El poder a espaldas de Franco

El libro «Franquistas contra franquistas», de Joan Maria Thomàs, detalla las peleas por conseguir mando y autoridad entre las diferentes facciones que había dentro del régimen de la dictadura

El historiador Joan Maria Thomàs estudia en un libro las luchas que se desataron alrededor de Franco entre las diferentes facciones del régimen para acercarse a quien detentaba el mando

«Mucho más político y procura, sobre todo, no indisponerse con nadie, no perseguir a nadie... El Gobierno de Franco es de todos y de ninguno... El Caudillo juega con unos y con otros; nada promete en firme y con su habilidad desconcierta a todos. Él no es más que franquista y será el jefe del Estado hasta que muera», escribía una de las personas que mejor le conoció, su primo Francisco Franco Salgado-Araujo, que fue su ayudante de campo, secretario particular y confidente –«Mis conversaciones privadas con Franco» (Planeta 1976)–. Demostrando lo fundado de esta opinión, Joan María Thomás, acaba de poner en las librerías una interesante investigación sobre la primera época de La dictadura, «Franquistas contra franquistas. Luchas por el poder en la cúpula del régimen de Franco» (Debate, 2015). Parte de la acción transcurre en plena Guerra Civil, con el Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937, por el que el Generalísimo se apoderó de dos de las fuerzas que más se habían opuesto al Frente Popular y que con influencia y sangre se distinguían dentro de las filas sublevadas. La indignación que la pérdida de autonomía política supuso para la Falange Española de las JONS y para la Comunión Tradicionalista (carlistas) sólo es comparable a la que ambas fuerzas, tan diferentes en sus planteamientos ideológicos y en sus intereses políticos, sintieron al quedar encerradas en el mismo saco y bajo la directa autoridad de Franco, al que le costó poco hacerse con las riendas del conglomerado, rebautizado con el nombre de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Por un lado, tanto falangistas como Tradicionalistas estaban descabezados. José Antonio Primo de Rivera había sido ejecutado por la República en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936 y Franco –según demostró Ángel Viñas– que pudo intentar salvarlo mediante un canje o colaborando con los proyectos alemanes de rescate, no movió un dedo. ¿Por qué? Porque vivo se hubiera convertido en un competidor y en un problema, muerto le sería muy útil. Julio Gil Pecharromán lo deja claro: «El franquismo se apropió de su figura con avidez, necesitado co-mo estaba de referentes atractivos y de justificaciones doctrinales» –«José Antonio Primo de Rivera, retrato de un visionario», (Temas de hoy, 1996)–.

Paso de buey, ojo de halcón

E, igualmente, se había ocupado de arrumbar al representante personal en España del pretendiente carlista, Manuel Fal Conde, que ejercía como secretario general de la Comunión Tradicionalista. Sus servicios a la sublevación fueron bien recibidos mientras movió los resortes para conseguir tropas abnegadas, con gran coherencia ideológica, para luchar contra la República. Pero Fal Conde se convirtió en un problema cuando trató de que sus carlistas se convirtieran en una fuerza autónoma, con sus propios cuadros formados en una academia tradicionalista. Fal Conde fue puesto ante la alternativa de un Consejo de Guerra o el exilio. Naturalmente, se fue a Lisboa.

José Antonio Girón, uno de los hombres más significados de la nueva Falange y de los Gobiernos de Franco (ministro de Trabajo 1941 a 1957) tenía una definición zoomórfica para Franco: «El paso de buey, la vista de halcón, el diente de lobo y el hacerse el bobo», con la que aludía al paso lento y seguro con el que el general tomaba decisiones; su vista larga, es decir, su capacidad para prever situaciones; su dureza o, incluso, ferocidad cuando creía que eso era lo que más le convenía y, finalmente, el disimulo tras el que ocultaba lo que realmente pretendía.

