José A. Pérez ledo: «Desconfiaría de una persona que no sea capaz de reírse de sí misma»

Tras años trabajando en televisión y escribiendo monólogos de comedia, ha dado el salto a la literatura con su novela «Esto no es una historia de amor» (Planeta)

Se gana la vida escribiendo de lo cotidiano, pero con humor. La política, la ciencia, la farándula y él mismo son con frecuencia los temas de sus columnas y de sus monólogos de «stand up comedy». En televisión y radio hace lo mismo: reírse de lo ordinario. En su primera novela, José Pérez Ledo repite la fórmula que con tanto éxito ha manejado hasta ahora: cuenta cómo Dani, un treintañero escéptico y lleno de manías, se enamora, contra todo pronóstico, de Eva, la hija hippie de un millonario. «Sería incapaz de escribir una novela de espadachines en el siglo XVI. Yo cuento las cosas que me rodean, es lo que sé hacer», explica este jóven, también treintañero, sobre su primer libro.

–La novela se llama «Esto no es una historia de amor». Pero sí es una historia de amor...

–Sí, lo es. Es una comedia romántica. Se titula así porque el protagonista considera que el romanticismo es un constructo, una fantasía creada por la literatura y luego refortalecida por la música pop y el cine de Hollywood para crear expectativas irreales en la gente y, por tanto, para llevarlos hacia una frustración inevitable. Él considera que el romanticismo es eso, hasta que se enamora. Entonces, por una serie de circunstancias casuales su vida se convierte, casi punto por punto, en una comedia romántica absolutamente canónica. Es una persona que odia el romanticismo y se ve enfrentado a él, hasta el punto de que incluso ve venir los giros de trama que van a tener lugar antes de que ocurran.

–Un tuit de un conocido suyo dice: «Que @mimesacojea (usuario de Pérez Ledo en Twitter) publique una novela de amor es el signo de que necesitamos un meteorito gordo cuanto antes». Conclusión: usted tampoco es un romántico...

–Tanto en internet como en algún periódico digital y en la radio se me conoce por hacer sátira política y divulgaciones científicas. Por eso a todo el mundo le ha parecido muy raro que haya publicado una comedia romántica, pero a mí me gusta mucho el género. Mi película favorita es «Annie Hall» y mis libros favoritos son «Alta fidelidad», de Nick Hornby, y «El libro de los amores ridículos», de Milan Kundera. Son dos comedias románticas distintas, raras, pero comedias románticas al fin.

–Además del amor, la novela toca temas como la supuesta crisis de los 35 y la presión social por tener pareja y trabajo. ¿Por qué era importante este contexto en específico?

–El libro en realidad de lo que va es de gente normal, en una ciudad normal, haciendo cosas normales: conociéndose, enamorándose, rompiendo, reencontrándose con personas a las que hacía años que no veía. En medio de eso está la trama principal, la historia de amor de Dani, el protragonista, y Eva. Pero luego hay una trama secundaria con mucha importancia en torno a sus padres. Una de las cosas que quería mostrar en el libro era el amor desde muchos prismas: el amor a los amigos –el protagonista tiene una amiga de toda la vida, la persona a la que más quiere–, luego tiene a su novia, a sus padres –cuyo matrimonio no pasa por buen momento–, y la relación de los vecinos de arriba, que se está rompiendo. Es una especie de caleidoscopio de distintos tipos de amor y diferentes tipos de relaciones. Escribir «Esto no es una historia de amor» fue una experiencia bonita, dejaba por fuera la realidad social inmediata, las tensiones políticas, etc. y me centraba en contar la historia de Dani. Contar la realidad privada, lo que pasa en nuestras casas, en las cafeterías, en los cines, en las aceras, es tan importante como la política o los temas que producen titulares. Y hay que contarlas con humor, por supuesto, y con optimismo.

–Hace televisión y radio y colabora en varios medios escritos. ¿Lo que faltaba era una novela para rellenar el curriculum?

–Sí, ya está. A partir de ahora voy a dejarlo todo, me voy a montar un huerto urbano y me voy a dedicar a pintar ojitos en piedras pulidas por el mar y a venderlas en internet por 3 euros. Si hay un negocio ahora mismo que vaya viento en popa, es ése.

–Partes del libro pueden considerarse monólogos que incluso podrían existir por sí solos. ¿Herencia de su trabajo como comediante y guionista?

–Sí, seguro. Llevo más diez años trabajando casi fundamentalmente en televisión de humor y, justamente, como guionista. He escrito muchísimos monólogos, para Andreu Buenafuente, Joaquín Reyes, Ángel Martín, el Gran Wyoming también, y para El Club de la Comedia. De tanto escribirlos al final es probable que al hacer una novela de humor, y además enforcarla desde una primera persona –como es el caso de esta historia, que nos la cuenta el protagonista–, termine por parecer un monólgo. Sobre todo cuando Dani reflexiona sobre su relación con sus padres, por ejemplo. Una de las razones por las que creo que funcionan los monólogos costumbristas que a todos nos gustan, como los de El Club de la Comedia, es porque lo que cuentan es verdad. Por eso son graciosos. En el fondo, el proceso en la novela no ha sido distinto: yo quería hacer una historia que fuera real, que la gente sintiera que a ellos también les pasan las mismas cosas. Al hacerlo de forma humorística, inevitablemente se acaba pareciendo a un monólogo de «stand up comedy».

–«Yo no estoy interesado en hacer programas de televisión serios. De hecho, no estoy interesado en hacer nada serio», escribió recientemente. ¿Siempre es mejor decir las cosas serias en broma?

–No sé si es mejor, pero en mi caso es casi la única opción. Woody Allen tiene una cita maravillosa que dice:«Ser gracioso no es la primera opción para nadie». Lo que quiere decir es que si eres guapo o atractivo, atlético y/o inteligente, no necesitas ser gracioso. Yo podría decir con bastante seguridad que al 99 por ciento de guionistas de humor nos han pegado en el instituto. No soy sociólogo, pero creo que ahí hay un patrón. En cualquier caso, creo que es fundamental enfocarlo todo con humor, desde las relaciones interpersonales, sin duda, hasta la política. El humor expresa madurez; que una sociedad sea capaz de reírse de sí misma es un muy buen síntoma. Lo mismo ocurre a nivel individual. Yo desconfiaría de una persona que no sea capaz de reírse de sí misma.

–El protagonista se describe como un niño raro. Hay un episodio de su infancia con una psicóloga que se narra en la novela y que usted también contó una vez en su blog, ¿cuánto de José hay en Dani?

–Ese punto en concreto es estrictamente autobiográfico. Yo fui un niño raro. Pero en la novela no todo es autobiográfico, no quiero que la gente la lea ahora y diga: «¡Qué tio más raro éste!». Pero sí, hay un episodio muy gracioso en que la psicóloga del colegio llamó a mi madre y le dijo, básicamente, que yo no llegaba a estar loco, pero que apuntaba hacia allá. Le dijo que pasaba de los demás niños, que me ponía a dibujar por ahí yo solo. Eso es algo común, me parece, a todos los niños raros. Somos más de los que la gente cree. Algún día los que fuimos niños raros nos juntaremos y nos iremos a algún sitio todos y será muy gracioso.

–¿Se irán a planear cómo dominar el mundo?

–No, no. Niños raros dominando el mundo sería terrible, sería todo muy confuso. Prohibir el fútbol sería nuestra primera medida.