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Gustavo Bueno, el pensador desafiante

El filósofo ha fallecido en su casa de Niembro, Asturias, a los 91 años, dos días después de su esposa. Autor de obras como «Teoría del cierre categorial» y «El mito de la cultura», fue conocido por el gran público por sus intervenciones polémicas en televisión.

Espíritu indócil. Gustavo Bueno, al que le gustaba debatir, dedicó toda su vida a la enseñanza
Espíritu indócil. Gustavo Bueno, al que le gustaba debatir, dedicó toda su vida a la enseñanzalarazon

El filósofo ha fallecido en su casa de Niembro, Asturias, a los 91 años, dos días después de su esposa. Autor de obras como «Teoría del cierre categorial» y «El mito de la cultura», fue conocido por el gran público por sus intervenciones polémicas en televisión

Defendió la misión de la filosofía desde las galerías de las minas, donde bajó para explicar Hegel y Marx a los trabajadores, hasta las tribunas hipotéticamente reservadas de la universidad y que él abrió a la calle, o sea, al mundo, a través de seminarios y conferencias, porque la enseñanza y la discusión, vamos, el diálogo y el intercambio de las ideas, no es un patrimonio del alumnaje, del estudiante matriculado según indican las normas, sino de la sociedad entera. Con un pensamiento articulado, fue uno de los pocos intelectuales españoles que contaba con un sistema filosófico y un espíritu crítico que jamás cedía ante ningún baluarte; Gustavo Bueno abordó la tarea de sacar al ciudadano de las sombras de la caverna mostrándole los engaños actuales en los que vive inmerso; esas tergiversaciones, prejuicios, tópicos y parámetros preconcebidos que tantas veces se dan por ciertos sin haberlos sometido con anterioridad a ningún tipo de examen.

Hay que triturar, declaró con energía en varias ocasiones; hay que arrasar, machacar, destrozar, derribar cada una de las ideas que manejamos en el orbe de nuestra cotidianeidad y que, sin habernos dado cuenta, hemos aceptado libremente sin percatarnos antes de si nos ayudan a ser más libres o si nos están limitando el pensamiento, si nos están encerrando en un engaño. En este momento de tanta tertulia, él afirmó que la opinión sin un argumento detrás no significa nada y, con ese ímpetu que le caracterizaba, esa pasión contagiosa que transmitía a sus alumnos en la Universidad de Oviedo, una entrega en las palabras que hipnotizaba a los estudiantes que acudían a sus clases, tiró contra todas las murallas que distinguía a su alrededor. No importaba cuáles. Para él, el 90 por ciento de lo que escuchamos o leemos es criticable, es «derribable» y él, casi sin darse cuenta, se convirtió en un asaltante radical de las ciudadelas más inexpugnables. «La cuestión no es si Dios existe o no; es que no puede existir». Y su aseveración no era tan terrible como la demostración posterior con la que sustentaba sus palabras.

Gustavo Bueno, al que se ha intentado definir de mil maneras sin que jamás se le haya podido encuadrar en ningún otro límite que no procediera de su propia obra (él decía que era «escolástico puro»), falleció ayer en Asturias. Había nacido en Santo Domingo de la Calzada, La Rioja, hace 91 años, y en este pueblo, que forma parte del camino de Santiago –un destino extraño para un hombre que siempre profesó y defendió su ateísmo–, será próximamente enterrado. Desde pequeño había mostrado una tendencia al cuestionamiento que se revelaba en una tendencia innata a la desobediencia. Una inclinación que le condujo a buscar la filosofía. Asistió a la universidad en una época agitada, inmersa en el franquismo, pero dominada por la curiosidad irrefrenable de los jóvenes. En esa transición de una facultad a otra para encontrar respuestas a las preguntas, donde la división entre ciencias y letras no estaba tan marcada ni acentuada como hoy, y que para acercarse a Freud había que ir a aulas que no fueran las de Letras, porque ahí no lo enseñaban ni explicaban.

A partir de ahí, del deslumbramiento, el interés o la motivación intelectual que le produjo un laboratorio –unas visitas en las que no paró durante un instante de preguntar para qué servía este aparato o ese otro–, surgieron los cimientos para una obra ingente, atrevida, en la que trabajó durante años: «Teoría del cierre categorial», una de sus obras cumbre. Pero si su nombre se hizo popular fue por sus apariciones en televisión, donde sus comentarios siempre generaron polémicas. Ahí están sus enfrentamientos con Santiago Carrillo, sus conversaciones con Sánchez Dragó o sus discusiones con algún ministro de la Iglesia al que ridiculizó por no conocer adecuadamente el dogma que defendía (aunque no creía en Dios, Gustavo Bueno respetaba a Ratzinger, como teólogo, y a curas científicos, como el abate Lemaitre).

