Eva Serrano: «El editor es una especie de cazador»

Su proyecto ha cumplido ya dos años. En ese tiempo ha convertido Círculo de Tiza en una referencia del panorama literario. Su apuesta estética y su mirada nueva sobre la literatura, que reivindica los géneros cruzados y el periodismo, son sus marcas de identidad.

Eva Serrano
Eva Serrano

Su proyecto ha cumplido ya dos años. En ese tiempo ha convertido Círculo de Tiza en una referencia del panorama literario. Su apuesta estética y su mirada nueva sobre la literatura, que reivindica los géneros cruzados y el periodismo, son sus marcas de identidad.

Inició su proyecto en tiempos complejos, cuando todo el mundo decía «no» y la lógica abogaba por la prudencia. A su espalda quedaban años de trabajo como lectora en diversas editoriales, una ocupación enriquecedora que le dejó el bagaje de una gran experiencia pero, también, quizá como contrapartida, la amarga impresión que siempre supone asistir al rechazo de libros de calado literario. En este tiempo, Eva Serrano se ha revelado como una editora valiente, capaz de sacar adelante un sello, Círculo de Tiza, y colocarlo en la primera línea del mercado. Y demostrar, de paso, a los que eran escépticos, que posee suficiente intuición para descubrir buenos textos que han pasado desapercibidos, releer los que permanecen olvidados y arrinconados, y atender los caminos por los que discurren hoy las aguas de la narrativa.

–¿Por qué fundó este sello?

–Estuve un año entero pensando por dónde tirar. Tenía tiempo y me encontré con una herencia imprevista, de poco dinero, pero el necesario para invertirlo en un proyecto así. Durante mi trayectoria ya había visto buenos libros que nadie publicada, así que me propuse fundar una editorial. Por supuesto que me dijeron que estaba loca, que yo no sabía nada del negocio. Pero uno hace las cosas cuando puede.

–Su apuesta también es estética.

–Fue una decisión indiscutible. Con nuestro primer libro, de Caballero Bonald, sabíamos que tendríamos pérdidas, porque iba cosido a mano, era caro... el libro es un objeto de valor y debes lograr que el lector lo quiera guardar. Esta orientación estética la meditamos con cuidado: las cajas, las maquetas, el tipo de papel, para que no pesara, porque fuimos sensibles y nos dimos cuenta de que los libros se guardan en los bolsos y los bosillos de las chaquetas. Teníamos claro que no deseábamos imágenes. Las portadas tenían que ser tipográficas, porque nuestro entorno ya está demasiado cargado de imágenes. Aspirábamos a una colección de una apariencia semejante a Gallimard, que lleva con ese diseño toda su vida, aunque en su colección usan el blanco para la portada y nosotros el color, pero muy cuidado.

–¿Una forma de distinguirse de los grandes grupos editoriales?

–El mundo del libro es un microcosmos. Todos necesitamos a todos. Hoy, los grandes editores son esenciales y los grandes grupos también, porque tienen magníficos autores. Pero existe una literatura que no es comercial y es de una enorme calidad. Ahí es donde los pequeños sellos encontramos el hueco. Las grandes editoriales, en sus prisas por vender, fabricar y producir, se olvidan de algunos príncipes de la literatura que nosotros cuidamos, aunque luego se los lleven ellas. Son enormes autores, como Patricia Highsmith.

–Deja los «best sellers» para estos grupos internacionales.

–Un «best seller» no es sencillo, de lo contrario habría más. El «best seller» está bien. No puedes ir a ver películas de Truffaut todas las tardes. Lo importante es que no te engañen con lo que se vende. Si compras un libro de entretenimiento, que lo sea. Lo que me parece mal es la estafa: un ensayo que no lo es; una trama apasionante que no es lo que parece. Hay que darle al lector lo que quiere en un mensaje muy claro.

–¿Cuál es el papel del editor?

