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El Thyssen secreto

En el 25 aniversario de la pinacoteca, su director artístico, Guillermo Solana, nos guía a través de las joyas de la colección que pasan desapercibidas, revela algunas de sus inquietudes sobre el museo y el deseo de que este otoño se cierre un acuerdo por diez años sobre la colección de la baronesa

  • El Thyssen secreto

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08 de octubre de 2017. 00:20h

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8/10/2017

Todos los museos tienen sus estandartes, esos cuadros, convertidos tantas veces en hitos, o incluso en mitos en muchas ocasiones, que son los que articulan la colección, atraen a los visitantes y convierten la institución en una referencia. El Museo Thyssen es conocido por el «Retrato de Giovanna Tornabuoni», de Ghirlandaio; «Santa Catalina», de Caravaggio o «Caballero en un paisaje», de Carpaccio (ahora una investigación reciente ha propuesto para el desconocido personaje de este óleo una identidad, que hasta hoy permanecía siendo un misterio). Pero detrás de las principales obras maestras de una pinacoteca existe otra galería paralela de grandes genios y piezas excepcionales que suelen pasar desapercibidas para el público. Coincidiendo con el 25 aniversario de este museo, que se cumple este fin de semana, su director artístico, Guillermo Solana, subraya una serie de pinturas de una cualidad excepcional en las que no suele repararse, como «Cristo y la samaritana», de Duccio di Buoninsegna, un artista de Siena, el equivalente a lo que sería Giotto en Florencia. «Es una tabla que suele pasar inadvertida, pero que es de una calidad inmensa y posee un elevado valor artístico. Se trata de un fragmento de la “predella” del retablo de la “Maestá” en Siena, que se descuartizó parcialmente en algún momento. Esos trozos acabaron en el mercado y este fue el último que permaneció en manos privadas. Es una pintura extraordinariamente importante, pero en la que nadie suele fijarse porque no es uno de los iconos de los museos».

Más espacio para el museo

Guillermo Solana hace balance de estos años, de los horizontes y retos que aguardan más adelante, y que, como asegura, «solo depende de la ambición que se tenga. Si me pregunta, le diré que me gustaría conseguir más espacio. El espacio es el bien más escaso del museo, pero soy consciente de que esto es una quimera. Estamos en el centro de Madrid, donde el suelo es extraordinariamente caro. Es casi utópico. No sé si habrá alguna vez un gobierno te pueda comprar la manzana: es casi un ideal», comenta.

Bramantino, en realidad, se llamaba Bartolomeo Suardi, y es un artista que se mueve en las coordenadas de lo desconocido con una de esas biografías perfilada por los claroscuros. El Thyssen cuenta, probablemente, con una de sus telas más reconocidas, «Cristo resucitado», pero que, en ocasiones, no acaba por detener la mirada de los espectadores que pasean por las salas. «Es una obra que impacta. La figura de Cristo es casi de tamaño natural y son muy pocos los que saben quién era él. No es una celebridad, realmente, aunque es una figura clave del Renacimiento del norte de Italia», explica Solana, quien está convencido de que este otoño será un momento clave para la colección. «Se necesita una situación estable para la de Carmen Thyssen. Ya está al alcance, como se dijo antes del verano, y creo que será un acuerdo por diez años que dejará a la baronesa y la fundación muy contentos. Pero antes de que se acabe el 2017, en noviembre o diciembre, este asunto se solucionará». Y añade un dato importante: «Esto es bueno porque no solo se evitarían ventas, las tendríamos expuestas y nos permitiría prestarlas para muestras en otras instituciones. El poder del intercambio es esencial para los museos, que funcionan como intercambiadores en un mercado global. Otro museo es tu socio en la medida de que tiene una colección interesante. El dinero, a este nivel expositivo, no funciona mucho, generalmente. Los museos obtienen préstamos por las buenas relaciones que son capaces de mantener».

La tercera tela que menciona Solana es de Rembrandt, uno de sus famosos autorretratos, un óleo que no ha pasado tan desapercibido pero que se merece más atención. «No suele estar entre nuestros iconos, incluso fue rechazado en su momento, pero después el comité de estudios ha aceptado que es un Rembrandt». Solana, de momento, no ve inminente la venta de ningún otro cuadro de la colección de Carmen Thyssen: «Podemos sentir una venta, pero también debemos tener en cuenta que si ella vende un cuadro es porque es suyo y tiene todo el derecho del mundo. Cuando salió el Constable, lo sentimos, ya digo, pero la salida de un cuadro, cuando tienes expuestos un millar , no tiene que suponer un impacto grave». Por este motivo sus preocupaciones discurren por unas aristas distintas: «Lo he dicho en repetidas ocasiones: debemos replantearnos la colección, repensarla, pero hay que hacerlo con sumo cuidado, porque está, en su 90 por ciento, colgada y el propio museo está diseñado para acoger la colección. Corres el riesgo de poner todo patas arriba y que la solución no termine de gustar a nadie».

A pesar de estos riesgos, Solana defiende esta propuesta y explica la razón: «A excepción de la sección más moderna del Thyssen, en que sí hemos procedido a hacer cambios, en el resto está tal cual. Tendría interés repensar el conjunto, contando con el patronato, porque los museos que no cambian de vez en cuando la colección suelen quedarse anquilosados. Tiene que modificarse y alterarse con el ritmo de los tiempos, sobre todo nosotros, que no adquirimos obra. La manera de modificar la colección es cómo instalarla». Para eso, Solana ya cuenta con una idea: «Una fórmula sería revisar las salas dándole un planteamiento temático, por género, dedicando, por ejemplo, una sección al protagonismo de la mujer en la historia de la pintura y la vida privada. Esto podría contribuir a ver el museo de otra manera y atraer al público».

el público y las muestras

En la sección más moderna de la colección hay un cuadro vertical, una escena del siglo XIX firmado por Courbet y al que suele dedicarse poco tiempo. «El arroyo Bréme» es para Solana «uno de los mejores paisajes que conserva el Thyssen y del que no se habla demasiado. La gente no suele acordarse de él». Uno de los grandes problemas de los museos actuales es el gusto del público, que parece haber cambiado: «Hay dificultades para que acuda a las exposiciones de arte antiguo, sobre todo. Tengo la sensación de que este arte declina y de que las exposiciones únicamente funcionan cuando se trata de nombres indiscutibless». Quizá por eso, en su última obra por descubrir señala a Joseph Cornell, «un artista americano, un surrealista aislado del que casi nadie sabe nada, pero que aquellos que lo conocen lo adoran».

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