Por eso se hizo el «tonto» ante las pretensiones de falangistas y carlistas hasta que tuvo firmemente en sus manos las riendas del poder militar y civil y la iniciativa en la marcha de la guerra. Su «vista» le franqueaba la decisión, pues unos y otros habían perdido a sus líderes carismáticos; y dio el paso firme de la unificación, enseñando el «diente» cuando algunos falangistas, encabezados por Manuel Hedilla, rechazaron el Decreto: los detuvo, juzgó y, condenó a muerte a cuatro y mando a prisión al resto. La pena capital fue conmutada por la cárcel, que terminó en 1941. La maniobra le dio a Franco un hermoso fruto: falangistas y carlistas, sobrecogidos, aceptaron lo inevitable y Franco manejó a ambos grupos, con pocos sobresaltos, hasta su muerte.

Aquellas medidas mantuvieron tranquilo el gallinero franquista hasta 1941 cuando Alemania parecía ganar la Segunda Guerra Mundial. La situación envalentonaba a los falangistas, cuyas simpatías hacia el Eje Berlín-Roma eran indisimulables. Los más significados presionaban a Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco, ministro de Exteriores y el hombre más poderoso del país tras el dictador, para que le pidiera el poder político, de modo que, al socaire de las relaciones con Roma y Berlín, pudieran fascistizar España y terminar con el conservadurismo, lo mismo que se había vencido al marxismo. De la crisis que tal idea suscitó fue víctima Gerardo Salvador Merino, delegado nacional de Sindicatos y hombre vinculado a Serrano. Laín Entralgo, que vivió aquellos sucesos, escribió de él que era «fuerte, flexible y astuto en el ejercicio del poder (...) y muy consciente del papel del proletariado en la dinámica política y muy resuelto a democratizar rápidamente la organización sindical (...) demasiadas cosas para no concitar entorno a su persona la envidia... y el temor...» –(«Descargo de conciencia, 1930-1960» (Alianza).

Salvador Merino, acusado de haber pertenecido a la masonería, fue juzgado, encarcelado y, al final, desterrado. Serrano lo dejó caer, Franco enseñó «el diente», los falangistas dejaron sus intereses para mejor ocasión y los carlistas, amenazados por aquellos y la «modernización» del sindicalista, amainaron. Los documentos aportado por Thomás en su mencionada obra aclara pormenores de la crisis de mayo de 1941, entre otros la probable falsedad de la acusación y la concatenación de intereses que le convirtieron en chivo expiatorio.

La bomba de Begoña

Más conocida fue la crisis interna del Régimen del 16 de agosto de 1942. Aquella mañana dominical, en la bilbaína basílica de Begoña, se celebraba una misa por los caídos del Tercio de Requetés de Nuestra señora de Begoña durante la guerra civil. Presidía el acto el ministro del Ejército, teniente general y doble laureado Enrique Varela Iglesias, cuyas ideas monárquicas y simpatías tradicionalistas eran bien conocidas. Como en cada anual celebración el templo estaba abarrotado por excombatientes y familiares de los muertos. Fuera, en la explanada que se abre ante la basílica, se con-gregaban, también, varios centenares de carlistas, con boinas rojas y las tradicionales camisas blancas, sin las camisas azules del uniforme unificado.

Finalizada la misa, los carlistas enarbolaron sus pancartas alusivas a sus ideas: «¡Viva al Rey!» «¡Viva España!», «¡Viva Fal Conde!», «¡Fal Conde, al poder!» Y recibieron a los que salían con gritos como similares a tales consignas y otros que proclamaban: «¡Queremos una regencia legitimista!», «¡Mueran los traidores!». Al parecer, nada nuevo respecto a anteriores celebraciones, cuyos participantes se dispersaban luego para irse a tomar vinos.

El problema es que durante la misa habían llegado dos coches procedentes de Madrid y Valladolid, con seis falangistas y dos chóferes, que respondieron a las consignas requetés con gritos de «¡Viva Franco!» y «¡Arriba España!» De inmediato se organizó una pelea a puñetazos que implicó a varios falangistas, a cuyos gritos acudieron los restantes. Alguien empuñó una pistola aunque no se escucharon sus disparos, pero la confusa trifulca, que no duró más de cinco minutos, cambió radicalmente cuando se escuchó la potente deflagración de una bomba de mano.

