James Ellroy: «Me asusta la falta de conciencia del hombre»

James Ellroy / Escritor. Aborda el trato que recibieron los japoneses en EE UU tras el ataque de Pearl Harbor en «Perfidia», el inicio de un nueva tetralogía ubicada en Los Ángeles

James Ellroy
James Ellroy

Aborda el trato que recibieron los japoneses en EE UU tras el ataque de Pearl Harbor en «Perfidia», el inicio de un nueva tetralogía ubicada en Los Ángeles

La prosa de James Ellroy no es un estilo, es un calibre balístico. Más que escribir, el escritor dispara las palabras. Ha logrado depurar una literatura de «electroshock», cortante, acerada, directa, sin resquicios ni concesiones para la compasión y el perdón, no apta para biempensantes, espíritus sosegados o almas de sofá.

–¿El crimen proporciona un buen ángulo para observar el lado oscuro del hombre?

–Sí, nos ayuda a adentrarnos en el alma humana.

–¿Y qué es lo que más le asusta de ella?

–La falta de conciencia.

–¿Ahí está el origen de la maldad?

–Todas las personas son responsables de sus actos. Los crímenes son individuales, están a un nivel moral. La gente puede recurrir al racismo, la pobreza, la psicología, pero esto es erróneo.

–¿Excusas?

–En efecto

–¿Tiene fe en las personas?

–Creo en el género humano, en la redención, soy optimista y soy un ser feliz.

Ellroy ha decidido cimentar sus credenciales como cronista de una época y ha empezado con «Perfidia» (Random House), el primer volumen de un nuevo cuarteto situado en Los Ángeles.

–¿Qué representa esta ciudad para usted?

–Es donde yo voy y donde las mujeres se divorcian de mí. Es mi casa, es mi hogar. Pero, sobre todo, he regresado a ella porque quería cimentar mi carrera como novelista histórico. Es lo que me empujó a empezar este segundo cuarteto, que se suma al primero y a la «Trilogía USA».

–Muy ambicioso. Sobre todo para pertenecer al género negro.

–No es género negro, aunque hay muchos policías. Pero me alegra que los lectores reconozcan la ambición de este proyecto. Conozco muy bien novela como género. La domino. Hay una cita de Frank O’Connor que dice: «La literatura que no sea popular no es literatura y no perdurará. Por eso, este libro existe. Esto lo explica. Y, por esto mismo, ahí aparece todo ese torrente de sexo, drogas, alcohol, risas, humor...

–¿Qué opina de los policías? En sus novelas son personas de justicia que, a veces, sortean la Ley.

–Me encantan los policías. Son mis personas favoritas. La mejor gente que conozco. Creo en el orden público. Preferiría vivir en una sociedad al borde del autoritarismo que en una excesivamente permisiva.

El escritor ha abordado en este nuevo trabajo uno de los episodios más desconocidos de la historia de Estados Unidos: el confinamiento, tras el ataque a Pearl Harbor, en campos de internamiento de la población japonesa que vivía en el país.

–¿No es habitual que se toque ese tema?

–Lo primero que hay que señalar es que lo de los japoneses no fue un holocausto ni un gulag. Fue una gran injusticia y una vulneración de los derechos civiles. Y si tenemos en cuenta los ataques japoneses en el Pacífico y la provocación de Pearl Harbor, entendemos por qué sucedió. Lo que quería recrear fueron las diferentes y complejas respuestas morales que se dieron a ese momento y a la decisión de encerrar a esa población. Algo que se puede observar en mis personajes.

–¿La literatura sirve como catarsis del pasado?

–Sí.

–Su libro es honesto, pero en cambio, otros no hacen eso. Clint Eastwood ha rodado un filme que es una exaltación de EE UU.

–Bueno, él tiene 85 años y... nunca ha valido un real. Es un anciano. Que Dios le bendiga. Hace 35 años fue mejor, cuando hizo de Harry el Sucio, pero yo no soy como él. Yo soy James Ellroy, el perro diabólico. Pero te voy a decir una cosa más: la novela es una forma de arte y de expresión superior al cine. Mi libro tiene 800 páginas y tiene el mejor «casting» que existe. Y lo he hecho yo. Y William Parker es el gran policía estadounidense del siglo XX. He contado la vida de mis protagonistas a lo largo de 23 días, reflejar sus reacciones respecto a Pearl Harbor y la injusticia de los internamientos que se produjeron.

–¿Y cómo eran los japoneses que fueron arrestados y encerrados?

–Muy patriotas, americanos. Cuando empezó el internamiento mantenían una actitud incrédula. Les sacaron de sus casas, los metieron en esos sitios. Fue una experiencia bastante mala, porque ellos nunca hicieron los sabotajes de los que se les acusó en ese instante. El ataque de Pearl Harbor no justifica esos internamientos.

Ellroy, marcado por el asesinato sin aclarar de su madre, que derrochó su alma en los caminos de la delincuencia común, que bebió sin medida y que llegó a dormir en la calle, aborda la creación literaria con la misma abrumadora energía y prodigalidad, sin escamotear jamás un esfuerzo para trabar un relato violento, excesivo, donde nadie es bueno del todo, ni honrado al cien por cien.

–¿Qué le gusta transmitir al lector?

–Mi ambición. No son obras fáciles. Es muy duro lo que cuentan mis historias. El secreto de que gusten es que conectan con la pasión con la que escribo. Y, también el intelecto que existe tras la construcción de estas tramas, el conflicto que puede verse en estas acciones.

–La corrupción asoma en sus obras.

–Yo, personalmente, no puedo robar ni aceptar sobornos, si tuviera una posición para que se me ofrecieran. Pero entiendo esas tentaciones, comprendo la mentalidad de esa clase de hombres, que suele actuar en grupos. Me gusta vivir en la ficción durante periodos de tiempo, en esa especie de torbellino moral. Me repugnan esos comportamientos, pero, al juzgarlos desde el punto de vista del novelista, puedo ver todas las partes de esa actitud.

El Dostoyevski americano

Hay unas preguntas que le gustan a James Ellroy: las que hacen relación a la envergadura de su proyecto literario. Quieren que le reconozcan en el esfuerzo y las desmedidas de sus cuartetos y trilogías, como, en su momento, a Marcel Proust con su «En busca del tiempo perdido». «Nunca he leído a los escritores rusos, pero me han llamado el “Dostoyevski americano” y lo acepto. Podría intentar no escribir libros tan ambiciosos como éstos, pero sería imposible, como si intentara regresar a L. A. volando sirviéndome sólo de mis brazos. Todos mis libros están dentro de mí. Si no escribo estos libros, ¿qué hago con mi vida?».

«Perfidia»

James Ellroy

Random House

780 páginas,

24,90 euros