Historia

Levón, salvado por no conocer a Stalin

La vida de Levón Kazarián es absolutamente cinematográfica. Huérfano desde muy niño, se afilió en 1905, cuando contaba 16 años, al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y se mantuvo fiel a su ideario hasta el fin de sus días

Levón Kazarián fue el primer traductor de «El capital» del alemán al armenio
Levón Kazarián fue el primer traductor de «El capital» del alemán al armenio

La vida de Levón Kazarián es absolutamente cinematográfica. Huérfano desde muy niño, se afilió en 1905, cuando contaba 16 años, al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y se mantuvo fiel a su ideario hasta el fin de sus días.

La vida de este extraordinario hombre –en todos los sentidos– ha estado repleta de episodios cada uno de los cuales podría servir de guión para una película de acción y suspense. Levón Kazarián nació en 1889 en la ciudad armenia de Kars, que entonces formaba parte del imperio ruso. A temprana edad perdió a su madre y después a su padre. Para mantener a sus hermanos pequeños, el joven armenio se puso a trabajar en la finca de un granjero de ascendencia alemana. Su jefe le cogió cariño y comenzó a enseñarle alemán en los ratos libres. Poco después se convirtió en la primera persona en traducir «El capital» de Karl Marx del alemán al armenio, un libro que marcó su vida. Al dejar la finca se fue a estudiar a un colegio de Tiflis, centro del movimiento revolucionario en el Cáucaso. En 1905, a la edad de 16 años, ingresó en El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, encabezado por Vladímir Lenin.

En Tiflis no se perdía ni una protesta contra el régimen zarista. En una de ellas –una manifestación de estudiantes– el joven comunista tiró del caballo a un cosaco que fustigaba a los presentes con un látigo. El comportamiento del intrépido chaval hizo que empezara a cobrar popularidad en los círculos revolucionarios, pero también sirvió de motivo para su expulsión del colegio. A falta de recursos para regresar a casa en tren, Levón hizo el largo trayecto andando y una vez de vuelta en Kars continuó trabajando para la causa revolucionaria desde la clandestinidad.

La capital roja

En esa época en el Cáucaso Sur desarrollaban sus actividades revolucionarios de diversas nacionalidades, y uno de ellos era el georgiano Iósif Dzhugashvili (Stalin). Levón conocía personalmente a muchos, pero no a Stalin. Más tarde eso le salvó la vida... En 1924, cuando murió Lenin, Stalin ya estaba trabajando en Moscú como jefe del Partido Comunista de la URSS. El fallecimiento del primer líder soviético reunió en la capital del imperio rojo a muchos comunistas destacados. Entre otros, llegó a Moscú el protagonista de esta historia.

En uno de los descansos entre los actos oficiales, uno de los amigos de Levón quiso presentarle a Stalin. «Vamos a saludar a Koba (el apodo revolucionario de Stalin), no puede ser que sigas sin conocerle en persona», dijo el hombre. Sin embargo, ese encuentro nunca llegó a producirse. Stalin, a través de uno de sus ayudantes, se disculpó de los camaradas bolcheviques, alegando que los vería en otro momento ya que estaba muy ocupado organizando los funerales de Lenin.

En 1937, durante la Gran Purga, el amigo de Levón y de Koba fue fusilado, al igual que muchos otros comunistas que otrora formaron el círculo cercano de Stalin. Ésta no fue la única vez que Levón esquivó la muerte. El bolchevique armenio estuvo en la cárcel en varias ocasiones esperando su turno para ser fusilado pero siempre lograba salvarse en el último momento.

Cuando en Armenia se instauró el régimen socialista, fue nombrado Comisario del Pueblo Adjunto (Viceministro) para las Finanzas. En este cargo se enteró de que los habitantes de unas localidades en las montañas aprovecharon la incertidumbre en el poder para eludir sus responsabilidades tributarias durante años. Pudiendo delegar la misión, Levón decidió encargarse de ella personalmente. Al principio, el viaje fue un éxito, pues los pueblerinos no discutieron la autoridad del funcionario y pagaron las deudas en monedas de oro.

Sin embargo, cuando Levón emprendió el camino de vuelta, le comenzaron a seguir unos jinetes armados con rifles. Durante la persecución, los atacantes abrieron fuego y Levón se vio obligado a defenderse disparando con su Mauser. El bolchevique se salvó y trajo al Comisariado todo el oro recaudado, hasta la última moneda. Así nació la leyenda sobre el «santo comunista» y su capote acribillado que, por cierto, durante años pasaba de generación en generación en la familia de los Kazarián. Durante las limpiezas de Stalin, Levón, como uno de los representantes de la vieja guardia comunista y ex jefe del Comité de Control Popular, también estuvo en el punto de mira del temido NKVD. Le intentaron difamar, pero nadie accedió a testificar contra él. «Es un santo, no ha hecho nada malo», decían sus compañeros interrogados por agentes de la policía secreta. A algunas de estas personas Levón pudo agradecer personalmente años más tarde. La esposa de Levón se llamaba Haikush. Juntos vivieron más de 50 años y tuvieron una hija –Lérik, brillante neurofisióloga y férrea defensora de los ideales por los que luchó su padre. Mientras, la mujer de Levón, a pesar de apoyarle en todo, nunca llegó a unirse a las filas comunistas, manteniéndose siempre en un discreto segundo plano. Levón era un idealista, una persona noble e íntegra que dedicó toda su vida a una causa que, según creía, podía hacer de este mundo un lugar mejor y más justo. De mayor, el viejo bolchevique no cambió sus convicciones. Estaba convencido de que las ideas de Marx son impecables pero fueron tergiversadas por políticos deshonrados.