Henning Mankell y su maldito vía crucis

Enfrentarse al cáncer que anuncia una muerte a plazo fijo debe ser un trauma inasumible. Detrás de ese mundo propio, construido con fantasías para ocultar precisamente la muerte, aparece el cuerpo enfermo y el «ser para la muerte» de Heiddeger. Es en ese momento crucial, cuando el médico dictamina el mal que desvela con su sola mención todo aquello que borramos para poder vivir sin sobresaltos, cuando el miedo cerval da paso al desasimiento y ese temor, que según el filósofo «es temor a la muerte», que pone fin al proyecto vital.

Con este terrible anuncio inicia Henning Mankell «Arenas movedizas», el relato del sobresalto de un cáncer de pulmón con metástasis cervical y el consiguiente vía crucis por las consultas, la quimioterapia y la radioterapia. Un proceso angustioso e inexpresable del sufrimiento que padece el enfermo ante el absurdo que representa toda vida truncada.

Un mecanismo de defensa debe ponerse en marcha para superar provisionalmente la terrible noticia, la resignación que le sucede y la aceptación que finalmente procura al paciente un último deseo de sobreponerse a lo inexorable mediante la literatura como terapia psicológica.

Detrás del relato de Mankell no hay otro argumento que una metafísica del terror a la muerte inminente y la tenue esperanza de que, haciendo partícipe a sus lectores de la noticia, el absurdo de la muerte adquiera sentido, literario. Si nada tiene remedio, la literatura es al menos el bálsamo de Fierabrás que dota de coherencia a una vida en el registro de lo imaginario, frente a lo real inexpresable.

En la soledad del escritor doliente, es lógico que Mankell vuelva sobre su infancia y juventud para cauterizar las profundas heridas que sufre su narcisismo, ése que cohesiona al individuo hasta el punto de que el relato que escribe le confiere la consistencia que el cuerpo enfermo le niega.

No es fácil hacer una crítica de «Arenas movedizas». Es un testimonio vital, pues está dictado por la angustia y el temor a la muerte. Detrás no sólo aparece el autor del inspector Wallander, sino el sufridor que se enfrenta a la muerte apenas con recuerdos. Recurrir a la literatura del yo es la forma de agarrarse a la vida, de mantener la ilusión de sobrevivirla.

Si la literatura es un modo de consuelo, quién es el valiente que no le reconozca a Henning Mankell el valor de describir así su angustia: «Ahora que tengo cáncer comprendo muy bien la sensación de extravío. Me encuentro en un laberinto que no tiene entrada ni salida. Sufrir una enfermedad grave es haberse extraviado en el propio cuerpo, en el que sucede algo que uno no puede controlar».