Gadafi, el sangriento beduino

En un momento de esta novela, Khadra nos muestra una escena: Gadafi, en plena locura, se sube sobre el borde del parapeto de una terraza y abre los brazos al cielo y grita frente a sus enemigos y les desafía. A sus pies está la ciudad destrozada de Sirte, donde pasó su adolescencia y, aunque sus últimos fieles le sujetan por la cintura e intentan que baje para evitar a los francotiradores, él sigue ahí desafiante, ya sin ejército, sin poder, sin esa Voz que siempre le ha guiado para ser el Rais, el dueño y señor de su pueblo. Un pueblo que avanza, junto al poderío de las fuerzas internacionales, para destrozar todos sus sueños en esta última noche de su vida, guiada por sus fantasmas y por los recuerdos. Una noche que nos imagina en esta novela Yasmina Khadra, el novelista argelino Mohammed Moulessehoul, que al ser militar eligió el seudónimo de Yasmina Khadra para describir así la situación corrupta del sistema político de su país, hasta que tuvo que salir al extranjero para poder realizar su obra.

Es la noche del 19 de octubre de 2011, y Khadra nos va mostrando la soledad y los delirios de quien gobernó a sangre y fuego Libia durante 42 años. A veces creyéndose profeta, otras veces iluminado, apoyando en ocasiones el terrorismo, pero en otras siendo acogido por los políticos occidentales como a un gran líder del mundo árabe, permitiéndole poner su jaima en París o en Madrid. Sintiéndose próximo a un propagador de una nueva fe, que él mismo creaba día a día, donde las torturas de los disidentes o las violaciones de las vírgenes que él secuestraba (escribirá sin tapujos Khadra reflejando el monólogo interior de Gadafi: «Los gemidos de las vírgenes que yo desfloraba entre dos caladas de heroína») se amalgamaban en su lucha contra Occidente y en su ideario de ser el verdadero Rais del mundo árabe. Extravagante con sus guardaespaldas femeninas o con sus ropajes de guardarropía, no dejaba de ser un beduino que soñaba en cruzadas musulmanas contra los infieles y el mundo que estos habían creado.

Allí, escondido en un colegio abandonado, rodeado de unos pocos fieles que tampoco ya tenían hacia adónde escapar, verá el fantasma de Sadam con la cuerda al cuello o soñará en un Van Gogh que siempre le había inspirado, pensando en esa oreja cortada que, como la suya, nunca escuchó el sonido del mundo exterior.