El poder tiene género femenino

Discretas y poderosas, las mujeres han marcado la vida pública de las naciones desde el mundo antiguo. Ellas formaron, junto a sus parejas, uniones legendarias que han trascendido su época y que han convertido también en legendarias sus uniones

Nefertiti y Akenatón

Discretas y poderosas, las mujeres han marcado la vida pública de las naciones desde el mundo antiguo. Ellas formaron, junto a sus parejas, uniones legendarias que han trascendido su época y que han convertido también en legendarias sus uniones

Es un lugar común que la mujer en la historia –y más aun en la historia antigua– ha sido poco más que una sombra detrás del gran escenario de los generales, los emperadores y los reyes. Pero hay ocasiones en que esa sombra perfila con matices insospechados una gran personalidad que llega a marcar los sucesos históricos de un determinado momento y un lugar clave. Especial relevancia tienen a lo largo de la historia las parejas de gobernantes que cuentan con un pilar femenino inolvidable e influyente y que hacen de la mujer una figura imprescindible. Cuando últimamente saltó al debate público la noticia de una colección de juguetes de la marca Playmobil que presentaba un recorrido por la historia de la humanidad para el uso infantil sin incluir a ninguna mujer, los colectivos feministas y los historiadores especializados en aspectos de género protestaron vivamente. Decían que no se puede entender la historia universal sin la mujer. Si esto es claro en la historia cultural, de las ideas y de las mentalidades –desde las mujeres del paleolítico, sacerdotisas del próximo oriente y diosas griegas hasta Safo o Hipatia de Alejandría–, otro tanto ocurre en la historia evenemencial más tradicional. Sólo hay que esbozar en un par de pinceladas algunas de las parejas más ilustres y célebres de la historia política del mundo antiguo. Un primer caso es la pareja formada por Akenatón y Nefertiti, que ha devenido, sobre todo desde el hallazgo en Amarna de su célebre busto que se guarda en el Neues Museum berlinés, un polo de atracción casi irresistible para los estudiosos y aficionados que aman el antiguo Egipto. El largo cuello de la reina egipcia y su delicada cabeza de porte casi feérico se combina bien con la imagen misteriosa de su marido Amenofis IV, más conocido como Akenatón, que proclamó a Atón como única divinidad en una reforma que suele ser considerada el primer monoteísmo de la historia. La pareja real tuvo en su momento una gran relevancia en la transformación de la figura del gobernante en un mediador con lo divino, y tendría otras interesantes influencias, pese a que fue una experiencia que no llegó a cuajar ni sobrevivió a su fundador. Otro tanto ocurre con la figura de Aspasia de Mileto, la conocida cortesana y amante de Pericles, en la época en que la ciudad griega, en pleno siglo V a.C., concentraba en torno a su famosa ciudadela toda la gloria política, artística e intelectual del mundo antiguo. Paradójicamente, no sabemos mucho de ella, más allá del rumor y del rico anecdotario que compilaron algunos autores griegos.

Inteligencia femenina

Se suele fechar el comienzo de su relación con Pericles alrededor del año 445 a.C., cuando el político ya estaba casado con Hipónice y tenía dos hijos. Tras pedir el divorcio –su mujer pasó a vivir con otro hombre– Pericles habría empezado a convivir con Aspasia, que le dio un tercer hijo. Cuenta Plutarco que el estratego ateniense se enamoró de Aspasia más por su talla intelectual que por sus encantos físicos, pues en su casa se reunían conocidos filósofos, artistas, poetas y médicos para tener el placer de debatir con ella. En las obras de los discípulos de Sócrates se describe este ambiente intelectual con gran vivacidad. La mala fama de Aspasia se debe acaso a su posible influencia en la política de su tiempo. Se rumoreaba que la expedición a Samos que causó la chispa de la Guerra del Peloponeso fue ordenada por Pericles, según Plutarco, para complacer a su Aspasia, que «tanto arte y poder tuvo para tener bajo su mando a los hombres de más autoridad en el gobierno».