–El papel del editor es el mismo que el del investigador en la ciencia. Tu papel es de seleccionar en medio del marasmo, averiguar cuáles son los más interesantes. Eres un buceador, el editor es una especie de cazador, porque la oferta es infinita. Es un trabajo obsesivo. Entras en contacto con un texto, lo piensas y haces el libro. Cada título es un proyecto en sí mismo y el editor pequeño lo sigue desde el inicio hasta el final. Lo más complejo es seleccionar, la búsqueda del autor. Hay escritores a los que he acosado para un libro, porque me impresionan sus obras. Y soy muy insistente (risas). También intentas cuidar a los creadores. Uno de los problemas del mercado es que ahora parece que el escritor es el último eslabón y es el primero.

–Me habla de calidad, pero lo cierto es que se está habituando al lector a leer sólo «best seller»...

–En general, hemos perdido en comprensión lectora. Cada vez menos lectores son capaces de enfrentarse a un libro que no tenga una estructura simple. Incluso el «best seller» ya es difícil para un porcentaje elevado de la población. Cuando hay uno de estos, ya sé que ese mes vamos a vender poco. Cada persona compra tres libros de media al año y uno es ése... Es una manera de canibalizar el mercado. El problema es que el mensaje está cada vez menos procesado, cada vez hay menos reflexión, aunque existan «long sellers» como Bolaño y el fenómeno de «Libertad». No estoy en contra. Lo importante es que se lea, lo que sea, me da igual, mientras una persona se acostumbre a estar en silencio y leer.

­–Usted misma dijo: «La lectura se está perdiendo como hábito».

–Cada vez cuesta más retener veinte líneas en la cabeza. No estoy en contra del Nobel a Bob Dylan, pero Don DeLillo requiere cierto tiempo para leerlo, mientras que Dylan se le lee en cinco minutos. La lectura como tal requiere un esfuerzo de concentración y de silencio que cada vez son más difíciles de conseguir, y, por supuesto, esto afecta a la manera de pensar. Se están formando cabezas alienadas que viven de eslóganes. El libro es otra cosa.

–El auge de las series de televisión quita tiempo de lectura.

–Pero detrás de ellas hay grandes escritores: los guionistas. Son ellos los que las escriben. Aunque es cierto lo que dice. Si una persona dedica ocho horas a dormir y otras tantas a trabajar, el tiempo libre que posee es limitado. Y si ve series no lee.Las grandes series son las nuevas novelas del siglo XXI: los personajes evolucionan, el paisaje es de una tremenda importancia, tienen elementos de la tragedia griega y, por supuesto, cuentan con el héroe. Sin duda, quitan espacio a la lectura, pero las series, las que tienen guionistas potentes, incitan a la lectura. Si ves «Downton Abbey» puede que luego quieras leer autores ingleses de esa época. Los guiones excelentes son un acicate para la inteligencia. Algunos de los grandes autores de hoy que no viven literatura, viven de los guiones. Lo que hay hacer es consumir cultura inteligente en el formato que sea.

–Y si se lee menos...

–Leer no es esencial para sobrevivir, pero las sociedades que no leen son manipulables. Cuando tu cerebro sólo maneja seiscientos vocablos, la mitad de los discursos que escuchas no los entiendes. Por eso los eslóganes están hechos con mensajes simples.

–¿La separación de géneros literarios es todavía real?

–No existen los géneros; estamos en contra del él. Sus fronteras se han roto hace tiempo. También en el cine. Hay películas que se ruedan como si fueran documentales y otras, con la cámara al hombro. El único género que exista es el de la literatura fantastica.

–¿Es el auge de la no-ficción?

–La realidad es más fascinante que cualquier historia. «El pequeño Nicolás» no parece real. Esas historias ya ocurrían antes, pero hoy se cuentan. Queremos saber más de la realidad. La ficción es un género del siglo pasado. La realidad que tenemos parece de ficción.

–¿Cómo apoyar a la lectura?

–Lo que sé es que a los niños no les puedes dar a leer «El lazarillo de Tormes». Tiene que haber medidas económicas. Se debe potenciar la literatura española más allá de nuestras fronteras. En la feria de Fráncfort, España no existe. ¡Una lengua con 500 millones de hablantes! ¿Cómo no se potencia eso? Sus escritores... Creo que la literatura no se fomenta sólo en el colegio, también en casa. Y, también, que tiene que existir cierta decisión pública que apoye la lectura.