Emociones esdrújulas

Cada época tiene sus Bisbales, sus Bustamantes, sus Melendis. Para aquellos cuya infancia haya discurrido en los 70, Camilo Sesto sería la representación emblemática de los cantantes melódicos que triunfaron a principios de esa década. Todas las mozas casaderas nacidas entre 1952 y 1959 necesitaban canciones románticas para alimentar los transistores y tocadiscos portátiles que iluminaban su salida de la pubertad. Las discográficas se lanzaron a fichar chicos guapos que supieran cantar: Camilo Sesto, Juan Bau, Miguel Gallardo, Lorenzo Santamaría, etc. Muchos, paradójicamente, procedían de grupos regionales de pop y rock de la anterior década. Ese fue el caso de Lorenzo Santamaría –de los mallorquines Zeta 77– o de Camilo Sesto, cantante en origen del grupo alcoyano Los Dayson. Sus canciones fueron la banda sonora de los patios interiores. Esas galerías a donde daban todos los dormitorios de las muchachas de la época, mostraban sus anhelos sonoros en forma de historias melodramáticas cantadas por Camilo alargando agónicamente las notas. Por sus huecos sonaba constantemente alguna de sus canciones que ascendía empujada por la efervescencia de los estrógenos, la oxitocina y el resto de las segregaciones hormonales de las fans. Bajo el mandato de ese mercado concreto, varios cantantes delimitaron todo un género de canción peripatética que no era nuevo, pero que llevaron en muchos casos hasta su máximo extremo. En la cima del grupo de quienes se lanzaron entregadamente a esa práctica, desprendiéndose de complejos, estaba Camilo. Sus canciones eran lamentos doloridos que se extendían en detalles y no acababan nunca: autocompasivas, con sinuosidades melódicas y gritos doloridos. Constituían la cara oscura, el opuesto de las vitales canciones de Nino Bravo, el pionero de ese mercado que, al desaparecer muy pronto, dejó abierta la carrera sucesoria. Si el trono lo ocupó finalmente Camilo Sesto no fue solo porque fuera el más guapo sino porque era el más atrevido a la hora de histrionizar los asuntos del corazón. No dudaba en convertir en esdrújula la palabra «melancolía» (y dejarlo grabado) si eso le resultaba útil para gritar su desgarro.

Si usted es de aquellos a los que –como decía Muñoz Seca– lo esdrújulo no le resulta simpático, hay que avisarle antes de que se acerque a las canciones de Camilo Sesto. Todo el imaginario amoroso de sus canciones es esdrújulo: trata de lo dramático, lo drástico, lo trágico, lo patético, lo romántico. Esa sacralización de las pasiones terminó desbordando su mercado natural de jovencitas con acné y siendo recogido por parte del posterior mundo gay. Podríamos preguntarnos si fue sencillamente un fenómeno de fans personal que se fue alargando mal que bien hasta su muerte, o aportó algo a la historia ibérica del pop.

Para valorarlo deberíamos fijarnos en que, cuando su carrera empezó a perder brillo, fue sustituido por melódicos más «crooner» y menos exaltados, como Julio Iglesias, y por los grupos de rock que llegamos entonces con otros textos e inquietudes. Pero esa línea de canciones desgarradas, de sentimientos desbordados y dicción ampulosa y engolada, es una tradición que fluye subterránea por toda la música popular española posterior a 1950. Una tradición autóctona que, cada equis tiempo, emerge como un Guadiana. Al fin y al cabo, lo que hacían los contemporáneos de Camilo Sesto era poner al día ese legado que ya había empezado una década atrás con el niño de Linares. Y, teniendo en cuenta el revival popular que han tenido las canciones de Raphael aconsejaría no menospreciar en absoluto la importancia entre la gente de esa eterna línea subterránea.