Joan Matabosch: «No tengo intención de enseñar al Real lo que debe ser la ópera»

Director artístico del Teatro Real

Su presencia y su manera de hablar son torrenciales. Cuando se lo decimos y lo escribimos, sonríe. Y así le rebautizamos. «Caudaloso», añade él. Con las pilas cargadas, apostillamos para redondear. A partir del miércoles será el nuevo director artístico del Teatro Real, cargo que compaginará con sus labores en el Liceo, un coliseo que le duele, le preocupa y a cuya situación, dice, hay ya que buscar una solución «porque se ha traspasado la línea roja. Será duro, pero saldrá delante», avanza. Tiene dos móviles que coloca encima de la mesa mientras hablamos, una cabeza bien amueblada y cero ganas de conflictos. ¿Joan o Juan, cómo le llamamos? «Como quieras, de las dos maneras te voy a responder; me gustan ambas», contesta con un guiño. Su despacho, sin alfombras, sin esculturas, con las paredes limpias, es pequeño y está bien iluminado. En la puerta de al lado, su colaborador; no trae más equipaje. Una nueva etapa, tras el paso del ciclón Mortier, se abre en el Real.

-¿Cómo han sido sus primeros contactos con el coliseo?

-No podían ir mejor. Ha sido una incorporación progresiva. De hecho, estoy contratado por el Gran Teatre del Liceu hasta mañana y mi contrato con el Teatro Real comienza el 1 de enero de 2014 pero ambas instituciones han pactado que me mantenga al frente de la dirección artística de ambos en toda la temporada. Durante todo el primer trimestre, el Liceu me ha permitido ponerme a disposición del Real tanto como ha hecho falta; y desde enero hasta el final de la actual temporada, el Real me permitirá hacerme cargo de lo que necesite el Liceu. Todo un ejemplo de colaboración institucional impecable, sobre la base, todo hay que decirlo, de que yo tenga más trabajo del habitual, pero como eso a mí ya me gusta, no hay ningún problema. He tenido que diseñar en unos pocos meses de dedicación parcial la temporada 2014-2015, cuya presentación veremos dentro de pocas semanas. El Real es una institución extraordinaria, con una realidad que ya es espectacular y un potencial que lo es mucho más.

-La llegada de un director artístico al coliseo ha llevado aparejada la inauguración de una «nueva era». ¿Qué distingue a la suya?

-Cuando se llega a una institución como ésta lo primero que hay que hacer si se tiene un mínimo de pudor es mostrar respeto por la tradición y por el patrimonio artístico de la institución. No tengo la más mínima intención de proclamar mi voluntad de enseñar al Real lo que debe ser la ópera, porque esto presupondría una vanidad, un egocentrismo y una petulancia que generaría hilaridad incluso a mí mismo, como a veces me sucede con las declaraciones de algunos colegas cuando llegan a un teatro para dirigirlo. He preferido enfatizar lo que tiene de continuidad mi proyecto artístico, por encima de los matices y ajustes, que también se van a producir. Después de García Navarro, Emilio Sagi y Antonio Moral, cuyas aportaciones al discurso artístico fueron enormemente importantes, el teatro ha tenido al frente de la institución a Gerard Mortier, tan discutido como se quiera pero cuya contribución al perfil artístico actual del teatro me parece incuestionable y cuyo legado sería irresponsable malbaratar. Por eso prefiero definir la «nueva era» como un periodo en el que la concepción de la ópera como una forma de arte se va a reforzar. La ópera es, también, un espectáculo, pero por encima de todo es un arte.

-De eso no hay dudad, señor Matabosch.

-Quiero decir que sus materiales no sólo identifican sino que también expresan. Y que la elección de cada uno que se integra en una estructura compleja responde a una voluntad expresiva global. Es lo mismo que sucede en cualquier otro arte: proyectamos nuestra propia experiencia en la forma del objeto artístico gracias a que tenemos información suficiente sobre el código del que se ha servido el autor. Y como somos capaces de identificar el sentido, también lo somos de revivir esta experiencia en cada matiz formal de la obra.

-«Soy mortierista» fue una de sus primeras declaraciones. Continuar la labor de su antecesor está en su hoja de ruta pero ha declarado que «hay cosas matizables». ¿Cuáles?.

-Respetar el legado de Mortier no es incompatible con ampliar el repertorio del teatro con nuevos títulos y también títulos populares aparcados de la programación; ni tampoco con ampliar el abanico de directores de escena con nuevos nombres y nuevas estéticas; ni con ampliar la nómina de cantantes con algunos de los grandes artistas del circuito internacional.

(Le encanta, dice para que no haya dudas, Peter Sellars, por ejemplo, uno de los directores de cabecera de Mortier, «pero hay más, un amplio abanico estético. Abrir la mente de la gente no tiene más que resultados positivos», añade.

-Sabe que hubo una polémica con Mortier por «arrinconar» a las voces españolas, quizá influida por el tipo de repertorio que no era de su gusto y que hizo a un lado. ¿Volverán a escucharse de manera asidua?

