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El hombre que mató a Jimmy Hoffa

Jimmy Hoffa es el gran enigma americano. La persona más buscada aún junto con la aviadora Amelia Earhart. Desde que el corrupto líder del sindicato de camioneros desapareciera misteriosamente un 30 de julio de 1975, mucho se ha especulado sobre lo ocurrido ese día. La última vez que se le vio con vida fue en el estacionamiento de un restaurante llamado Machus Red Fox, situado en un suburbio de Detroit. Si alguien sabía algo de lo que sucedió ése era Frank Sheeran, conocido como «el irlandés». La voz de este último resuena en un libro, «Jimmy Hoffa. Caso cerrado», editado por Crítica, una obra que firma el abogado y escritor Charles Brandt. A primera vista podría parecer una nueva vuelta de tuerca sobre un tema que forma parte del imaginario estadounidense, pero probablemente el autor haya logrado el testimonio que cualquier reportero soñaría, el de Sheeran con un pie en la tumba. Cauteloso, pero sincero, no vaciló en explicarle todo lo que sabía antes de expirar el 14 de diciembre de 2003 tras cinco años de entrevistas con Brandt.

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«Jimmy Hoffa. Caso cerrado» se titula originalmente «I heard you paint houses», es decir: «He oído que pintas casas». Esas fueron las primeras palabras que Hoffa le dijo a Sheeran cuando se lo presentaron, una manera de confirmar si era verdad que se dedicaba a matar, salpicando las paredes con sangre. Cuando supo que sí, el sindicalista también quiso saber si era carpintero, es decir, si hacía ataúdes, si sabía hacer desaparecer cadáveres. De esta manera curiosa nació la amistad de dos hombres a los que el destino, en forma de crimen organizado, se encargaría de desmontar con consecuencias trágicas.

Hoffa se convirtió en una de las personalidades más controvertidas de la historia estadounidense en el siglo pasado. Entre 1957 y 1964 fue el todopoderoso presidente del sindicato de camioneros. Tras él tenía el respaldo de lo mejorcito de la mafia, la misma organización italoamericana que en 1975 empezaba a dar señales de nerviosismo. El Senado había empezado a investigar algunos de los pasajes más oscuros de la historia reciente del país, como operaciones de la CIA para acabar con Fidel Castro o los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King. A ella fueron llamadas a declarar figuras importantes del crimen organizado, pero que no llegaron a ponerse delante del micrófono de esos comités. Son los casos de Sam Giancana o Johnny Roselli, asesinados a pocas horas de hablar ante miembros del Senado. Hoffa, tras pasar una larga temporada en la cárcel por corrupción y gracias a un generoso indulto de Nixon, quiso recuperar la presidencia del sindicato y para eso estaba dispuesto incluso a tirar de la manta: debajo de ella se encontraba, según Sheeran, la participación mafiosa en el magnicidio de Dallas en 1963.

El seudónimo de Donnie Brasco

Brandt tiene tras de sí la experiencia de llevar varios interrogatorios importantes a nivel judicial, experiencia que le fue muy útil para lograr la confesión de «el irlandés». A ello se le suma un enorme conocimiento de todo lo referente al crimen organizado, un tema que abordó en profundidad cuando ayudó al agente infiltrado Joe Pistone en sus memorias sobre su labor bajo el seudónimo de Donnie Brasco. El principal mérito del autor de «Jimmy Hoffa. Caso cerrado» es el de haber logrado arrancarle una confesión completa a Sheeran sobre los sucesos que tuvieron lugar alrededor del 30 de julio de 1975, palabras que luego quedaron contrastadas gracias a la investigación forense que permitió corroborar la sinceridad de «el irlandés». Entre estas declaraciones destacan los recuerdos de Sheeran sobre la participación de la mafia en el asesinato de Dallas, la entrega de armas a los autores materiales del crimen o el papel en ese dramático episodio de personajes tan oscuros como Lee Harvey Oswald y Jack Ruby. Hoffa contó todo eso porque, como él mismo decía, «todo el mundo se echa atrás ante Hoffa. Tienen miedo por lo que yo sé». El sindicalista presumía de que si le podía pasar algo fuera de lo normal, se desataría «un auténtico infierno. Tengo más registros y listados de los que puedas imaginarte preparados para ser enviados a los medios de comunicación. En mi vida ya he tenido suficientes hijos de puta en los que pensé que se podía confiar. Lo que yo necesito es más gente como tú [en referencia a Sheeran]. Y ahora cuento con ellos. Ahora sé quiénes son mis amigos». Pero los amigos le fallaron, incluso los que parecían que le habían jurado fidelidad eterna. Ese es el caso de Sheeran quien fue uno de los actores principales en la desaparición de Hoffa. A «el irlandés» le encargaron que viajara a Detroit para «pintar una casa». Como le cuenta a Brandt en unas páginas que parecerían de lo mejor de la narrativa policiaca si no fuera porque son reales, no podía rechazar ese «trabajo». Una negativa suponía también la condena a muerte de Sheeran.

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A Hoffa lo invitaron a una reunión en un restaurante a las afueras de Detroit para hacer las paces con un gánster llamado Anthony Provenzano, conocido como «Tony Pro», uno de los capitanes de la familia Genovese de Nueva York. Provenzano nunca fue a la cita, pero sí Sheeran acompañado de otros oscuros personajes. Llevó a su amigo hasta una casa que, según «el irlandés», «era el sitio en el que a uno le gustaría ver crecer a sus hijos». La vivienda estaba vacía. «Cuando fue a coger el pomo, Jimmy Hoffa recibió dos disparos a una distancia decente (...) en la nuca, detrás de su oído derecho. Mi amigo no sufrió», comentó Sheeran. Posteriormente el FBI encontró un cabello de Hoffa en esa dirección tras el testimonio del «pintor».

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