Espido Freire: «Hace cincuenta años me habrían llamado solterona»

Su libro «Llamadme Alejandra» (Planeta), la última zarina de Rusia, le acaba de hacer merecedora del Premio Azorín.

Su libro «Llamadme Alejandra» (Planeta), la última zarina de Rusia, le acaba de hacer merecedora del Premio Azorín.

Espido Freire es mágica. Y no sólo como escritora. Su apariencia decimonónica, con esos ojos inmensos de niña asustada y una cierta languidez en su rostro palidísimo y en sus movimientos mesurados que contrasta con sus sólidos argumentos, su carácter disciplinado y su capacidad para atravesar distintos mundos como si perteneciera a todos. Es líder entre los jóvenes, los que no lo son tanto, entre los modernos, entre los clásicos... Tiene ese no sé qué, imposible de explicar, que la acerca a todos y que va más allá de sus letras precisas y preciosas que, en esta ocasión, le acaban de hacer merecedora del Premio Azorín. Su novela «Llamadme Alejandra» (Planeta), donde repasa la vida de Alejandra Romanova, la última zarina de Rusia, contada desde la propia perspectiva de esta mujer de origen alemán a cuya familia, el zar Nicolás II y sus cinco hijos, siempre acompañó la tragedia, está cautivando a toda suerte de lectores.

No es raro. La historia es fascinante, pero más por cómo la cuenta la propia Espido, que siempre estuvo obsesionada con ella. «Para mí era clave que la voz de Alejandra sonara auténtica. No como la voz de Espido, sino como la de Alejandra contándonos su historia. Elegí este personaje por simpatía personal. No es que ella fuera la mujer más amable, guapa o cercana, pero sí alguien que me miró desde la fotografía de un diccionario cuando yo era niña y estaba buscando información», recuerda Freire. «Cuando me encontré con su fotografía, con el niño en los brazos, ella me pareció también una niña, tal vez por sus bucles. Me fijé en su nombre y en que era zarina (no sabía lo que significaba, ni tampoco que hubiera muerto fusilada). Y no hace falta decirte la impresión que me causó saber que había una princesa llena de perlas a la que habían matado. ¡El día de mi cumpleaños! Me abrió un mundo», afirma.

Adoración y después, odio

Un mundo que Espido no pudo olvidar y que fue agrandando hasta que se decidió a sacar el alma de Alejandra entre sus renglones. Un alma muy desconocida, por otra parte, pese a todo lo que se ha escrito sobre ella. «Es por la manera en la que se han contado las historias de mujeres hasta ahora. Y en el caso de Alejandra, que perteneció a una familia que estuvo bajo observación desde el momento en el que nació, y mucho más cuando se convirtió en zarina, ha hecho que ella siga siendo una gran desconocida, una mujer más observada desde el testimonio de fuera que desde dentro. Y, desde fuera, desde el punto de vista del pueblo que primero la acogió bajo sospecha y que luego la adoró tras ser madre del zarevich, pero que más tarde volvió a odiarla por extranjera y traidora, se la veía bella, esbelta y con unas niñas cada vez más bonitas según iban creciendo, pero siempre muy triste y melancólica. Psicológicamente era una mujer muy compleja. No particularmente inteligente o grandiosa, pero con una voluntad férrea de intentar hacer siempre lo mejor, que me ha enseñado que hacer las cosas bien no significa que te vayan a salir bien», asegura la autora.

Le digo que, al menos, aunque fuera con la desgracia acechando, vivió con su amor, ese hombre débil que eligió y junto al que se convirtió en zarina, aunque podía haber sido reina de Inglaterra. «A su marido lo quiso desde que lo conoció, siendo ella una niña y él un adolescente. El suyo fue un amor de los que perduran hasta la muerte. Y no hay tantos ejemplos en la historia de matrimonios bien avenidos y amores afortunados, me temo. Hubo un momento en el que su abuela, la reina Victoria, que tenía muchos nietos pero sentía debilidad por Alix (luego Alejandra), se tomó de una manera personal el que se casara bien. Al final no se casó con Carlos, el heredero al trono de Inglaterra, como ella pretendía, sino que lo hizo por amor con Nicolás, renunciando a lo que a la reina Victoria le parecía imposible renunciar», explica.

Victoria fue muy importante en la vida de la zarina Alejandra. También lo fue Sissi Emperatriz o Elisabeth de Austria. «Sissi era una mujer muy inteligente, mucho más intelectual que Alejandra y muy hermosa; pero además era una mujer rebelde que había pagado un muy alto precio, el de la libertad, para convertirse en reina de un país donde el protocolo de los Austrias pesaba mucho. Se encontraron en un viaje, que yo describo en el libro, porque me apetecía mucho imaginar ese encuentro entre ellas: la joven zarina y la emperatriz decadente y vieja ¡40 años! Convertida ya en una leyenda en vida a la que sólo faltaba que un anarquista acabara con ella».

Pregunto también por Rasputín, ese gigante sobre el que tantas historias se han deslizado en toda suerte de relatos. «Es un personaje contradictorio. Depende de quién te hable de él. Según algunos testimonios era tan limpio como todos los campesinos de la época, es decir, que empleaban baños de vapor, saunas y siempre iba impecable. Alejandra lo recuerda de otra manera. Pero, claro, no es lo mismo una noche de borrachera que cuando tienes que aparecer ante un superior. Así que supongo que se cuidaría de presentar su mejor cara para Alejandra. Y ella lo veneraba, para ella no era ese monstruo con cuernos y rabo, sino un hombre de Dios, un santo». Y también un hombre al que ella recurrió cuando nació su hijo, por fin, pero enfermo, con una hemofilia de la que ella se culpaba y sobre la que engañó al pueblo.