En tercer lugar, el caso de Cleopatra y Marco Antonio fue clave en vísperas del mayor cambio político que tuvo lugar en la Roma antigua. La última reina lágida de Egipto, Cleopatra VII, jugó peligrosamente con la política interior y exterior romana del momento y sedujo a sus dos hombres fuertes en los estertores de la República, que coincidían con un periodo de guerras civiles romanas y con la definitiva expansión de su Estado a potencia universal única. Tras la guerra civil que lo enfrentó a Pompeyo, que fue asesinado en Egipto, César apoyó a Cleopatra frente a su rival en el trono egipcio y, enamorado de ella, recibió su influencia y le dio un hijo. A la muerte de César, con la nueva guerra civil que se desató, Marco Antonio llamó a la reina en su ayuda y se prendó de ella en su encuentro en Tarso, quedándose luego Egipto. Antonio tuvo que casarse por un pacto de Estado con la hermana de Octavio, pero su amor por Cleopatra –que le dio tres hijos– acabó por precipitar el conflicto con aquél. La propaganda octaviana contra Cleopatra la acusaba de haber corrompido a estos nobles romanos con sus costumbres orientales y disolutas. Las hostilidades desembocaron en la famosa batalla de Actium (31 a.C.), en la que Octavio prevaleció. Antonio y Cleopatra se refugiaron en Alejandría donde, asediados por Octavio, terminaron por suicidarse en un dramático episodio que cuenta, entre otros, Plutarco, privando al futuro Augusto de un triunfo más sonado.

Otra mujer clave de la historia fue Livia, esposa de Augusto, que inaugura una larga tradición de mujeres poderosas en el trono imperial. Intrigantes, seductoras, inteligentes e inolvidables figuras entre las bambalinas del duradero poder imperial romano, no podemos evitar también un recuerdo a Mesalina, Agripina, Julia Domna, Helena o Gala Placidia, que encarnaron diversos vicios o virtudes; o, más allá, en Bizancio, a Teodora, esposa del gran Justiniano, una mujer que comenzó como bailarina del circo y prostituta y llegó a dominar el mundo a través de su marido. Justiniano era un títere, como le retrata el malévolo Procopio, en una corte dominada por la mujer del general Belisario, Antonina, otra ex prostituta y favorita de Teodora.

En Bizancio habrá mujeres de gran poder en el trono, como Irene, que asumió el poder en solitario entre 797 y 802, prefiriendo titularse, en masculino, Basileus (en vez de Basilissa). Y muchas más, pero, en todo caso, resulta obvio a estas alturas que no se puede entender la historia –antigua en este caso– sin estas mujeres que formaron las más célebres parejas que refiere la historiografía y recrean las fuentes con sugestivos matices.

Él gobierna, pero ella marca el camino

Más allá del mundo antiguo, se puede recorrer en un hilo histórico apasionante la sucesión de parejas formadas por un gobernante y una mujer de gran influencia pública. En la Edad Media se puede citar a Leonor de Aquitania, que por matrimonio llegaría a ser reina consorte de Francia y luego reina consorte de Inglaterra, junto a Enrique II, que inaugura en el siglo XII la dinastía de los Plantagenet. Inolvidable es también la peripecia vital de nuestra Juana La Loca y su matrimonio con Felipe el Hermoso: su supuesta enfermedad mental la convirtió desde el romanticismo en arquetipo de mujer apasionada y celosa. Otras parejas célebres de la historia (sin entrar en el carácter realmente único de nuestros Reyes Católicos), con mujeres que han hecho época, son las formadas por Enrique II de Francia y Catalina de Médici, Enrique VIII y Ana Bolena (entre otras, claro), María Estuardo y Francisco I, Carlos IX e Isabel de Austria, Luis XVI y María Antonieta, Napoleón y Josefina, Napoleón III y Eugenia de Montijo o, más recientemente, J.F. Kennedy y Jacqueline. En todos estos casos, y muchos más, la presencia femenina ha marcado la historia de manera indeleble. Es imposible agotar la nómina de reinas y emperatrices poderosas, excéntricas, fascinantes, desdichadas y singulares, que debería incluir sin duda también a Isabel de Inglaterra, la emperatriz Sissi, Cristina de Suecia, Victoria de Inglaterra o Alejandra Romanov.