- Contra «GH»

Gustavo Bueno no era un filósofo anacoreta, encerrado en el palacio de sus ideas y principios, que ejercía su prestigio desde el retiro privilegiado de su despacho universitario, sino un nuevo Sócrates que salía a interpelar a la sociedad, a agitar sus cimientos con sus ideas y preguntas, e iluminar el océano de falsedades que nos rodea. En esa intervención directa en los asuntos ciudadanos, comunes, que agitan las aguas de lo público, encontró parte de su popularidad, y de ese contacto habitual con el acontecimiento del día a día nacieron una serie de libros que no dejaron indiferente a casi nadie (sus controvertidas opiniones le valieron que un grupo de radicales quemaran en una ocasión su propio coche). Uno de los debates más conocidos en los que intervino fue a raíz de la irrupción de programas televisivos como «Gran Hermano». Siempre se rebeló contra la vulgaridad y cómo la pequeña pantalla generaba productos despreciables con el único propósito de aumentar las audiencias. A la televisión, precisamente, dedicó un estudio muy comentado en el momento de su publicación: «Telebasura y democracia». Sus inquietudes sociales le llevaron también a analizar el deporte, y a los pensadores que despreciaban el deporte como si fuera un tema sin relevancia. Pero también observó y pensó bien asuntos de mayor alcance, como la constitución española y lo que consideramos en este momento democracia, así como la decisión de los partidos políticos de concurrir a las elecciones con listas cerradas. De hecho, levantó la voz por no abrir un debate abierto sobre el mismo término y sistema acerca de lo que debe ser la «democracia». Su libro «El fundamentalismo democrático. La democracia española a exámen» se encargaba de este tema. Aunque era un hombre de izquierdas, reflexionó mucho sobre esta ideología, como se ve en «El mito de la izquierda», y se mostró muy crítico con el ex presidente de Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, al que dedicó un ensayo: «Zapatero y el pensamiento Alicia». El papel que nuestro país desempeña en estos momentos en la Unión Europea, construcción a la que también sacó sus contradicciones y errores, queda reflejado en «España frente a Europa».

- Sonados encuentros

Gustavo Bueno, siempre resuelto a caminar por las aristas más peligrosas y menos frecuentadas, resultó un carácter muy beligerante y tuvo sonados encuentros, como, por ejemplo, con un profesor que intentaba implantar el bable en Asturias o cuando comentaba cómo suspendía en las Islas Baleares a los alumnos que no sabían correctamente español. De hecho, escribió un ensayo que tituló «España no es un mito: claves para una defensa razonada». Enemigo de lo superficial y de lo vulgar, Bueno mostró unas inquietudes que abordaron diferentes planos del saber, como puede comprobarse a través de su prolífica bibliografía, compuesta, entre otros títulos, de «La vuelta a la caverna: terrorismo, guerra y globalización», «La fe de un ateo» o «El papel de la filosofía en el conjunto del saber». Pero, también, a través de las revistas culturales que apoyó, como «El Basilisco» o «El catoblepas».

Dos días después de su esposa

Gustavo Bueno murió ayer en Niembro (Llanes), la localidad asturiana donde tenía la casa donde había escrito y reflexionado sin interrupción durante estos últimos años, casi desde que se retiró de la Facultad de Filosofía, después de una polémica jubilación, de un retiro que dio lugar a muchos comentarios. Ahí, en ese entorno, había paseado y había convivido con su esposa y desarrollado, sin cesar, las últimas obras que había editado, porque el pensador pertenecía a esa raza de filósofos que poseían la determinación de trabajar en sus proyectos hasta el último momento. El destino ha hecho que el fallecimiento del conocido pensador tuviera lugar dos días después de que lo hiciera su mujer, Carmen Sánchez Revilla,que era cuatro años mayor que él, y que, como su marido, pidió ser enterrada también en Santo Domingo de la Calzada, La Rioja. La coincidencia de estas muertes han sumido en la tristeza a su familia. Gustavo Bueno y Carmen Sánchez habían permanecido juntos durante décadas. Ella, de carácter discreto, siempre se había dedicado a la docencia y era profesora de la Escuela de Magisterio. Era una de las patronas de la Fundación Gustavo Bueno, institución que se ha encargado de comunicar el fallecimiento de los dos y que se constituyó no sólo para apoyar el legado y la figura de Bueno, sino para promover la filosofía en todos los ámbitos.