Literatura

Del Bosón de Higgs a San Juan de la Cruz

La figura emblemática de la ya algo superada «Generación Nocilla», Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), físico de formación y contumaz escritor de arriesgada originalidad, publicaba en 2009 un singular ensayo, «Postpoesía, hacia un nuevo paradigma», donde postulaba una renovada deshumanización estética que desterraba la sentimentalidad y defendía una distanciada, aséptica mirada sobre la realidad, una hierática y científica actitud ante la vida. En esta línea se publica ahora su último poemario junto a su anterior producción lírica, bajo el título de «Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012)».

Con un útil prólogo de Pablo García Casado y un original texto introductorio, «Frontispicio» de Antonio Gamoneda, estos poemas compendian y evidencian la voluntad experimentalista, fuertemente transgresora de una escritura irracionalista y simbólica. Las palabras de William Carlos Williams situadas al frente de «Ya nadie...» nos ponen sobre la pista de esa calculada precisión mecánica con la que se aborda el caos del mundo: «En un poema nada cabe de naturaleza sentimental. Quiero decir que, como cualquier máquina, debe carecer de ingredientes superfluos. Su movimiento es un fenómeno de carácter más físico que literario». A partir de esta antipoesía, estas páginas se nutren de los más variados materiales, entre la contracultura popular, la alta filosofía y el cientifismo paródico: isótopos radiactivos, el bosón de Higgs, Woody Allen, la ruta del bacalao, Godard y Cioran, Adolfo Domínguez y Wittgenstein, Coco Chanel o la mística de San Juan de la Cruz, intrincadas fórmulas matemáticas y la idiosincrasia genialoide de Andy Warhol, o André Breton junto a Robert de Niro conviven en una desacomplejada amalgama de propuestas.

Nos acaba de dejar Carlos Bousoño quien, en su esclarecedor ensayo «El irracionalismo poético» (1977), señalaba ya la conveniencia de que las expansiones surrealistas fuesen acompañadas de una cierta emotividad. La pura simbología como expresión de un arte ilógico e incomprensible podía alejar al lector de su requerida complicidad. No es aquí el caso, porque Fernández Mallo dota a su lírica de una irónica sentimentalidad, de una soterrada ternura agazapada entre paródicos problemas aritméticos y no menos cabalísticos logaritmos. Sin olvidar la singular melancolía, el tono de calculado pesimismo.

Un característico prosaísmo visionario, la asumida rareza del heterodoxo, una divagante coloquialidad y el protagonismo de la metafísica existencial remiten a Bukowski, Leopoldo María Panero o Houellebecq, sin obviar la sombra de Nicanor Parra o Borges. En este último libro predomina la presencia de la muerte; con la forma del diario autorreferencial, leemos: «Las cosas –también los humanos– cuando mueren no cambian. Es un proceso muy parecido al destilado: se convierten en la esencia de lo que eran. / Este faro me hunde en la actualidad y la distancia». (pág. 75).