción de la Zarzuela con análogos cánones que la parisina del mismo Sagi, pero no llegarán a los casi 350 de su estreno inicial. Nadie se puede llevar a engaño, puesto que la producción constituye una muestra fidelísima de la personalidad escénica de Sagi, con sus virtudes y sus defectos incluida alguna morcilla innecesaria, y está muy bien ser fiel a uno mismo y mantener una personalidad. Al azúcar de la partitura se le une el almíbar de la escena. El público del estreno –Pedro Almodóvar, Bibiana Fernández, Manuel Banderas, Elena Benarroch, Paco León, Hiba Abouk, Ruggero Raimondi, la duquesa de Franco, la presidenta de Ocaso, autoridades, etc.– lo paladeó y hasta prorrumpió en una ovación cuando apareció el último cuadro de la primera parte. Los decorados, vestuario e iluminación son muy infrecuentes hoy día. Este «kitsch», todo hay que decirlo, se agradece por el estallido de color y luz en tiempos de escenas oscuras y entorno vital sombrío. Enrique Viana realizó una meritoria adaptación del texto francés al castellano.

Puede quedar la duda si hubiera sido mejor emplear megafonía, como suele ser habitual en los musicales –como realmente se calificaría hoy a esta opereta– y tal y como se realizó en el Chatelet. Obviamente se logra un mejor y más detallado trabajo con la orquesta –que, junto a los coros funciona muy bien bajo la espléndida y vital dirección de Oliver Díaz–, pero la zona central del canto se resiente. Luis Álvarez siempre supone un lujo, mientras que Manel Esteve y Sonia de Munck aportan su dominio canoro y Rossy de Palma sus dotes de actriz cómica. No lo tenía fácil José Luis Sola, pero logra ser el triunfador de la noche con una voz no destacable por su caudal pero con su buen gusto y una interpretación no muy lejana a la que conocemos discográficamente de Luis Mariano, con sus medias voces, falsetes y filados llevados al extremo en fiato impresionante ante la incredulidad de los asistentes. Al final, uno no puede menos que preguntarse: tras esta mediana opereta, por qué no un «West Side Story» en el año del centenario de Bernstein. Esta sí es una partitura.