Apagado el eco de la explosión, sólo quedaron los gritos de los heridos esparcidos por la explanada y las carreras de los requetés que persiguieron a los falangistas, entregándolos a la policía. Como estos aún dispusieran de cierta libertad, pudieron deshacerse de ocho o diez bombas de mano, que arrojaron a la Ría, aunque entre sus pertenencias aparecieron varias pistolas.

Provocación sangrienta

Detenidos, fichados y reconocidos, se les instruyó causa sumarísima, determinándose que había sido el falangista Juan Domínguez, quien lanzó la bomba. Una de las cosas que estaba por dilucidar y que no pudo aclararse es si se trató de un atentado contra Varela, si contra el Ejército o si había sido una provocación sangrienta que quedó en tono menor al haberse lanzado dos bombas de las cuales sólo estalló una, que hirió a 71 personas en su mayoría con carácter leve. Pero, por la cantidad de bombas y pistolas que llevaban, está claro que hubieran podido producir una matanza. Varela reclamó a Franco mano dura: «Han intentado matarme y les ha faltado poco para conseguirlo». Franco, de vacaciones en Galicia, le respondió haciéndose el «bobo»: «Que se haga todo dentro de la mayor equidad, porque ya tratándose de una provocación las cosas varían». Los ministros falangistas, Serrano, Girón y Arrese trataron de sacar del atolladero a sus correligionarios, mientras que los carlistas o simpatizantes como Varela, Bilbao (Justicia) Galarza (Gobernación), o Antonio Iturmendi (subsecretario de la Gobernación), pidieron severidad.

El Consejo de Guerra, celebrado una semana después de los hechos, condenó a muerte a dos falangistas y dictó penas de prisión para el resto; al final, a uno de los condenados, caballero mutilado, se le conmutó la pena capital mientras que Domínguez, que había lanzado la bomba, fue ejecutado el 3 de septiembre. Pero Franco quiso ejemplarizar el hecho y prolongó sus medidas: aceptó la dimisión de un Varela indignado y destituyó a Serrano Suñer –uno por bando–; destituyó a Galarza, simpatizante de Varela y Esteban Bilbao, aquel, un monárquico de Don Juan y éste, un tradicionalista. Todo muy equitativo.

Lo que inició el principio del fin

Antes de su muerte, Serrano Suñer (1901-2003), el cuñadísimo, declaraba al periodista Alfredo Amestoy: «Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez ni para mantener el poder. En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, en seguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández-Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ése fue el principio del fin. El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos el 29 de agosto y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera dignamente licenciada».

FALANGISTAS

1- Ramón Serrano Suñer. Llamado «El cuñadísimo», durante un tiempo uno de los hombres más poderosos del entorno de Franco. Ocupó las carteras de Interior, Gobernación y Exteriores.

2- Fernández-Cuesta. Desempeñó diversos puestos en la Administración franquista. Fue miembro de la Falange Española desde su fundación.

3- José Luis Arrese. Fue uno de los principales teóricos del nacionalsindicalismo y el primer hombre en estar al frente del Ministerio de Vivienda en España.

4- José Antonio Girón. Hombre de gran trayectoria política, llegó a tener la cartera del Ministerio de Trabajo entre 1941 y 1957. Fue miembro del Consejo del Reino.

TRADICIONALISTAS

1- Esteban de Bilbao. Carlista, a lo largo de su carrera desempeñó varios trabajos. Fue político, periodista y escritor. Llegó a ser ministro de Justicia.

2- José Enrique Varela. Militar de gran prestigio en su momento, fue capitán general del Ejército y ministro de Ejército. Fue condecorado en varias ocasiones.

3- Conde de Rodezno. Se formó en los principios del tradicionalismo carlista. También fue nombrado caballero de la Orden de Malta.

4- Antonio Iturmendi. Presidió las Cortes españolas. Con anterioridad también desempeñó el cargo de ministro de Justicia. En su juventud se formó en las ideas carlistas.