Jerónimo Elespe, el deseado

Lo ha vendido todo en ARCO, pero su caso no es el único. Seleccionamos 10 de las atracciones de la feria. Desde los consagrados a los emergentes

Mucho adolescente tirado por el suelo, masticando una hamburguesa y con la mochila al hombro. ¿Motivo? La feria Aula coincide con ARCO. Y unos cuantos, sólo unos cuantos, hacen el traspaso y se acercan a ver qué es eso del arte contemporáneo que les han contado y ven en fotografía en sus libros, cuando lo ven. Los pabellones 7 y 9 registran buena entrada. Hace un calor tremendo, se camina bien y hay mucha gente que se acerca a Ifema a pasar el día. Todo sea por el arte. Pasamos el torno y volvemos de nuevo. Lo vimos ya el primer día, antes incluso de la inauguración oficial: Jerónimo Elespe lo ha vendido todo en Ivory Press, ocho pinturas sobre aluminio y un par de dibujos. Y por eso se ha marchado a Nueva York con la satisfacción del deber cumplido. Nació en Madrid hace 38 años y pinta unos cuadros tan diminutos que hay literalmente que pegar la nariz a la obra para verlos. El año pasado ya estuvo en el stand. Qué ojo tuvo Soledad Lorenzo cuando se topó son su obra, tan silenciosa, con ese eco que tiene de otro siglo. Y cuando deshizo la casa (al cerrar la galería) el olfato fue de Elena Ochoa, que le fichó para su escudería. Ha colgado sus obras al lado de una escultura de Ai Weiwei. La verdad es que hacen un buen tándem. «Mucha gente ha preguntado por las obras y la verdad es que han llamado bastante la atención. Han sido un reclamo. Él está bastante satisfecho», nos dicen en la galería.

Miniaturas en aluminio

Elespe presentó su primera muestra individual en un museo en el CAC de Málaga. Sus primeros años de carrera transcurrieron en Estados Unidos, donde se licenció en la School of Visual Arts de Nueva York y completó después el máster de Bellas Artes de la Universidad de Yale. Tras doce años en la ciudad de los rascielos, en 2008 se instaló de nuevo en Madrid, donde actualmente vive y trabaja. Sus piezas son minuciosas y se toma su tiempo para dar forma a esas obras de regusto tan clásico que pinta sobre alumninio, algunos sólo un poco más grandes que un sello. Paisajes y retratos son los que ha vendido en Madrid, donde en noviembre abrirá su primera individual en Ivory Press. Entre los emergentes, los que están en el camino, Sonia Navarro, que ha despachado las cinco piezas que exponía de ella la murciana T20, que ha hecho una feria de lujo. «Y espero mañana (por hoy) poder cerrar alguna cosas más. No hemos acabado», comenta con una sonrisa su director, Nacho Ruiz. Su stand, todo un reclamo con el «show» del desnudo. La performance, claro está, no se vendía, pero el letrero de «Congress Topless» en neón rosa, sí: se lo ha llevado un español por 3.000 euros.

Deseado, pero prohibitivo para el común de los mortales, el Picasso de Leandro Navarro por más de un millón de euros. Verlo de cerca es entrar en otra dimensión, como toparse de bruces con el Gerhardt Richter en verdes y amarillos: más de ocho millones hay que desembolsar. Más asequible es la sombra que te pinta sobre la pared Liliana Porter, entre 75.000 y 125.000, otra de las atracciones de este ARCO. Obligado pararse delante de la obra de Cristina Lucas en Juana de Aizpuru en la que unas figuras evolucionan en el interior de una caja de luz que se asemeja a un cuadro de Mondrian. Fotos también para la Piedad invertida que exponen en Javier López y que casi tiene cola para ser retratada. Sicilia en Chantal Crouse, ya lo dijimos, es una visita placentera, lo mismo que reencontrarse con Palazuelo y Le Parc en Fernández-Braso, de lo mejor de esta edición en la que un afanado paseante encuadraba con primor en su móvil un extintor que estaba en el suelo. Le miramos, nos miró y se limitó a sonreír.