Javier Gomá: "Cuanto mejor vivimos, más nos indignamos"

El ensayista, filósofo y director de la Fundación March publica «Dignidad», un ensayo sobre un concepto que, pese a ser un motor de los grandes cambios morales, ha sido olvidada. Una palabra que vaga sin ser definida.

El ensayista Javier Gomá / Foto: Gonzalo Pérez
El ensayista Javier Gomá / Foto: Gonzalo Pérez

El ensayista, filósofo y director de la Fundación March publica «Dignidad», un ensayo sobre un concepto que, pese a ser un motor de los grandes cambios morales, ha sido olvidada. Una palabra que vaga sin ser definida.

a irrupción de Javier Gomá en el ensayismo español fue a través de una obra que se preguntaba sobre cuestiones que los clásicos habían lanzado muchos siglos atrás: cómo ser mejores. Cómo vivir mejor, cómo ser felices, cómo ser libres de espíritu. No escribió ningún manual de uso, sino que con un rigor envidiable, releyendo toda la tradición filosófica, buscó el lugar del hombre en el mundo actual. Su último ensayo, «Dignidad» (Galaxia Gutenberg) reclama que una palabra que ha sido motor de muchas transformaciones sociales y avances morales ocupe un lugar primordial en el pensamiento moderno.

–¿En algún momento ha sentido su dignidad vulnerada?

–Sí, como todo el mundo. Hay dimensiones de indignidad. Una es cuando los demás o, sin ir más lejos, uno mismo, no está la altura de la dignidad de la que es portador. Pero luego hay una indignidad estructural, que es la indignidad de la muerte. Cómo es posible que la naturaleza haya creado esa flor delicada que es la individualidad, el último estadio de la vida, dándole un tratamiento claramente distintivo al resto de los seres y, sin embargo, al final le dispensa el mismo tratamiento que a todos los seres, como si fuera un mosquito o un escarabajo.

–Pero es ley de vida, suele decirse.

–Sí, pero no deja de ser escandaloso. En el libro digo que unos de los imperativos morales de la existencia del hombre es «vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta». Si tu muerte no es escandalosamente injusta quizá es que en tu vida no has recibido la dignidad que no merece morir.

–¿Qué es lo más indigno que hay en España en estos momentos?

–Es que a mayor conciencia de dignidad, mayor es el número de causas que nos escandalizan. Hace cien años, la mortalidad infantil era altísima y los padres aceptaban con normalidad que perderían alguno de sus hijos. La Constitución dice que tenemos derecho a una vivienda digna, y si no la tenemos nos escandalizamos. Esto significa que, aunque parezca paradójico, a medida que mejoran las condiciones de vida, más son las causas que nos indignan. O cuanto mejor vivimos, más nos indignamos.

–Pero usted pone en duda que el progreso material sea suficiente.

–Distingo entre ser un optimista y ser un observador. Si eres un observador, que tiene que ver con una visión esperanzadora del futuro, descubres un progreso material extraordinario, lo que está muy bien, pero los que ponen mucho el acento en el progreso material olvidan que lo verdaderamente importante ha sido el progreso moral de la humanidad. Lo importante de nuestra cultura lo resume la palabra dignidad y que se resume por el trato que se dan a las personas que estorban y no ayudan al progreso material. El progreso moral consiste en proteger a los débiles, y con ello nos dignificamos a nosotros mismos.

–¿No cree que hay un exceso de moralidad en la vida pública y política? Todo se hace en nombre de valores inmutables, sean buenos o malos.

–La moralización del mundo es la expresión suprema de la vulgaridad moral. Cuando uno no tiene nada que decir, suele ponerse moralizante. Cuando no hay ideas, se invocan los grandes principios. Qué miedo me da la gente que alude constantemente a sus principios. ¿Qué es un principio si no la afirmación de que tu idea es del tal naturaleza que la excluyes de la deliberación de los demás? Si tengo que hablar con alguien que pone encima de la mesa un principio, me levanto y me voy, porque la esfera pública es la esfera de las verdades penúltimas. En el espacio público, que es espacio de deliberación racional, quien se pone moralizante invocando principios y valores es una expresión de vulgaridad intelectual.

–También se abusa de la palabra dignidad.

–La paradoja es que la palabra dignidad se usa en el lenguaje corriente y, sin embargo, la filosofía le ha dado la espalda, que es la inversión de lo que normalmente ocurre. Los escritores tienen la capacidad de que otros hagan la revolución en nombre de una palabra, pero ante la han sido resignificado: libertad, igualdad, fraternidad... Pero aquí ha ocurrido lo contrario: se han producido grandes cambios en nombre de una palabra que no ha sido definida.

