El monolito de Tortosa no se toca

Los tortosinos lo han dejado claro en las urnas: sí al monumento en memoria de la segunda Batalla del Ebro. El 68% de los que acudieron a la votación para decidir el futuro de la escultura votaron a favor de mantenerla, en contra de la obligación de la Ley de Memoria Histórica de retirarla

Una imagen de la Batalla del Ebro de la Guerra Civil
Una imagen de la Batalla del Ebro de la Guerra Civil

Los tortosinos lo han dejado claro en las urnas: sí al monumento en memoria de la segunda Batalla del Ebro. El 68% de los que acudieron a la votación para decidir el futuro de la escultura votaron a favor de mantenerla, en contra de la obligación de la Ley de Memoria Histórica de retirarla

Los vecinos de Tortosa (Tarragona) votaron el pasado 28 de mayo que no querían la retirada del monumento en memoria de la Batalla del Ebro, a lo que les obliga la Ley de Memoria Histórica. La participación fue cercana al 30%, cifra superior a la de las elecciones europeas, y más del 68% votó por dejarlo como está. El alcalde convergente, Ferrán Bel, tuvo que defenderse de las críticas que lo llamaban «filofranquista» diciendo que el pueblo había votado y que el gasto de la operación iba a ser de medio millón de euros.

El monumento es el más grande que queda en Cataluña de los señalados como franquistas, perteneciente a la campaña propagandística de los «25 años de paz» que realizó el régimen en 1964. Dos años antes ya se había encargado el proyecto al escultor catalán Lluis María Saumells. El conjunto se terminó en noviembre del 64, y fue colocado donde estaba el antiguo puente de la Cinta de Tortosa, destruido por las milicias republicanas en su huida de la Batalla del Ebro, acontecida entre julio y octubre de 1938.

A esas alturas de la Guerra Civil, y tras la resistencia de Madrid, el Estado Mayor franquista había optado por una guerra de desgaste, y Juan Negrín, presidente de la República, decidió también prolongar el enfrentamiento bélico todo lo posible con el ánimo de que Francia y Gran Bretaña entraran a su favor. El Ejército del Ebro (republicano), compuesto por 100.000 hombres al mando de los comunistas Guilloto, Líster, Tagüeña y Vega, atravesó el río en la noche del 24 de julio del 38, y estableció una cabeza de puente mientras seguían pasando sus fuerzas. Una brigada lo hizo justamente por Tortosa. Azaña, unos días antes, había soltado aquello de «Paz, piedad y perdón», mientras Negrín, con quien estaba enfrentado, decía eso de «Resistir es vencer». El Ejército franquista estaba mandado por los generales Yagüe y García-Valiño, con cuerpos del Ejército marroquí, y del Maestrazgo, Navarra, Aragón y Urgel. La aviación franquista –unos 200 aparatos, frente a los 156 republicanos– destruía de día los puentes que cruzaban el Ebro, y de noche los zapadores del otro bando los reconstruían. Es más, los «nacionales» abrían las compuertas de presas y pantanos para provocar subidas artificiales del caudal, que se llevaban puentes, barcazas y pasarelas. En esa situación, el Ejército del Ebro, la élite militar republicana, quedó atrapada en una línea de treinta kilómetros, en la denominada «Terra Alta» de Cataluña, que cambió cuatro veces de mano durante la guerra y, por tanto, sufrió sucesivas y mutuas represiones. La gente de derechas huía para no ser asesinada por los de la FAI, estos para no serlo por los comunistas de Líster, que huyeron de los franquistas por el mismo motivo.

Franco desencadenó varias ofensivas con apoyo artillero y aéreo. La matanza en ambos bandos fue terrible. Los intentos de negociación para llegar a un alto el fuego, con mediación internacional, partieron de franquistas y republicanos. Sin embargo, a los tres meses, los defensores, las tropas del comunista Enrique Líster, se replegaron a las sierras de Cavalls y Pandols. La séptima ofensiva fue la definitiva, cuando la infantería de García-Valiño asaltó Cavalls en la madrugada del 30 de octubre. Los republicanos fueron replegándose y cruzaron el Ebro entre el 7 y el 15 de noviembre. La Batalla duró casi cuatro meses, con cien mil bajas entre ambos contendientes. La derrota fue decisiva para las fuerzas de la República. Casi nadie en el bando republicano, salvo Negrín, creyó que se podía seguir. Las tropas de Franco consiguieron entonces ocupar Cataluña sin apenas oposición, mientras el Gobierno republicano, las autoridades nacionalistas, y los temerosos de la represión cruzaron la frontera con Francia.

