El doble rasero de Ai Weiwei: defiende el «procés» pero critica el nacionalismo

Llama la atención que el artista chino defienda una causa como el «procés», cuando una parte sustancial de su obra ha estado dedicada a denunciar el nacionalismo

Ai Weiwei, considerado un referente ético a escala planetaria, se ha fotografiado junto a Puigdemont, a quien califica de «valiente líder»
Ai Weiwei, considerado un referente ético a escala planetaria, se ha fotografiado junto a Puigdemont, a quien califica de «valiente líder»

Llama la atención que el artista chino defienda una causa como el «procés», cuando una parte sustancial de su obra ha estado dedicada a denunciar el nacionalismo.

El problema del activismo es que, tarde o temprano, termina por perder la capacidad de discriminar, de diferenciar entre lo que es una víctima del autoritarismo y un delincuente que solo pretende imponer su autoridad. La reunión mantenida por el expresidente catalán, Carles Puigdemont, con el artista chino, Ai Weiwei, así como la consiguiente difusión por redes sociales de los documentos gráficos encargados de dar testimonio de ésta, constituye un perfecto ejemplo de hasta qué punto el activismo acaba reaccionando a titulares gruesos, y no a un análisis pormenorizado de cada situación.

Llama la atención, en este sentido, que un artista como Ai Weiwei defienda una causa como el «procés», cuando una parte sustancial de su obra ha estado dedicada a denunciar el nacionalismo sobre el que el régimen chino fundamenta su acción de lobotomía ideológica. Como ha evidenciado en no pocas piezas y performances, la política represiva que identifica a China es legitimada por sus gobernantes mediante una perversión de la identidad cultural que busca crear una sociedad lo más compacta y homogénea posible, con unos límites territoriales tan nítidos y bruscos que cuanto se extienda más allá de ellos sea considerado como una amenaza frente a la que solo queda defenderse. Resulta sorprendente que los conceptos esenciales sobre los que se apoya este análisis –autoritarismo, falta de libertad, manipulación de la identidad y xenofobia– puedan servir igualmente para explicar el discurso maestro encargado de hilvanar el «procés».

Que, en un caso, Ai Weiwei esté dispuesto a dar con sus huesos en la cárcel con tal de no desistir en su estrategia de denuncia del régimen chino, y, en otro, reconozca las aspiraciones independentistas del “procés”, supone una manifiesta contradicción que solo se explica por el hecho de que, en un determinado estado de ebriedad, el activismo considera por igual a todos cuantos se oponen al sistema –con independencia de cuáles sean sus motivaciones y los mecanismos empleados–. Para mayor perplejidad de quienes admiramos al artista chino, alarma la circunstancia de que, tras el reciente estreno de su monumental documental «Marea Humana», Ai Weiwei equipare –mediante su apoyo público– a Cataluña con otros zonas del planeta como Siria, la frontera de México y EE.UU, Afganistán, Líbano, Palestina o Birmania, asoladas por flujos migratorios de millones de personas que buscan un destino mejor. La credibilidad se gana únicamente a través del rigor. Y si Ai Weiwei pretende seguir siendo considerado un referente ético mundial debería matizar más sus análisis y no dejarse arrastrar por el barroquismo de la impostura victimista.