El hombre que inventó su desgracia

Se atribuye a William Faulkner la convicción de que el pasado no acaba de pasar jamás, que continuamente gravita sobre nuestro presente, en perpetua lección moral sobre la condición humana. En abril de 2005 se descubría el engaño de Enric Marco, quien se hacía pasar por superviviente del campo de concentración alemán de Flossenbürg y que unos pocos meses antes había impresionado al Parlamento español con una alocución reivindicativa de la memoria de esa terrible tragedia. Pero es que, además, basándose en su incontestable liderazgo personal, había sido secretario general del sindicato libertario CNT durante la Transición, vicepresidente de Fapac –organismo representativo de padres de alumnos catalanes– y presidente de Amical de Mauthausen, emblemática asociación de estudios sobre el universo nazi.

La potencia de la verdad

Sobre este curioso personaje, incansable divulgador de sus inventadas peripecias resistenciales en foros de opinión, aulas de educación secundaria y actos conmemorativos varios, construye Javier Cercas (Ibahernando, 1962) un relato real, «El impostor», que, a la manera de su «Anatomía de un instante» (sobre el 23-F), es una mezcla de novela y reportaje, ficción y realidad en la clásica línea de Truman Capote («A sangre fría») o Norman Mailer («La canción del verdugo»). Marco estuvo en Alemania en los cuarenta, pero como trabajador integrado en un convenio laboral hispano-germano, y visitó una comisaría de la Gestapo acusado de filocomunista; pe- ro nada que ver con el infrahumano cautiverio exterminador en el que le incluyó su mediático narcisismo. Obviando la máxima de Primo Levi, para quien sobre este tema «entender es justificar», hallamos aquí una aproximación pretendidamente objetiva, aunque acertadamente decantada hacia la potencia ética de la verdad, a la aparatosa identidad de este impostor de «prestada memoria», capaz de «recordar» lo que otros vivieron, en un asombroso proceso de continua reinvención.

Es también la crónica novelesca de una indagación histórica y, como tal, adquiere un particular protagonismo Benito Bermejo, el historiador que descubrió e hizo pública toda esta superchería. Sin olvidar episodios de mixtificado melodramatismo, como cuando Marco, en su fingida reclusión y a falta de tinta, escribe cartas con su propia sangre y saliva. Entrevistando a testigos, consultando hemerotecas, recorriendo la geografía de aquel horror, fiel a su divisa de que «la ficción salva, la realidad mata», Cercas ha conseguido una sus mejores «novelas reales».