-No quiero entrar en esta polémica. La programación del Real se debe nutrir de las grandes voces del circuito internacional, de las mejores, de los grandes cantantes. Pero, al mismo tiempo, una de sus funciones debe ser no sólo acoger voces españolas, sino incluso potenciar sus carreras y contribuir a que se consoliden en el mercado internacional. Es evidente que lo segundo es mucho más relevante si se atiende lo primero: este teatro puede contribuir en mucho a reforzar la carrera de un joven cantante español en la medida en que sea un teatro habitual en las agendas de los grandes. Si se trata de un teatro con un nivel vocal discreto, la contratación de cantantes españoles podrá valer para cubrir cuotas absurdas, pero no servirá de mucho más. Estos dos objetivos deben ser compatibles y a mí entender, complementarios.

-¿Con qué equipo aterriza en el Real?

-No me traigo a un equipo, sino que voy a trabajar con el del Teatro Real, que es extraordinario. Conmigo la confianza no se gana. Si acaso, se pierde. Eso sí, he invitado a venir a mi adjunto del Liceu, Damià Carbonell, que es un grandísimo profesional y que creo que puede aportar enormemente al Real. Eso ya es mucho desde el punto de vista cualitativo, ciertamente, pero hay eso y nada más.

-¿El modelo de programación seguido en el Liceo le podrá servir como patrón para el Real?

-No necesariamente. A pesar de que ambos comparten muchas cosas en cuanto a tradición, historia, lagunas culturales y objetivos, cada teatro parte de una situación específica y las recetas precocinadas no sirven. Aunque la concepción de lo que debe ser la ópera como forma de arte pueda ser compartida, hay que llegar a este objetivo con un diseño pensado para la realidad de cada teatro si lo que se quiere es, realmente, aproximarse al objetivo y no únicamente gesticular y exhibirse el director artístico de turno. Si me hubiera desplazado del Liceu a Oslo o a Londres, seguramente la respuesta sería que, pese a defender lo mismo que en Barcelona, la plasmación práctica del discurso iba a ser radicalmente diferente. No será así en Madrid, pero será todo lo diferente que tenga que ser.

-¿Qué proyectos de Gerard Mortier aparcará?

-No tengo intención de aparcar ninguno que esté estructurado, que tenga sentido y que ya esté contratado. No llego con un tanque, ni siquiera con un tirachinas. Lo que esté en su sitio, sea razonable y su gestión esté lo suficientemente avanzada como para garantizar su viabilidad, se va a llevar a cabo. Y además lo voy a asumir como propio y me voy a olvidar de quién lo comenzó. Si algún proyecto no resulta razonable de mantener en las fechas previstas porque no está lo suficientemente avanzado en su contratación y no ofrece garantías de éxito, se va a retrasar una o dos temporadas. No hay ninguna intención por mi parte de fulminar los proyectos de la etapa anterior, pero estoy seguro de que algunos de los apenas esbozados que han caído los hubiera hecho caer el propio Mortier.

-¿Resucitará alguno de los que duermen el sueño de los justos?

-Si apunta a la posibilidad de despertar del letargo a alguna obra que parecía desterrada del escenario del Real, no dude que esto va a suceder, y muy pronto.

-¿Veremos enseguida una «Traviata»?

-No le puedo desvelar la temporada próxima, porque existe un protocolo institucional que hay que cumplir y que no me puedo saltar. Pero veo que sus intuiciones van por buen camino. Será muy potente desde el punto de vista teatral, es lo que le puedo contar.

(No busca titulares fáciles ni quiere convertir el Real «es un desfile banal y sin el menor sentido de divos mediáticos, propio de un teatro de provincias. Con el tema vocal no se puede jugar», afirma contundente. Dice, además, «que buscar la polémica no es su objetivo, sino poner al día la ópera porque montar un escándalo no cuesta nada. La función de un director de escena es conseguir que la obra nos interrogue como hace 150 años. Nada es igual que ayer, ni un gesto ni un escote», añade).

-¿Cree posible con su llegada un acercamiento al público, distanciado del coliseo desde que Mortier se hizo cargo de la dirección artística?

-No me cabe ninguna duda de que es posible y de que las aportaciones estéticas, dramatúrgicas o vocales no tienen tanto sentido si no somos capaces de lograr que el público nos siga. Pero éste es un proceso largo, como yo mismo he tenido ocasión de comprobar en el Liceu. Lo más gratificante de mi gestión en el Liceu creo que ha sido la sensación de haber hecho una contribución importante a la evolución del gusto colectivo. Para los que han seguido el proceso, lo que comento es evidente: lo que el año 1999 se consideraba intolerable, aberrante y escandaloso se ha convertido quince años más tarde en un discurso aceptado muy mayoritariamente. Es evidente que, por su propia contundencia, se tratará siempre de un proceso con algunos damnificados. Pero es importante que sean algunos y no la mayoría. Tan imperdonable como prescindir del público sería que el Teatro Real no hiciera propuestas estimulantes, novedosas y arriesgadas. Hay que encontrar un equilibrio sin renunciar a nada, pero buscando la alquimia que permita un proyecto excitante, ambicioso, de gran proyección internacional y, al mismo tiempo, asumido por la mayoría.