–¿La Declaración Universal de los Derechos del Hombre no es en sí una defensa de la dignidad humana? ¿No lo es la Constitución del 78?

–Pero no es una definición, es una aplicación. Lo que yo propongo es que la dignidad sea objetivo de una reflexión filosófica y enunciar verdades universales. Que la dignidad ha sido un motor de la historia, no me cabe la menor duda, en el ámbito jurídico, de las causas sociales, de la medicina... Todo el mundo siente la fuerza transformador de la dignidad sin definirla.

–El 26 de noviembre de 2009 en Cataluña se publicó un editorial conjunto contra una sentencia del Tribunal Constitucional que se tituló «La dignidad de Cataluña»; Pablo Iglesias ha apelado al «voto de la dignidad» para frenar el poder de la banca; muchos otros políticos han hecho la misma invocación.

–También me pasó con la idea de «ejemplaridad pública», lo cual demuestra que está en el vocabulario y que tiene una función, lo que demuestra que es un concepto demasiado transformador, demasiado innovador, demasiado ennoblecedor, en una cultura en la que prevalece la lucidez desenmascaradora de la miseria de la vida antes que resaltar la dignidad de la misma.

–Steve Pinker dice en su célebre artículo «La estupidez de la dignidad», de 2008, que la dignidad es relativa, fungible y dañina.

–Porque debatía sobre los límites de la investigación genética y los «teocom», que son muy reaccionarios, argumentaban que iba contra la dignidad.

–Al final de su libro hace una defensa de la Transición política española y justo hace unos días Alejandro Amenábar dice que la España actual es un producto planificado por Franco.

–Y lo dice un homosexual... interesante, que se ha podido casar por una ley que permite el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. ¿Nos imaginamos eso en tiempos de Franco? ¿Qué hubiera sido de Amenábar en aquel régimen? Todo el mundo tiene derecho a decir idioteces, pero es que lo contrario es lo cierto, y ese es problema. Los tres años entre el 75 y el 78, que son los anversos del 36 y el 39 se produjo una revolución, como la gloriosa inglesa o americana o francesa, porque toda revolución tiene por objeto el desplazamiento de la soberanía de un rey absolutista a un rey parlamentario. Se hizo sin sangre, de manera modélica, instaurando una democracia plena que permite que Amenábar diga esa sandez.

–¿Tiene una explicación para entender la aparición de Greta Thunberg, que con 16 años se ha convertido en una líder planetaria contra el cambio climático?

–Tiene algo que ver con la conversión de la política en espectáculo. Tiene ese elemento extraño que exige todo espectáculo.

–Escribe: «Mejor desistir del intento de cambiar la vulgaridad por la sublimidad y arreglárselas para hallar en lo vulgar semillas de los sublime». En su ensayo sigue defendiendo la vulgaridad, ¿dónde queda la meritocracia y el gobierno de los mejores?

–Soy partidario, no de la minoría selecta, desde Platón hasta Ortega, sino que he defendido militantemente la mayoría selecta. No se trata de un pequeño grupo de personas estén al mando y nos tenga que decir lo que tenemos que hacer y, como dice Ortega, y que el resto de la sociedad sea mansa. En mi teoría no es una raya social, sino todos los hombres y mujeres están llamados por iguales a hacer una raya en su corazón para pasar de la vulgaridad a la excelencia.

–¿Qué valoración hace de lo que se está haciendo en las diferentes expresiones artísticas?

–A mi juicio, la potencia liberadora que el romanticismo, a través del filosofía crítica y de las vanguardias artísticas, quedó agotado en los años 60 del siglo pasado. La tarea moral, poética y artística ya no es ser libre, sino ser libres justos. Eso significa aceptar determinados límites para hacer posible la convivencia. No se trata de ser libres, sino de ser elegantes porque haces un buen uso de la libertad que hace posible la concordia. A mi juicio seguimos siendo de una manera tardía, extemporánea y decadentes hijos de un romanticismo vulgarizado y los artistas todavía siguen en el universo de la transgresión, la originalidad, la sinceridad, la experimentación... Ahora hay que hacer una poética de los límites y civilizatoria que nos ayude a afrontar la cuestión ética pendiente. La mayoría de las exposiciones que veo, en novelas con vocación artísticas y obras de teatro siguen en los patrones vulgarizados del romanticismo.