El agua que no se convirtió en gasolina

Existe una cierta tradición, en el convulso siglo XX europeo, de aventureros, espías, estafadores, vividores de todo pelaje que acabaron recalando en nuestro país, bajo un aura de misteriosa identidad y seductora charlatanería. Durante la II República el escándalo de una ruleta trucada, promovida por dos embaucadores profesionales, Strauss y Pearl –origen del acrónimo «estraperlo», sinónimo de cualquier timo imaginable–, haría caer al gobierno de Lerroux; durante la Guerra Civil aparece un siniestro personaje de origen franco-austríaco, Alfonso Laurencic, que ideará terribles artefactos de tortura en las checas barcelonesas; y, ya en la postguerra, un director de orquesta francés y judío, huido por ello de los nazis, espiaba para los aliados mientras amenizaba las glamurosas noches del hotel Ritz barcelonés. Personajes de oscuras procedencias, asediados por insólitas peripecias, vidas zarandeadas por el destino, conforman una particular mitografía novelesca y azarosa. Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) suma a esta colección de pintorescos personajes la figura de Albert von Filek, con «Filek. El estafador que engañó a Franco», en la línea de su ensayo narrativo «Enterrar a los muertos» (2005), donde recuperaba a José Robles, el profesor de español y traductor de John Dos Passos asesinado por agentes estalinistas en 1937.

Se vuelve al relato fundamentado en una laboriosa documentación, un minucioso retrato de época y la trabajada semblanza del protagonista abordado. En esta ocasión se trata de un enigmático sujeto de origen austríaco e inquietante pasado: violento escuadrista mussoliniano, ladrón de joyas, hábil sablista a cuenta de inminentes herencias, preso en las cárceles republicanas y, finalmente, excéntrico químico que se postula, en la autárquica España del primer franquismo, como inventor de una prodigiosa fórmula para obtener combustible a partir de extractos vegetales y agua del río Jarama. Por un tiempo, esta superchería pasará por un gran hallazgo científico, pero no tardará en descubrirse el engaño, su urdidor enviado a prisión en Álava y deportado a Alemania, donde morirá en 1952.

Una era convulsa

Esta novela es también la crónica de una investigación, donde conviven las pesquisas documentales, el relato periodístico, la reconstrucción histórica y el razonamiento ético. Es el relato de un pícaro embaucador fruto de los tempestuosos tiempos que le tocó vivir. Estas páginas retratan admirablemente una era convulsa, que anida en aquel selectivo «mundo de ayer» que nos legara Zweig y que llega hasta los claroscuros años posteriores a la II Guerra Mundial. Se alude aquí a Bertone, el delincuente que, en «El general de la Rovere» (1959) de Rossellini, se hace pasar por un héroe de la resistencia antifascista, y quien, con su sacrificio, redime su marginal condición. Con inmejorable pulso narrativo y excelente figuración testimonial hallamos aquí toda una meditación sobre las falsedades históricas y el fingimiento de la realidad.