El tenor que cantaba con un clavo doblado

La viuda de Pavarotti, Nicoletta Mantovani, recuerda al artista, de cuya muerte se cumplen diez años; Decca ha editado por este motivo un impresionante álbum

Según Nicoletta Mantovani, «a Luciano le gustaba disfrutar de la vida, era un hombre optimista siempre»
Según Nicoletta Mantovani, «a Luciano le gustaba disfrutar de la vida, era un hombre optimista siempre»

La viuda de Pavarotti, Nicoletta Mantovani, recuerda al artista, de cuya muerte se cumplen diez años; Decca ha editado por este motivo un impresionante álbum.

Cada vez que Luciano Pavarotti debutaba en un teatro de ópera elegía un título que decía que le daba suerte, «La bohème». Con ella pisó por primera vez un escenario lírico el 29 de abril de 1961. Tenía 25 años y fue el del Teatro Municipal Reggio Emilia. Llevó siempre pegado a la piel el papel de Rodolfo. Así lo cuenta en el álbum (2 DVD y un documental) que ha editado Decca con motivo del décimo aniversario de la muerte del tenor, un trabajo que reúne, entre otros materiales, la primera «Bohème» del tenor o el apoteósico concierto que ofreció en el Liceo en 1989 y acabó con todo el público puesto en pie. Por este motivo hablamos con su viuda, Nicoletta Mantovani, que está en Roma. A ella esta década se le ha hecho demasiado larga. «Son muchísimos años sin él, aunque para mí es como si hubiera fallecido ayer. Todo el dolor que siento y la emoción son muy fuertes», asegura, y comenta que ha creado una fundación para conseguir que los jóvenes pueden hacerse una carrera dentro del mundo de la ópera y para que se recuerde su figura. «En la casa donde nació hemos creado un museo. Las habitaciones, el color de las paredes..., todo habla de él. Quienes se acerquen podrán sentir la emoción de poder casi verlo. Él era lindísimo», repetirá varias veces a lo largo de la charla.

Una boda sonada

Ella llegó a la vida del tenor cuando Luciano era ya Pavarotti, el inmenso tenor del pañuelo capaz de poner al público en pie. Mantovani era una joven de veintipocos a la que cautivaron «las ganas de vivir que siempre tenía. Su sonrisa y la luz de sus ojos. La alegría que irradiaba. En sus brazos me sentía como en el paraíso, protegida...», recuerda al tiempo que ríe. Le define como «una persona sencilla. No resultaba complicado ser su esposa. Era natural de Módena y el haber nacido en el campo jamás le abandonó. Vivía la vida con optimismo. Junto a Luciano ‘‘you feel great’’, sentías la felicidad», comenta. ¿Era un padre cariñoso? «Muchísimo, con todas sus hijas. A la pequeña siempre le cantaba nanas. Les gustaba pintar juntos», recuerda su viuda.

A su lado recorrió los teatros de ópera más importantes del mundo. A su lado, también, fue Rodolfo, Tonio, Cavaradossi, Nemorino... y Luciano. «Me enseñó a querer la ópera. Él siempre decía que quien no la amaba es porque no la conocía. Y yo me considero un ejemplo. No me interesaba, no me gustaba, no disfrutaba escuchando ópera porque no la había escuchado tranquilamente. Después fue otra cosa», señala. Su unión (se casaron en 2003 tras el divorcio del tenor de su primera esposa) armó un enorme revuelo mediático: él era un archifamosísimo tenor de 67 años y ella no llegaba a los treinta. Se entendieron, no importaba la diferencia de edad de 33 años Tuvieron dos hijos gemelos, el niño murió al nacer y el artista se consagró a su familia y su trabajo. «Le gustaba disfrutar de la vida, de la comida, de la bebida, de todo en general», y se ríe como si le diera cierto pudor explicar cuánto cabe dentro de ese «todo en general». Dice Mantovani que cuando las luces del teatro se apagaban su esposo llegaba a firmar autógrafos durante más de una hora. «Adoraba estar con sus amigos, las partidas de cartas, prepararles una buena comida, reírse con sus historias. Siempre encontraba una excusa para celebrar. ‘‘Hoy he cantado bien, pero mañana lo haré mejor’’, se decía en una clara competencia consigo mismo. No quiso malgastar ni un solo segundo de su vida. A los 12 años permaneció cinco días en coma y aquel episodio le marcó. Se propuso no perder el tiempo, exprimirlo». ¿Tenía alguna manía? «¿Me pregunta si era supersticioso?», interroga con voz dulce Mantovani: «Siempre buscaba un clavo doblado antes de empezar a cantar. Decía que le daba buena suerte. No soportaba el color violeta. Significaba según él mal fario para el teatro».

¿Cómo era esa generación de cantantes a la que perteneció Pavarotti? «Cuando Luciano, Plácido (Domingo), José (Carreras) y tantos otros empezaron las cosas eran bien diferentes. La generación anterior, de Di Stefano, Corelli, Del Monaco seguía en activo, por tanto eran muchos y muy grandes a los que tenían enfrente y había que trabajar duro para ganarse una posición. Hoy los jóvenes cantan todo y la voz, si no la cuidas, se puede romper. La disciplina es distinta. Ahora necesitan sacar tiempo para cantar y bailar. Antes el cantante se dedicaba solo a cantar y hoy la cosa es bien distinta».

Al final de los ochenta las críticas sobre la ubicuidad de Pavarotti, su exposición mediática permanente, sus colaboraciones con grandes estrellas del pop y el rock en detrimento de la lírica no gustaron demasiado a los puristas: ¿Fue víctima de su propio éxito? «El siempre tuvo en la cabeza lo que quería cantar y cómo debía llevar su carrera. Sabía que para que la ópera llegara a la mayor cantidad de público había que hacer cosas diferentes que no siempre fueron bien entendidas, como cantar en Central Park, en Verona o las Termas de Caracalla. Nunca expuso su voz porque sentía un profundo respeto por ella. No cantó, quizá, demasiadas óperas, pero se dio en todas aquellas que interpretó», contesta Nicoletta Mantovani, quien confiesa que habla con su esposo todos los días: «Pienso en lo que él querría que hiciera. Cuando me surge un problema trato de pensar en cómo lo solucionaría Luciano. Es tan importante lo que me ha enseñado. Si le tuviera delante ahora mismo le diría dos palabras: Te quiero».