España anima a Kapuscinski

Raúl de la Fuente presenta en Cannes el filme animado hispano-polaco «Un día más con vida», que sigue el rastro del mítico reportero durante su etapa en la guerra de Angola en los años 70.ñ

Raúl de la Fuente presenta en Cannes el filme animado hispano-polaco «Un día más con vida», que sigue el rastro del mítico reportero durante su etapa en la guerra de Angola en los años 70.ñ

Tal vez sea el momento de reivindicar la obra de Ryszard Kapuscinski, ahora que la velocidad impuesta por el periodismo digital parece reñida con la investigación inmersiva de un corresponsal de guerra de la vieja escuela. Es lo que hace, con uñas y dientes, «Un día más con vida», que, proyectada fuera de concurso, explica la experiencia del reportero polaco en el conflicto de Angola que resucitó el espíritu de la guerra fría –y la batalla por la hegemonía del poder en África en tiempos post-colonialistas– en pos del control de los beneficios que generaba el petróleo y la minería diamantina.

«Kapuscinski era un hombre justo que luchó por la verdad», cuenta el español Raúl de la Fuente, co-director del filme junto al polaco Damien Nenow. «Practicaba un auténtico periodismo intencional, quería cambiar el mundo. Solo tenía una misión: dar voz a los que no la tienen». El objetivo de tan original experimento es «convertir al espectador en copiloto del viaje que emprende Kapuscinski, dar cuenta del sinsentido de la guerra, homenajear a los civiles masacrados en el conflicto».

Un héroe sin mácula

De las palabras de De La Fuente se deduce que la película, que está inspirada en el libro favorito del periodista, de igual título que la cinta, presenta a Kapuscinski como un héroe sin mácula, el hombre honesto que, en una de espías, salvaría el pellejo de los lugareños en un escenario de fuegos cruzados. Es el peor defecto del filme, el hecho de describirlo como un arquetipo sin sombras, un Indiana Jones del teletipo, cuya heroicidad se contagia a decisiones formales –banda sonora y montaje típicos del género de acción– un tanto discutibles.

La singularidad de «Un día más con vida» radica en su combinación de animación y documental, que, según sus autores, replica «el realismo poético» de los escritos de Kapuscinski. La referencia de «Vals con Bashir» es obvia, aunque aquí el contrapunto de las imágenes reales –con fotos de archivo y entrevistas actuales con algunos de los que compartieron la experiencia con el periodista– está más presente. El contraste es productivo, no solo desde la atractiva colisión estética de estilos –la animación tiene un aroma rotoscópico– sino porque, poniendo en relación lo real y lo épico, se justifican los excesos de la aventura de Kapuscinski, como si esta tuviera más que ver con la dimensión hiperbólica de la memoria y los sueños que con el registro de los hechos tal y como ocurrieron.

A concurso, el chino Jia Zhang-ke volvía a pisar terreno conocido con «Ash is the Purest White». Literalmente: según confiesa, la película responde a la necesidad de completar el arco romántico de las protagonistas de «Unknown Pleasures» y «Naturaleza muerta». Es decir, si en esos filmes el discurso sobre las mutaciones socioeconómicas de la China capitalista estaban en primer plano, si el paisaje en ruinas de una estructura social en demolición lo devoraba todo, ahora es la historia de una mujer que sacrifica toda su vida por amor la que toma protagonismo. La película se ofrece al espectador como contraplano de las primeras obras de Zhang-ke, adoptando la estructura tripartita (en capítulos, en texturas de imagen) de «Más allá de las montañas».

Algo no funciona, sin embargo, cuando el filme –que es, también, un generoso «showcase» para la musa y esposa del director, Zhao Tao– provoca más tedio que emoción. Por mucho que su retrato de los bajos fondos de la China del 2001 tenga una cierta fuerza, y que el periplo de su heroína mizoguchiana, sobre todo cuando sale de la cárcel dispuesta a reinventarse a toda costa, sea precioso, la película parece desplomarse cuando tiene que responder a sus exigencias más melodramáticas, con su protagonista masculino en el lodazal y su sufriente amante intentando rescatarle. Es entonces cuando la operación completista de Zhang-ke se vuelve redundante, y el ensimismamiento de la película, un tanto autoindulgente, apunta al agotamiento de un discurso que, con urgencia, necesita nuevos caminos que explorar de cara al futuro.