- Piezas perdidas

Veinticinco años después, sobre la base del antiguo puente de la Cinta, se erigió un monumento de 45 metros, sobre una pilastra, desde la que se alzan todavía dos puntas de hierro piramidales, una de ellas como guía a un soldado que la toca con el brazo derecho. En la otra punta hay un águila. Tras la muerte del dictador, el monumento ha ido perdiendo piezas. El Ayuntamiento quitó en 1980 una placa que ponía «Víctor», el anagrama de Franco, y que agarraba el águila, así como las letras que decían «Al Caudillo de la Cruzada de los 25 años de paz». En 2008, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, el Ayuntamiento retiró tres placas alusivas a la inauguración, datada en junio de 1966. Una entidad local, ya en 2010, pidió al Ayuntamiento de Tortosa que derribara el monumento, pero el alcalde de CiU se negó. Luego vino el grupo municipal de Iniciativa Per Catalunya y planteó una consulta popular, que no quisieron los demás. Vista la resistencia, la CUP hizo que prosperara una moción parlamentaria en 2016 que insta al Ayuntamiento de Tortosa a retirar «inmediatamente» el monumento. El Parlament, de paso, se comprometió a revisar las funciones del instituto oficial catalán «Memorial Democrático» según el «nuevo contexto político», pedir a la Fiscalía General del Estado que persiguiera a todos los que tuvieron cargo durante el franquismo, y a crear un «banco de ADN» para ampliar la información de las fosas.

La Ley de Memoria Histórica aprobada por el Gobierno de Zapatero en 2007 responde al deseo de crear una «verdad oficial» sobre el pasado que enlace con un discurso político presente. Es un conocido ardid en muchos países. Pero la memoria es individual y vivida, no colectiva ni histórica, como señalaba el reputado historiador Reinhart Koselleck. Es más; la memoria es selectiva, al decir del filósofo búlgaro Tzvetan Todorov, y, en consecuencia, cuando se diseña desde el poder es un mito; es decir, una mezcla de realidad y ficción, con una intencionalidad política. El objetivo de aquella Ley era desenterrar el guerracivilismo como clave de enganche de una izquierda en momentos bajos y, además, presentar la II República como referente histórico para deslegitimar la Transición y su pacto del olvido, vinculando de paso la Monarquía parlamentaria de la Constitución de 1978 con el franquismo. Era preciso reavivar el conflicto para mantener la identidad y la distancia con el Partido Popular. A esa «memoria» se han adherido historiadores que pretenden realizar una «función social» y recrear una nueva «verdad oficial» al viejo estilo izquierdista, lo que ha revivido los peores vicios de la historiografía española marxista de los 70 y 80. Además, ha servido para el surgimiento de asociaciones y personas atraídas por el aumento de las indemnizaciones económicas –que ya existían–, y el protagonismo político y social.

El monumento de Tortosa, a cuyo pie ya tan sólo se lee «A los combatientes que hallaron gloria en la Batalla del Ebro», se podrá derribar o esconder en un museo, pero la Historia no se puede cambiar. Por mucho que quieran los políticos.

Indulto patrimonial

El artículo 15º de la Ley de Memoria Histórica obliga a las Administraciones a retirar cualquier objeto o mención conmemorativa de la «sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura». Sin embargo, la Ley no tenía en cuenta el valor artístico o patrimonial de las obras. A toda prisa, y con mucha polémica, el Ministerio de Cultura «indultó» más de 300 «objetos franquistas» por considerarse «patrimonio». El monumento de Tortosa es obra de Lluís Saumells, reconocido escultor y pintor, que expuso en Europa y América. Su obra es patrimonial, aunque fuera franquista. J.V.