La Historia contempla a Robespierre

Perdió la cabeza en la guillotina, pero el temible y controvertido Maximiliano Robespierre ha recuperado el rostro gracias a la tecnología. Y lo primero que muestran esas imágenes es que este «héroe» del Terror «post-revolucionario» francés tenía muy mala cara cuando murió. Fue decapitado en 1794 y aunque existe iconografía sobre esta figura de la Revolución Francesa, ninguno de sus conocidos retratos daba cuenta de los detalles que evidencia la reconstrucción facial en 3D realizada por el especialista Philippe Froesch. En concreto, que el líder de los Jacobinos, además de una glacial mirada azul clavada en un rostro de trazos duros, tenía el cutis comido por múltiples marcas de viruela. Además de voluminosas bolsas bajo los ojos que retratan a un hombre muy cansado al final de sus días, algo que no recogían las pinturas de entonces, pero sí coincide con la descripción que de él se hace en los documentos de la época. «Cuando le abrí los ojos, su mirada era inquietante. No hay duda de que este hombre daba miedo» explicaba el autor de esta proeza al diario «Le Parisien».

En tres dimensiones

Además, Robespierre padecía una patología identificada gracias al trabajo conjunto de Froesch y de Philippe Charlier, forense especializado en recuperar cabezas regias, como ya hizo al identificar los restos momificados de un cráneo como la auténtica testa de Enrique IV, proyecto en el que también colaboraron. Aunque el misterio de la enfermedad que sufría el jacobino será revelado durante la presentación de las conclusiones de este estudio el próximo sábado y que serán publicadas por la revista médica «The Lancet».

Una virguería científica y gráfica efectuada en los talleres de Visualforensic, la empresa que dirige Froesch, un alsaciano de 48 años afincado desde hace dos décadas en España y cuyas instalaciones se encuentran en Tarrasa (Barcelona). La idea de devolver la luz al rostro de uno de los personajes más sanguinarios de Francia y que más fascinación despierta a la vez que repulsa, nace a partir de un proyecto de documental hispano-inglés sobre las patologías que más han aquejado a los grandes hombres que han marcado la Historia. Para la reconstrucción en tres dimensiones, esta vez no se ha podido tomar como punto de partida el cráneo original. Por eso ha tenido que recurrir a la copia de una máscara funeraria en cera confeccionada por una tal Marie Grosholtz, una estrasburguesa que parece ser tomó las muestras del rostro de Robespierre poco después de que fuera decapitado el «10 de termidor» (1794), según el calendario republicano galo, pero que sería más conocida por su apellido de casada: Madame Tussaud.

La célebre fundadora del museo de cera de Londres, que también había realizado con anterioridad las máscaras de María Antonieta y Marat. La réplica utilizada es una versión en escayola conservada en el Museo de Historia Natural de Aix-en-Provence (sureste francés), escaneada y digitalizada por el equipo de Froesch, que también se ha basado en textos de época que hablaban del personaje y describían los síntomas que tenía.

El trabajo propiamente de reconstrucción podría quizá asemejarse en algo a lo que reflejan series tan actuales como «CSI Miami», «NCIS» o «Bones». Sobre todo porque para proceder a la reconstrucción facial de Robespierre se han apoyado en sistemas utilizados por la unidad de antiterrorismo del FBI. En concreto, un sistema de ecuaciones regresivas aplicadas a las medidas de que disponen. Philippe Froesch explica que ha digitalizado la máscara en escayola, abierto los párpados y ha colocado los ojos en función del relieve de las córneas detectadas en dicho molde. A partir de ahí, «es posible obtener las posición exacta de los ojos y reconstruir la faz», precisaba a «Le Parisien», consciente de que el hecho de trabajar con una copia puede haber causado la pérdida de algunos detalles. No obstante, el margen para la invención es muy limitado. Este tipo de reconstrucciones son el fruto de la combinación de las matemáticas y la antropología forense y el grado de exactitud se acercaría al 90 por ciento. El resultado, una obra «hiperrealista», reconoce el autor, que dice inspirarse en las pinturas de Chuck Close o las fotos de Martin Schoeller.